La Casa de Vacas y el Templete

 

 

 

No recuerdo cuando empecé a oír hablar de la Casa de Vacas. Me imagino que de pequeño y pensaría que era una casa donde había vacas. Pues no estaba muy lejos de la realidad porque, aunque desde hace muchos años no las hay, sí que las hubo al principio.

En el siglo XIX había una especie de granja con vacas que se ordeñaban delante de los clientes que podían degustar leche pura en vasos. Era una especie de “kiosco de leche”, con vacas incluidas. Esto también se hacía en Madrid en las que se llamaban “vaquerías”, donde junto a los establos había un punto de venta de leche.

Según pone en el rótulo, los dueños de esta vaquería serían “García y Bastián”.
Estos señores con “canotier” (el sombrero típico de la época) se tomaban aquí sus refrescos y sus vasitos de leche recién ordeñada.
   
Y estas señoras hacían lo propio ataviadas con sus pamelas y vestidos “ad hoc”. Entrañable foto de esta señorita, que se acercó con sus padres a esta primitiva “Casa de Vacas”, como pone en la marquesina.


La casa donde yo nací, en el barrio de Embajadores, estaba junto a una granja donde había vacas, aunque en lugar de vender allí mismo la leche, se distribuía a las lecherías. Se llamaba la “Granja Poch” que, por cierto, a mí me hacía mucha gracia este nombre.

Pero la vaquería del Retiro se cerró antes de que yo naciera, en el año 1921, cuando pasó a ser el restaurante “Ideal Retiro” que tenía terrazas y pistas para bailar y patinar. Por cierto, actividades que se siguen haciendo alrededor de la actual Casa de Vacas, aunque el patinaje esté prohibido.

Después de la guerra, este lugar se convirtió en una Sala de Fiestas que se hizo muy famosa. Se llamaba “Pavillón”, y en ella actuaban muchos artistas de la época. Pero también fue cerrada y abandonada, hasta que en 1981 un incendio la destruyó.

Foto nocturna de la Sala de Fiestas “Pavillón”, muy conocida en Madrid y por donde pasaron montones de artistas. Se pueden ver los coches de la época, uno de los cuales parece lo que entonces se llamaba “un aiga”. Se les llamó así porque los nuevos ricos que venían de “hacer las Américas” pedían el coche “más grande que haiga”.


Sin embargo, el Ayuntamiento decidió rehabilitar el edificio con la misma forma de cuando era restaurante, siendo inaugurado en 1986 como Centro Cultural con el nombre que tenía al principio de todo, o sea, “Casa de Vacas”.

Rodeada de vegetación, así es la fachada principal de la Casa de Vacas en la actualidad.


Continuamente hay exposiciones de pintura, escultura, fotografía, libros, etc. o también teatro y hasta certámenes de magia. Recuerdo uno que hubo durante una semana y que a Diego le encantó de tal manera que a partir de entonces ya hace sus pinitos como mago. Todas las tardes íbamos y así pudimos conocer personalmente a profesionales como Aisman o Monthy entre otros, y a un faquir del que no recuerdo el nombre, pero que lo hacía fenomenal.

No es raro que a la Casa de Vacas “se le aparezcan” estatuas como esta enorme de Víctor Ochoa, que gustó mucho, y con la que el personal se hizo cantidad de fotos.
 
Nuestros amigos Marimar y Jesús (con su perrita Mona), mi mujer Charo, mi prima Pili y Elvira (la última cuidadora de mi madre), se sorprenden con estas esculturas de árboles “dados la vuelta”, o sea, con las raices hacia arriba.


Hace poco que han plantado unos arbolitos muy curiosos justo delante de la barandilla de la fachada principal:

   
   
Que vemos aquí con sus flores blancas, sus hojas y sus frutitos rojos.


Si os digo que es una planta de la familia de las rosas no sé si me creeréis, pero es así. Se trata del Amelanchier grandiflora, también conocido como “cornijuelo” o “guillomo”. Las flores, muy delicadas, salen en primavera antes que las hojas, y los frutos son pequeñas bayas que pasan del rojo al negro púrpura y les encantan a los pájaros, que se las comen enseguida.

Por dentro es un recinto amplio y en forma de “C” rectangular donde, como decimos, suele haber exposiciones varias y diversas.

Estas son unas esculturas en el centro del recinto que, como veis, es bastante luminoso. Fue una memorable exposición del artista vasco José Ibarrola.


La Casa de Vacas, sin ser enorme, es bastante grande y está rodeada por patios con balaustradas de estilo decimonónico, así como por abundante vegetación.

Dos vistas del lateral de la casa de Vacas, donde vemos sus bonitas balaustradas y la amplitud del patio. Por cierto, está prohibido patinar y jugar a la pelota, aunque no bailar, cosa que hacen algunos grupos folk.
   
Los gatos de todos los colores han hecho de esta zona una de sus favoritas, sobre todo para tomar el solecito por las mañanas.


Los cedros quizás sean los árboles más llamativos que rodean la Casa de Vacas, pero también hay plátanos, pinos, acacias y hasta palmeras de Fortune, pasando por matorrales grandes, tales como el Lauroceraso o las Fotinias.

Los castaños de indias y los cedros rodean la Casa de Vacas, pero también los plátanos y los pinos.
Las palmeras de Fortune están en el jardín de la parte trasera de la Casa, dándole un cierto tono exótico.


Al pasar la balaustrada por la parte principal vemos un lauroceraso grande, matorral de hojas brillantes que, al romperse, huelen a almendras amargas, lo mismo que sus flores. Hirviendo las hojas se hace una infusión que es muy buena para la tos. Además no hace falta arrancarlas pues se caen estando aún verdes.

Este es el Lauroceraso que está según se entra a la izquierda.
Y este es un fruto todavía verde, como las hojas que, además, son muy relucientes.


El nombre significa “cerezo con hojas de laurel” y en latín es Prunus laurocerasus, o sea, que es de la misma familia que los ciruelos.

Este precioso arbusto da sombra y frescor en verano a las balaustradas de la Casa. Se llama fotinia, Photinia serrulata por más señas, que en griego significa “reluciente” por lo brillante de sus hojas, ligeramente “aserradas”. Las más jóvenes son rojas y poco a poco se van volviendo verdes. Los frutos son como pelotitas rojas y salen en otoño.


Justo en el rincón donde están las palmeras que antes veíamos, llama la atención un árbol de tronco grueso y liso y cuya altura sobrepasa la del edificio. Se trata de un almez, pero mucho mayor que los del  paseo del Ángel Caído, que son nuevos.

     
Enorme almez pegado a la balaustrada de atrás, con su tronco típico y sus hojas aserradas.


Yo, que casi todos los días atravieso parte del Retiro para ir a trabajar, paso al lado de la Casa de Vacas, pero entro en esta zona después de dejar el monumento a Martínez Campos por un paseo llamado de la República Dominicana.

Este frondoso paseo entre castaños me lo hago casi a diario para ir del monumento a Martínez Campos hasta la Casa de Vacas. En primavera y verano es muy agradable por lo fresquito y por las flores, en otoño se empieza a llenar de castañas y en invierno los árboles están sin hojas. Antes era de tierra, pero ahora le han puesto un suelo medio artificial que evita un poco los charcos cuando llueve, aunque cuando está muy seco te deja un polvillo blanco en los zapatos.


El árbol que predomina es uno de los más abundantes y agradecidos del Retiro, tanto por sus racimos de flores como por sus castañas que, en otoño, están por todas partes.

Los Castaños de Indias proceden de Albania, Bulgaria y Grecia y su nombre científico es Aesculus hippocastanum que significa “encina que produce castañas para los caballos”. Y es que, aunque no se pueden comer, los frutos sí sirven para comida de animales: a veces incluso se hace harina con ellas.

A mí me hacía mucha gracia cuando mis padres me decían que tuviera cuidado con esas castañas que eran “locas” y tenían veneno. Yo jugaba con ellas y luego, cuando fui adolescente, las utilizábamos unos cuantos amigos para hacer peleas en el propio Retiro. Había que tener cuidado porque eran auténticas “piedras” y los “castañazos” (nunca mejor dicho) hacían bastante daño.

La corteza de estos castaños es astringente, y se usa también para curar enfermedades circulatorias. Todo ello haciendo infusiones a base de cocerla.

También me resultaban muy curiosas las hojas de las llamadas “compuestas” bueno, “palmado-compuestas” pues parecían la palma de una mano, eso sí, con siete dedos, que son las hojitas o “foliolos” que tiene cada enorme hoja. Eran difíciles de poner en los herbarios que hacíamos para el colegio porque no cabían en las hojas de los cuadernos. En las flores me fijaba menos, y mira que son bonitas, en esos racimos blancos que salen en cuanto empieza a hacer menos frío en Madrid.

Castaño de Indias con sus preciosos racimos de flores.
   
Que se convierten en castañas…
 
Con las que se pueden hacer en obras de arte, como este escudo del Atleti que me hizo Diego.
 
Aunque no os lo creais, este “castaño bonsai” ha salido de una castaña que nuestro amigo César cogió del Retiro y plantó en una macetita. ¡Fijaos lo bien que se le cría! Eso sí, lo cuida muchísimo.


A la derecha de este Paseo de la República Dominicana quedan unos jardines en forma de triángulo que, a su vez, tienen otro triángulo en el centro y cerca una ría que comunica con el estanque.

Con el fondo de castaños, vemos este setito triangular que es, nada menos, que de boj.
Aquí vemos el boj de cerca, así como las piedrecillas de mármol blanco que se ponen en el centro como adorno y también para guardar la humedad.


A su alrededor hay seis zonas ajardinadas separadas por otros tantos paseos:

Zona triangular que está entre los paseos de Perú (entre los monumentos a Martínez Campos y a Cuba), Colombia (entre este último y la fuente de los Galápagos) y la República Dominicana (entre esta fuente y el de Martínez Campos). Hay también una ría con una estatua de Diana, que va a dar al estanque.


En estas zonas hay bastantes árboles y arbustos que las hacen muy fresquitas en verano. Hay castaños y cedros, por supuesto, y también pinos, fresnos, árboles del amor, palmeras de Fortune, ginkgos y bambú, así como enormes eucaliptos y secuoyas.

Los árboles del amor destacan en primavera por sus preciosas flores violetas, junto a palmeras, castaños, pinos, fresnos, etc.
   
Hasta olivos hay en estas zonas alrededor del triángulo.
Y no pueden faltar los durillos.
   
Ni tampoco los “boj”, con sus pequeñas flores amarillas que ya presagian la primavera.


Pero no hay duda que las estrellas del lugar son las secuoyas:

Estas secuoyas están un poco “desmejoradas”, sobre todo la de la izquierda.
La corteza es bastante esponjosa, y las hojas se parecen a las de los tejos.

Se trata de la secuoya roja, conocida como Sequoia sempervirens, que no es la gigante que veíamos en el Jardín de las Plantas Vivaces. Estas son de tamaños más normalitos, aunque siempre tirando a grandes, pudiendo superar los 100 metros de altura y con un diámetro de tronco de hasta 4 ó 5 metros. La corteza es oscura y un tanto esponjosa, desprendiéndose de ella capas rojizas.

También se las conoce como “secuoyas de California” por ser de allí, de la costa del Pacífico de Estados Unidos, en concreto de la zona que va desde el sur de Oregón hasta las Montañas de Santa Lucía. El nombre le viene de un indio cheroquee que se llamaba así: Seequayah (1770-1843) y que fue capaz de inventar un alfabeto para el dialecto que se hablaba en su tribu.

También os diremos, según lo que pone en el cartelito de la Senda Botánica, que la más alta en la actualidad tiene nombre: se llama “Hyperion” y mide 115 metros y medio. Las del Retiro son un poco más pequeñas.

Muy cerca, en un pequeño paseo, vemos un fresno (Fraxinus angustifolia) de una altura más que considerable:

Un poco torcido en la base, el tronco del fresno se eleva sobre los castaños de alrededor.

Otro ejemplar de altura de la zona es el eucalipto, de los cuales hay dos, uno cerca de las secuoyas y el otro un poco más allá:

Tan alto es este de al lado de la ría que lo ponemos en dos fotos, una del tronco y otra de la copa. Al fondo se ve la estatua de la diosa Diana, de la que hablaremos enseguida.
   
Gracias a esta rama que estaba en el suelo podemos ver sus hojas adultas en forma de lanza.
Y sus flores tan peculiares que parecen “pirindolas”. De hecho recuerdo haber jugado con ellas de pequeño.

El otro eucalipto está enfrente del estanque de la diosa Diana, donde el camino da al paseo de la República Dominicana:

Entre el banco y la diosa surge, altivo, este ejemplar.
Típicas hojas largas y puntiagudas y flores abiertas como si fueran “molinillos” blancos.
   
Aquí las hojas tienen forma de corazón, porque son jóvenes.
Fruto (a la izquierda) en forma de cápsula dura y con una cruz perfecta. Y flor (a la derecha), con sus típicos estambres y el pistilo en el centro.


Yo conocí los eucaliptos porque a mi padre le encantaba hacer vahos con sus hojas cocidas que cogíamos de las que se caían al suelo. Se ponía una toalla por encima de la cabeza y aspiraba los vapores “eucalípticos” con delectación. Así se curaba los catarros y la verdad que la esencia de los eucaliptos está en muchos productos farmacéuticos para la tos, resfriados, etc.

La corteza se quita en tiras, pero es propia para inscribir en ella mensajes de amor.
O de amistad, como hicieron “Koldo y Josefh” el “12-2-00” para sellar la suya.


Ambos son eucaliptos blancos (Eucalyptus globulus), de los que el padre Rosendo Salvado envió semillas desde Australia a su familia en Tuy (Pontevedra), donde por cierto hemos pasado unas excelentes vacaciones durante varios años. Esto fue por el año 1863 (lo de las semillas, no lo de las vacaciones…) y como los gallegos vieron que el arbolito crecía rápido y la madera era buena para hacer pasta de papel, pues hala, se pusieron a plantar eucaliptos por toda Galicia, a base de cargarse no pocos bosques autóctonos.

Muy cerca de aquí Diego y yo soltamos otra paloma; la primera fue en la zona de la Montaña Artificial (la podéis ver justo al final). Esta la encontró Diego en un garaje y después de dejarla descansar en una caja de cartón y de alimentarla un poco la fuimos a soltar aquí. Nada más ponerla en el césped salió volando por encima de los árboles y se fue tan feliz.

   
Podíamos decir “…de la caja al cielo…” porque la palomita salió disparada.


Una de las cosas más llamativas de esta zona es la que yo llamo “ría”, que es como un riachuelo que sale desde una rocalla cerca del monumento a Cuba y discurre más o menos paralela al Paseo de Colombia para, después de pasar bajo el de la República Dominicana, terminar en el estanque.

Aquí empieza la “ría”: el agua llega por una tubería mediante una bomba que la impulsa desde el estanque por debajo de la tierra.
Este es el primer tramo, visto desde la valla que nos separa de la rocalla.
 
 
El bambú abunda alrededor de la ría.
Los laureles cerezo también son frecuentes por aquí.


En las orillas hay otros arbustos como fotinias, durillos, abelias, laureles-cerezo, y también Prunus cerasifera “Atropurpurea”, más conocido como “cerezo rojo” que en primavera, o incluso antes, empieza a echar unas bonitas flores blancas:

Este en concreto se encuentra casi al principio, pero hay más justo en el estanque de la diosa.


Hay un matorral grandecito que pasa desapercibido pero que es todo un centenario. Se trata de un boj (Buxus sempervirens), situado en el pradito de la orilla izquierda:

Aquí donde lo teneis, este boj tiene más de cien añitos.
Y este tamarindo (Tamarix gallica) parece que está nevado, con sus florecillas blancas pegadas a las ramillas.
   
La ría continua por su cauce de bordes de ladrillo rojo, pasando por debajo de un paseo antes de ensancharse en el estanque de la estatua de la diosa Diana.


La ría hay que limpiarla de vez en cuando, y de eso se encargan estos señores:

Hay que vaciarla (parando la bomba que lleva el agua del estanque) y echar agua a presión para quitar el barro del fondo.


Esta ría es un resto (junto con la otra de la que hablaremos en el capítulo del Estanque) de los canales que recorrían el Retiro con el Estanque como centro y en los que se hacían fiestas, batallas navales, etc. Se cree que fue construida entre 1890 y 1900, aunque pudiera ser anterior. La longitud de este tramo es de unos 160 metros.

Entre palmeras (y con las secuoyas de fondo), aquí tenemos en su isla particular a la diosa Diana, la cazadora.
Estatua de “D-ANA” (se cayó la “I”), hecha en piedra caliza y a la que también le falta la mano derecha.


La diosa Diana, también llamada Artemisa, hija de Zeus y Leto y hermana gemela de Apolo, es la protectora de la caza y de la naturaleza en general. También era hechicera y nos dio a los mortales algunas claves de esta ciencia. En fin, que tiene muy buena fama esta diosa y está muy bien que tenga una estatua en el Retiro. Por cierto, no se sabe muy bien de donde ha salido. Quizás sea de principios del XVIII, pero el caso es que se descubrió por casualidad en 1969, porque había quedado escondida entre la maleza del Retiro. Se la conocía como “Diana cazadora” o también “La Pastora” y para que se la pudiera ver en condiciones se le preparó el “decorado” en que está ahora.

En 1994 se le restauraron el brazo derecho y los dedos, pero otra vez volvieron a desaparecer; total que al final se ha quedado sin ellos. Fijaos también en que hay un perrito con ella al cual está sujetando la boca, con la mano izquierda, claro está. Y la pierna izquierda pisa la cabeza de un animal, probablemente un ciervo, símbolo de Acteón.

La genta pasa por este puentecito de madera porque oye “una isla siempre es una isla”. Diego se lo está pensando.
Diego camina por el borde. Menos mal que aquí no se cayó al agua, como le pasó en la otra ría.
   
Mano “amputada” que volverá a ser restaurada en su día…
Este es el perrito que está con la diosa. Se ven también las flechas que no son “del amor” sino para cazar.


Aparte de las grandes, también hay pequeñas palmeras de Fortune, acompañando a la diosa. Y con sus curiosas flores amarillas:

Se trata del Trachycarpus fortunei, en formato pequeño.
Y estas son las flores que darán lugar a unos frutitos que son como pequeñas cerezas verdes de 1 cm. que se ponen de color azul oscuro, casi negro, cuando maduran.


Las palmeras de Fortune proceden de China y Vietnam y son muy resistentes, tanto al frío como al calor, así que cada vez se plantan en más sitios.
El agua no está demasiado limpia, pero esto no es algo que preocupe a las ranas, que pululan por toda la ría y el estanque de Diana:

   
Las ranas son inquilinas fijas de la ría y el pequeño estanque. Con el buen tiempo sus “cánticos” se oyen desde lejos. A Diego le encantaba intentar cogerlas en las paredes.


Pero las ranas no son los únicos animales que viven por aquí:

Por ejemplo esta torcaz “se anda por las ramas” en este pequeño oasis.
 
El mirlo ha encontrado un sitio estupendo, fresquito y discreto, para hacer su nido.
 
Y la ardilla sube y baja por los árboles de alrededor, recolectando todo lo comestible.
   
Este agateador común (Certhia bachydactyla), se pasea por la base de la estatua de la diosa como si tal cosa.
Por este paso no es fácil cruzar sin mojarse, pero eso no les preocupa a las palomas.
 
Y es que este lugar tiene rincones muy atractivos para todos. Por ejemplo, esta pequeña cascada rodeada de vegetación que a Diego y a mí nos encantaba jugar a cruzarla mientras veíamos las ranas.


Desde este “oasis divino” y pasando por debajo del Paseo de la República Dominicana, la ría continúa hasta llegar al estanque grande.

Último tramo de la ría antes del paseo.
   
Esto es lo que se ve desde la barandilla al otro lado del paseo: la ría desemboca en el estanque.
No sé si os habeis fijado que en la foto de la izquierda, al pie de un árbol de la margen derecha, se ve muy pequeñita la figura de un pato. Pues aquí le teneis en grande:es un macho y estaba dormitando como delata su ojo cerrado.


Las piedras que se ven a la derecha de este final de la ría cubren lo que los jardineros llaman “LA GRUTA”, que no es otra cosa que el recinto donde estaban todas las bombas de agua para regar el Retiro. Hoy día el riego se hace por fases, de manera que ya no hace falta este tipo de bombas.

Entrada de “La Gruta”, que tiene nombre de discoteca. Como veis está recubierta en parte por hiedras.
Piedras que recubren la zona más cercana al final de la ría.


Justo en la esquina de los dos paseos, el de Colombia y el de la República Dominicana, se encuentra el monumento al Mariscal gaditano D. Juan Van Halen y Sartí (¡vaya nombrecito para ser de Cádiz!). Lo que pasa es que su padre era belga y marino como él. Pero el hijo fue un auténtico trotamundos y un gran militar, ya que participó en batallas como la de Trafalgar. Después, en la Guerra de la Independencia, tuvo de exilarse a Londres por apoyar a José Bonaparte y ser –además- acusado de hereje. Luego se fue a Rusia, para ponerse a las órdenes del zar Nicolás I en la campaña del Cáucaso. De allí saltó a Bélgica donde luchó para que este país se independizase de Holanda, siendo nombrado Teniente General por el rey Leopoldo I. Cuando Fernando VII murió pudo volver a España, donde volvió a servir como militar a las órdenes del General Espartero. Terminó sus días en 1864, en Cádiz, su patria chica, (bueno al lado, porque él nació en realidad en San Fernando).

Con los castaños como fondo y rodeado de palmeras, rosales y crisantemos, se encuentra este busto de D. Juan Van Halen y Sartí.
 
La nieve le da un toque especial a este monumento, sobre todo por las hojas blancas de las palmeras.
   
Aprovechamos para hacer fotos de las palomitas, que intentaban buscar comida entre la nieve.
   
   
Y aquí fotos más cercanas del monumento. Fijaos en el capitel que sostiene al busto, que es de estilo jónico.

De todas formas este busto no es el original, sino una réplica del mismo (hay otra en el Museo Naval), que fue donada al Ayuntamiento por un descendiente del interesado, concretamente por el Senador D. Juan Van-Halen Acedo, tal y como reza en la placa lateral de bronce del monumento.

   
Cuando las rosas que adornan al señor Van-Halen florecen, podemos ver maravillas como éstas.

Una vez recorrida la que hemos llamado “zona triangular”, pasamos a otra cuadrada donde hay bastantes cosas interesantes. Ponemos también un mapita para irnos ambientando:

Esta zona cuadrada tiene bastante vegetación y un par de monumentos interesantes, como son el de los hermanos Álvarez Quintero y la Plaza de Galicia.

Si volvemos hacia atrás por el paseo de Bolivia y antes de llegar al de coches, nos encontramos a la izquierda una placita con un monumento dedicado a los hermanos Álvarez Quintero. ¿Qué quiénes eran? Pues según mi profesor de Literatura unos autores de obras menores que tenían su gracia pero poco más. Pero la verdad es que han ido ganando con el tiempo y ahora sus obras, sobre todo las de teatro (también fueron poetas, novelistas y periodistas) se ven con agrado, pues siempre son divertidas.

Ellos eran de Utrera, o sea que todas son de ambiente andaluz y llenas de esa gracia peculiar.

Entre cuatro enormes plátanos de sombra se alza este monumento a la gracia andaluza de los hermanos Álvarez Quintero.

En el centro de un banco de piedra ligeramente curvo, se levantan cuatro columnas dobles de capiteles jónicos con un arco semicircular y cuatro piñas enormes en los extremos. Debajo hay una andaluza con la mano apoyada en una barandilla, cortejada por un jinete de bronce a caballo. Hay dos jarrones de piedra a los lados y en el centro una lápida conmemorativa de los hermanos Álvarez Quintero. Delante de todo una bonita fuente con doble pileta enmedio de un pequeño estanque circular. Hay muchas hojas en el suelo porque la foto se hizo en otoño.

Este monumento se levantó en 1934, cuando aún vivían ambos hermanos, aunque no asistieron a la inauguración, organizada por los ayuntamientos de Madrid y Sevilla con sus alcaldes a la cabeza. El escultor fue D. Lorenzo Coullaut Valera, aunque a su muerte, en 1932, fue su hijo Federico el encargado de terminarlo, sobre todo el jinete de bronce. La lápida la hizo un primo de los hermanos, D. Juan de los Ríos Quintero.

La pareja andulaza de enamorados: él muy “bronceado” y ella que se ha quedado “de piedra”.

Entre las obras de teatro más conocidas de estos hermanos, de nombres Serafín y Joaquín, podemos destacar Amores y amoríos, Doña Clarines, Malvaloca, Las de Caín y Mariquilla terremoto. También escribieron libretos de zarzuelas como La buena sombra, La mala sombra, El traje de luces, Los Borrachos y La reina mora.

Vista lateral donde se aprecia la curvatura del banco.
Y aquí la lápida de homenaje a los “hermanitos” esculpida por su primo y rodeada de sendas puertas, también de piedra caliza.
   
Uno de los jarrones que hay en los huecos del monumento.
Par de piñas de las cuatro que hay en la parte de arriba, rodeando el semicírculo.

Alrededor de todo esto hay un pequeño seto circular de rosales:

   
Y además son rosas, rosas, de las que huelen.


Para acceder a esta zona desde el paseo de Bolivia hay que bajar unas escaleras:

De peldaños muy largos y anchos, estas escaleras nos conducen a la placita del monumento. Los setos del alrededor son de boj.
   
Los laureles quedan a su alrededor, con sus hojas de bordes arrugados y sus frutos en forma de pequeñas bayas.


También te puedes encontrar una serie de arbolitos y arbustos como los que vemos ahora:

Como esta siempre sorprendente picea de hojas verde-azuladas.
O estas fotinias con una encina al fondo.
   
O estos ejemplares de cedros (Cedrus atlantica) que ahora son pequeñitos, pero que ya crecerán…
¿Y este liquidambar? ¿qué os parece?
   
O la mahonia (Mahonia aquifolium), que vemos aquí con sus flores amarillas recien estrenadas.
   
También estas matas de fotinias con sus brotes de hojas nuevas de color rojizo.
   
Este membrillero del Japón (Chaenomeles japonica), que procede de Asia oriental, es de lo más decorativo.
Las flores con gotas de lluvia son increibles ¿a que sí?


A la derecha del monumento a los Álvarez Quintero descubrimos una curiosa fuente:

Con el suelo lleno de hojas (otoño puro), este rincón queda de lo más bucólico.
Este es el escudo esculpido en caliza, con su oso y su madroño.


Se calcula que es de 1750 y posiblemente provenga del escudo de algún edificio municipal. Fue restaurada en 1994 y desde luego es de Madrid, porque tiene el oso y el madroño.

Aquí vemos mejor el estanque que hay al lado de la fuente.
Y este es el monumento por la parte de atrás.
 
Rodean al estanque este respetable aligustre, así como numerosas fotinias y pitosporos.

Y también una especie de laurel cerezo pero menos conocida y que se llama Prunus lusitanica:

Este es el “laurel cerezo portugués”, con mi amigo Andrés, el jardinero, al fondo.
Las flores habían perdido los pétalos, pero no los estambres, y las hojas son parecidas a las del laurel cerezo.


Proviene de Portugal (claro) y también de las Canarias y del norte de África. Es uno de los arbustos típicos de la laurisilva canaria porque necesita lluvias frecuentes y niebla (en Madrid no tenemos tanto de esto pero se adapta). Su madera es de color rosa y se puede usar en ebanistería, pero esta especie se usa más en parques y jardines como adorno.

Y también hay por aquí ruscos (Ruscus aculeatus), como los que vimos en la montaña artificial, aunque aquí no los pillamos con frutos:

Estos ruscos pasan desapercibidos, pero rellenan y son muy resistentes.


Hay quienes se desentienden del paisaje y aprovechan la tranquilidad de esta zona para medir sus fuerzas:

Lo que se llama “hacer guantes” en una tarde otoñal.


Cerca de aquí, caminando hacia la calle de O’Donnell y tras pasar el monumento a Fray Ponce de León (del cual hablamos en el Paseo de Coches), nos encontraremos con unos columpios en una placita circular:

Columpios un poco desangelado, sin niños, porque a esta hora estaban en el cole.
Esta especie de tobogán con red por abajo es igual que el que hay al lado de la puerta de Menorca. A Diego le encantaba subirse y bajar por la barra “a lo bombero”.


Justo detrás del tobogán vemos un abeto común (Abies alba):

Bonito ejemplar con sus típicas hojas puntiagudas y su corteza gris con pequeñas placas.


Los abetos blancos se llaman también “del Pirineo”, porque abundan allí. De estos abetos se extrae la esencia de trementina y otras sustancias que se usan para barnices. Su madera es bastante buena para fabricar violines, pianos o tapas de guitarra; incluso se usó en su región de origen para hacer órganos. Son árboles muy decorativos, que a veces se han cortado para adorno de Navidad, menos mal que esto cada vez se hace menos.

Si subimos hacia la puerta de Madrid nos encontramos unos interesantes arces campestres (Acer campestre):

Junto a otros arboles y arbustos vemos en este seto al arce campestre o menor, con sus hojas palmeadas y sus flores amarillas.


Estos árboles son originarios de Europa, Argelia, Asia Menor y Persia y se les llama también “menores” o “campestres”. Las hojas son palmeadas y las flores unos racimos de color amarillento. La madera es buena para la ebanistería y las hojas se pueden aprovechar para pienso, aunque también tienen propiedades astringentes.

Por los alrededores pululan desde cedros a pinos, eucaliptos, cipreses, sin contar los consabidos plátanos de sombra, castaños, etc.

Cedro un poquito “desgalichado”, el pobre.
Pino que se asoma a la calle O’Donnell, rodeado de fotinias y durillos.
   
Potente eucalipto blanco, también cerca de las rejas que dan a la calle.
Ciprés que, además, tiene delante el cartelito de la Senda Botánica que lo atestigua.


Hay unos cuantos tejos en fila, (Taxus baccata) que también merecen la pena:

De tamaño medio, en estos tejos podemos apreciar sus pequeñas flores que darán lugar a esos extraños frutos rojos, así como sus troncos, algunos múltiples y retorcidos como éste.


También las fotinias tienen su hueco en esta zona, como en tantas otras:

Y los durillos que las rodean también, pero la verdad es que los brotes de la hojas nuevas de las fotinias, con ese color rojizo, son espectaculares.


Y hasta un pequeño acebo encontramos por aquí:

Casi pasa desapercibido entre los durillos, pero aquí le tenemos con sus hojas coriáceas, arrugadas y espinosas.


Pero sin duda que la estrella botánica de la zona es el granado. A Charo y a mí nos empezó a gustar y a intrigar este arbolito que veíamos sin saber muy bien que era. Poco a poco empezamos a pensar que podía ser un granado, hasta que el cartel de la senda botánica se encargó de confirmarlo:

Cerca de la verja de O’Donnell crece este precioso granado.
   
Las flores son de una especial belleza, y las hojas alargadas y lustrosas.
   
Aquí tenemos una con un “botón floral” (futura flor) al lado.
El tronco con ramificaciones, retorcido y con muchos nudos, es característico de los granados.


El granado (Punica granatum) es un árbol bíblico y mitológico que proviene de las regiones del suroeste de Asia, pero que se ha extendido por zonas más o menos cálidas y templadas de Europa y, por supuesto, por Canarias y Baleares. Se piensa que pudo ser “el árbol del bien y del mal” del Paraíso. Sí, el que hizo pecar a Adán quién, en lugar de comerse una manzana, se comería una granada. Lo mitológico lo explica muy bien el cartel de la Senda Botánica que siempre os recomendamos leer.

Aparte de la belleza del árbol, sus frutos son las famosas granadas, que son comestibles tanto en ensaladas, como en jugos (como la antes famosa “granadina”), zumos, etc. Las pieles de la granada se usaban para colorear pieles de animales, y la corteza de las raíces del granado para eliminar las tenias o solitarias del intestino de los humanos. También la madera del tronco es muy apreciada porque es bastante dura y rígida, así que se pueden hacer trabajos de carpintería o marquetería con ella.

Si bajamos desde la placita de los columpios, que veíamos antes, hasta el edificio de la fuente de la salud, que veremos luego, nos encontraremos un camino rodeado de tilos y con algún que otro arce:

En primavera da gusto andar por este tranquilo y fresquito paseo.
   
Este es el primer tilo según se baja a mano izquierda, con sus hojas y flores típicas.
   
Y este uno de los arces (Acer campestre), a cuya sombra leen plácidamente estos señores.


Junto a la verja que da a la calle Alcalá crecen las celindas (Philadelphus coronarius), también llamadas falsos jazmines, con sus olorosas flores:

Por aquí crecen muy bien, dando ese olor tan agradable a jazmín.


Y un poco más hacia el interior del parque descubrimos la llamada Plaza de Galicia, con un cruzeiro muy interesante que nos recuerda a esa bellísima tierra de la que nos hemos ido enamorando. Todo gracias a Diego (¡que se hizo “fan” del Depor!), y ya no sabemos estar sin ir por allí.

Plaza de Galicia en otoño con su cruceiro, su “pista de baile” y sus bancos. Todo ello decorado con las hojas caidas, típicas de la estación.
   
Cruceiro en un montículo elevado, “igualico” que el de Santiago. Antes había plantas, pero ahora hay losetas.
Cristo románico con su hieratismo característico. No es original, pero está muy bien hecho.


Este cruceiro es una copia exacta del que existe en la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela y fue encargado por el Ayuntamiento de Madrid para ocupar el centro de esta Plaza de Galicia en el año 1980.

Por detrás hay una imagen de la Virgen.
Y aquí vemos el cruceiro de perfil.
   
   
El capitel tiene representados a los cuatro evangelistas: Mateo (Matthaeus), simbolizado por un hombre, Marco (Marcus) por un león, Lucas por un toro y Juan (Johannnes) por un águila.


Y ahora veamos los cuatro escudos que hay en la base del cruceiro, y que representan a las cuatro provincias “galegas”:

Aquí está la base con los cuatro escudos.
   
Este es el de “A Coruña” con su Torre de Hércules (que algunas veces hemos subido) y cinco vieiras.
El caliz con los dos angelitos y la torre con los dos leones forman el escudo de Lugo.
   
El de “Ourense” tiene solo un león (de los que se llaman “rampantes” porque está como de pie) con una antorcha, y un castillo sobre un puente de cinco arcos.
Y el puente de los tres arcos sobre el agua, con la cruz en el centro, el castillo y la torre a los lados, es el de Pontevedra (¡donde ví el mar por primera vez!).


Pero nos falta hablar de lo que se llama la “plataforma” que tiene forma de vieira y donde hay gentes que se suben para ensayar sus actuaciones artísticas, como si fuera una especie de escenario:

Esta foto la hice subiéndome a uno de los bancos para que se “viera” mejor la forma de “vieira”.
Estos jóvenes danzan felices sobre este improvisado escenario.


Y este sitio eligió Diego para ponerse a volar su “nanodrone” (especie de helicóptero moderno) que le trajeron los Reyes Magos:

Aquí le teneis volándolo con la destreza que le caracteriza.


El mismo día de Reyes había alguien al que le habían traido un capote y una muleta y aquí se vino a practicar:

Charlando con su amigo de temas taurinos.
Y demostrando su estilo torero al pie del cruceiro.


Y en verano me encontré por aquí con mis amigos podadores que estaban en su curro:

Usando estas enormes gruas amarillas que les permiten “subirse por las ramas”.
Lourdes y Juan son podadores de toda la vida y profesionales “como la copa de un pino”.


Ahora nos fijamos en los bancos que rodean a la plataforma, que son cinco:

Los cinco bancos a contraluz, con un bosque de árboles “pelados” al fondo.
   
El primero por la derecha con su escudito, que es de estilo gallego por aquello del puente, este con cuatro arcos.


Ahora os ponemos los otros cuatro escudos, ya sin el banco, porque son todos idénticos (los bancos, no los escudos):

Este es “galego”, por los arcos sobre el agua.
Y este de Madrid, por el oso y el madroño.
   
Podría ser gallego o madrileño, pero le veo más lo último por el castillo y los leones.
Sin duda este es “galego”, por las seis vieiras a los lados.


En el paseíto de al lado descubrimos unos amantes de los animales que daban de comer a palomas, gorriones y ardilla, todo a la vez:

Entre los cuatro no daban abasto y los bichitos encantados, claro.


Por los alrededores te puedes encontrar en otoño setas como éstas:

No parecen venenosas, pero es mejor dejarlas que adornen el suelo del Retiro...


Pero, si es verano, el paisaje es mucho más agradable:

Fijaos que pradera en la que hay de todo: cedros, castaños, cipreses…arbustos diversos…y palomitas comiendo en el césped entre las flores. ¿se puede pedir más?
   
Las palomitas más de cerca dándose un festín. ¡Hay que aprovechar!
Porque cuando llega el invierno es más difícil encontrar algo que comer, sobre todo si hay que rebuscar entre la nieve.


La “lluvia de oro” se puede entender de varias formas, pero la que vemos aquí es botánica y, por cierto, de una belleza importante por sus flores amarillas en racimos colgantes. Son de las que tienen forma como de mariposas y dan los frutos en legumbre. Se trata de la especie Laburnum anagyroides que, aunque tiene un aspecto tan bonito, hay que tener cuidado con ella porque todas las partes de la planta son venenosas:

“Lluvia de oro” en plena floración primaveral pero ojo, ¡que es tan venenosa como bonita!
Y estas son sus flores tipo mariposa.


Las espireas (Spiraea hypericifolia) están preciosas cuando florecen, y lo hacen cerca de la Casa de Vacas en estas praderitas.

   
¡Espectaculares estas matas de espireas!


También las campanitas chinas (Forsythia x intermedia Zabel) se dan mucha prisa en florecer (ya en Febrero o Marzo) y nos empiezan alegrar la primavera. Estas son un cruce de Forsythia suspensa x Forsythia viridissima, las dos procedentes de China y Japón.

   
A últimos de Febrero o proncipios de Marzo ya podemos “oir” estas campanitas chinas.


Hay una edificación en la zona que los jardineros utilizan para guardar utensilios y donde queda una fuente (con dos caños), que en otros tiempos fue muy famosa:

Fuente de la salud en 1885.


Así era la fuente en el siglo XIX y la casa donde estaba se llamaba también “Casa de la Salud”. Todo esto forma parte de los caprichos de Fernando VII, que la mandó construir en 1817 al arquitecto D. Isidro González Velázquez. Pero lo que es el manantial ya existía desde el año 1788, siendo muy conocido y apreciado por los madrileños por ser sus aguas muy buenas para el riñón y el estómago. La gente iba allí bien a beber directamente o con sus botijos y sus cántaros para llevársela a las casas.

Algo parecido hacían mis padres con las fuentes del Parque del Oeste, adonde íbamos cada dos meses más o menos a hacer acopio de agua, porque mi madre decía que le iba muy bien para el estómago.

Volviendo a esta del Retiro, os diremos que tiene un solo depósito pero dos caños: uno que era al principio para la familia real y el otro para la gente. En 1870 se hizo un kiosco al lado y no olvidemos que muy cerca está también la Casa de Vacas que era una especie de “cafetería de la leche”. En 1905 la fuente quedó dentro de la llamada “Zona de Recreo”, que era un reservado de pago que sustituyó a los “Jardines del Buen Retiro” que estaban cerca de la Plaza de la Cibeles.

   
Esta es la parte que da a la verja, o sea, la primitiva “Fuente de la Salud” a la que los madrileños se acercaban ya desde el siglo XVIII. Como veis es rústica, a base de piedras cementadas y en la actualidad no tiene caño ni sale agua ni nada.
 
   
Y esta es la otra, la que da al interior del Parque que, en principio, pertenecía al “Reservado” de Fernando VII. Ahora está muy pintadita, pero aún se conservan el escalón y la pila de piedra. Y el caño con una lápida donde debía haber una inscripción ya borrada. Aquí sí sale agua que se puede beber, como demuestro apretando el pulsador del caño y con bici en primer plano.


Cerca de aquí podemos ver, entre otros árboles y arbustos, un manzano recién plantado:

En realidad es uno de los llamados “manzanos pequeños”, que es lo que significa en griego “Malus pumila”. Le hemos pillado en plena floración.


Si nos asomamos a la verja que da justo a donde se juntan las calles de O’Donnell y Alcalá, veremos el monumento al famoso General Espartero, aunque más lo fue su caballo…

La estatua se levantó por suscripción nacional, y la hizo en bronce el escultor tarraconense Pablo Gibert en 1886. Desde aquí no se aprecian bien los “atributos” del corcel, pero algo se intuye…
Lo que tiene ser uno de los protagonistas del “abrazo de Vergara”...
 
Aquí se representa la batalla del Puente de Bolueta en Luchana, de la que se habla en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, con las tropas liberales en primer plano, detrás de un cañón, mientras que al fondo se ve la carga contra los carlistas, que están al otro lado del río.
 
Y este es el famoso “Abrazo de Vergara” entre Maroto y Espartero. El autor de ambos bajorrelieves es el mismo de la estatua, cuya firma aparece abajo a la derecha.


D. Joaquín Baldomero Fernández Álvarez Espartero (1793–1879), más conocido como “Espartero”, fue un famoso general que intervino en las guerras carlistas que enfrentaron a los partidarios del Archiduque Carlos (“carlistas”) con los de la Reina Isabel II (“isabelinos”) que apoyaban a la reina regente, Dña. María Cristina. El general Espartero ganó la batalla del puente de Luchana que liberó a Bilbao del asedio carlista en la primera guerra (hubo tres) y consiguió acabar con la misma en la localidad de Vergara, donde se dio el abrazo con su contrario, el general Maroto, que dirigía las tropas carlistas. También llegó a ser regente del reino en la minoría de edad de la futura reina Isabel II.

Volviendo de nuevo al interior del Parque, y siempre que la estación del año sea favorable, podemos ver paisajes como éste:

La solemnidad del ciprés contrasta con la exhuberancia de la vegetación que le rodea.


Y si la estación no es tan favorable, siempre nos quedan arbolitos como estos:

Por ejemplo este precioso cedro que contempla Charo.
   
O estos cipreses de Arizona (Cupressus arizonica, var. glabra), (la típica “arizónica”, pero en árbol) con sus piñas en forma de “pelotitas” con las que tantas veces he jugado, ya fuera al fútbol, como proyectil para tirar a los amigos o para usarlo en las guerras de soldados de plástico.


Y ya vamos a entrar en la zona cuadrada donde están la Casa de Vacas y el Templete, o sea ésta:

Aparte de la Casa de Vacas y el Templete de Música están también la Fuente de la Salud y la Plaza del Maestro Villa, así como unos antiguos urinarios. ¡Ah! y el túnel que cruza la calle de Alcalá y conecta con el Metro de Retiro.


Esta zona se llamó “Zona de Recreo” a partir de 1905, para sustituir a los desaparecidos “Jardines del Buen Retiro” que estaban cerca de Cibeles. Se cerró y costaba dinero entrar (1 peseta), pero había no solo música (en un kiosco parecido al actual), sino patinaje alrededor del mismo. Y también teatro (primero al aire libre y luego uno cubierto) y café-restaurante en la Casa de Vacas. La “explotación” de la zona se alquilaba a particulares, el primero de los cuales fue un tal Julio Más y Bonache.

De la Fuente de la Salud ya hemos hablado antes, y también del edificio de la Casa de Vacas y de algunas plantas y árboles cercanos. Seguiremos hablando de otros como este tilo que está justo en la esquina izquierda que da al Paseo del Estanque:

Es un tilo de los llamados “de hojas grandes” (Tilia platyphyllos). Las que parecen hojas pequeñas en realidad son las brácteas de las flores.


Ahora vemos otros árboles y arbustos que hay por aquí:

Este cedro no es nada despreciable.
Y aquí vemos un pino piñonero en primer plano y detrás unas secuoyas rojas y un enorme tejo.
   
El boj también está por estos lares.
Y esta mata de bambú, bastante frondoso, por cierto.
   
Este es el tejo más de cerca, con su tronco característico.


Todo esto hay que podarlo, y para eso están nuestros amigos los podadores:

Como Lourdes e Iñaki que, aparte de currar un montón, parece que se lo pasan pipa.


Por si no habíais visto bien la Casa de Vacas, aquí tenéis otras perspectivas:

Parte derecha del edificio con cedros y otros árboles, que le dan abundante sombra en verano.
Dejando a la izquierda la balaustrada anterior, nos adentramos por este paseito que va a dar a la fuente de la salud y por el que paso bastante, de camino al trabajo.
 
Esto es lo que se ve desde este paseo, una vez sobrepasada la Casa.
   
 
Una mañana me encontré aquí esta urraquita que acababa de salir del nido y era vigilada por sus papás.


Como este capítulo trata de la Casa de Vacas, la hemos rodeado enterita:

Vista desde el ángulo izquierdo, según se ve la entrada.
Lateral izquierdo visto desde la plaza del Templete.
 
Y esta es la parte de atrás, con la balaustrada en primer término y el muro de contención pintado en azul.


En las praderitas de al lado hay montones de árboles y arbustos:

Como este manzano de flores violetas, con el cedro al fondo.
   
O estos árboles del amor con las palmeras de Fortune y, al final, los altísimos pinos.
La sombra de los castaños de Indias es muy buena para echar una sistecita en la pradera, al lado del Templete.


Llegamos ya, por fin, a la plaza del Templete de música, llamada del maestro Villa.

Vista de la Plaza del maestro Villa con sus pinos y su Templete de música. La foto está hecha por la mañana un día de diario, por eso está desierta.
 
En otoño el Templete tiene este aspecto tan bucólico.
   
Aquí lo vemos más de cerca, con las escaleras de acceso rodeadas de adoquines.
   
El techo con láminas de madera, que forman un perfecto octógono, es la clave de su buena acústica. Lo podeis comprobar hablando en voz alta. ¡Vereis que eco!
   
Puerta por la que se entra al semisótano, donde se guardan las sillas plegables para los conciertos.
   
Detalle de uno de los ventanucos de ventilación con su reja de hierro forjado.
Y esta es la barandilla del mismo material y con idénticos adornos de latón en color dorado.


Antes de existir este Templete había un Quiosco de música en el que tocaban bandas militares, así como la llamada “Sociedad de Conciertos”, que dirigía el maestro Ricardo Villa, a quién está dedicada la plaza. En 1906 el Ayuntamiento de Madrid convoca un concurso para la explotación de esta Zona de Recreo, con la condición de que se haga un nuevo Quiosco con capacidad para cien profesores de orquesta. Se lo adjudicó un tal Augusto Comas, que presentó un proyecto del arquitecto Carlos Le Grand, posible el autor del Templete, aunque esto no es del todo seguro. Como se puede ver, es de planta octogonal con una barandilla que lo rodea, de auténtico hierro forjado. Tiene un piso medio subterráneo en el que se suelen guardar las sillas plegables de madera que se usan para los conciertos y unas escaleras de piedra por las que se sube.

Por cierto que un día Diego y yo las bajamos apresuradamente porque estábamos jugando a la pelota en el mismo Templete y llegaron unos tíos con unas pintas… Le dije “¡vámonos ya, corriendo!” y él al principio no entendía, pero cuando me vio como bajé rápido las escaleras, salió detrás de mí y así nos salvamos de un posible atraco.

Es muy curioso el eco que hay dentro del templete, que tiene unas estupendas condiciones acústicas. A mí me encanta de vez en cuando subir y hablar o incluso canturrear algo. Está recubierto de un techo muy bonito, con cubierta de plomo.

En el año 2004 se sustituyó el césped que lo rodeaba por un suelo adoquinado y se plantaron una serie de árboles, entre ellos unos tilos, de los que luego hablaremos.

Antes también había conciertos nocturnos como el que vemos en esta foto, anterior a 1905. Son curiosos los “canotiers” de los señores y las sillas que eran de mimbre, ¡de las auténticas!
 
Un poco después, en los 60, seguía habiendo conciertos, aunque las sillas son diferentes, claro.


En primavera y verano hay unos estupendos conciertos los domingos por la mañana. Eso sí, hay que ir prontito para coger silla o bien llevársela de casa, o si no, oírlo a pie. Nosotros vamos de vez en cuando y, la verdad, que hay algunas orquestas muy interesantes.

Concierto estival en mañana de domingo. La señora que vemos a la derecha con vestido azul es mi suegra Araceli, que era una apasionada de la música.
 
Gracias a los toldos la orquesta no se achicharra, porque el sol pega de verdad.
   
El director dirigiendo, que es lo suyo.
Y los contrabajos “contrabajeando”.


En la plaza del maestro Villa hay dos tipos de pinos, los piñoneros y los carrascos:

Este con el tronco inclinado es de los carrascos (Pinus halepensis), como los que hay en la Rosaleda.
   
Y este de los piñoneros (Pinus pinea), que son los más abundantes en el Retiro.


En esta placita, de vez en cuando, podemos encontrarnos con visitantes insospechados:

Como este patito, un macho de ánade real (Anas platyrhynchos) que pasaba por allí, al lado del tronco de un olmo.


Alrededor de la plaza hay algunas acacias rosas o, mejor dicho, falsas acacias, porque en realidad son robinias:

   
El nombre científico es Robinia hispida y aquí vemos sus racimos de flores y una palomita torcaz que toma el fresco en sus ramas.


Este árbol proviene de América del Norte, pero fue introducida en Europa ya en el siglo XVIII. Las hojas son compuestas de 12 o 15 hojitas ovaladas y las flores forman en primavera llamativos racimos de color rosa. Por cierto que las flores son de las llamadas “papilionáceas” o sea de las de forma de mariposa; los frutos son del tipo legumbre.

Este es otro pino carrasco de tronco recto, que está muy cerca del templete.


Y también hay nuevos “fichajes”:

Como estos tres cerezos de Pisard, recién plantados.
 
O esta ardillita, que estaba recolectando hierbas para su nido.


Si nos entran ganas de hacer lo que nadie puede hacer por nosotros, aquí tenemos unos servicios clásicos, de los de toda la vida:

Con sus rejas de hierro forjado y sus azulejos blancos, aquí estan, dispuestos a aliviar nuestras necesidades.
Y aquí el poste con el cartel del nombre de la plaza.
   
Las letras de los carteles no son “de imprenta” sino más bien manuales y las denominaciones bien clásicas: “Damas y Caballeros”.


Nos fijamos ahora en los setos de toda esta zona, que son de durillo:

El Viburnum tinus, más conocido como “durillo”, es la planta elegida para formar los setos de toda esta zona. En primavera se visten con el blanco de sus ramilletes de flores.


Llegamos ya al final de este paseo, que tantas veces hago a pie, y que nos acerca a la estación de metro de Retiro, pero antes hay que pasar por este caminito, ver los tilos (y a veces los negritos) y pasar el túnel:

El tilo más espectacular es éste que tiene al lado (¡y con razón!), el cartelito de la Senda Botánica.
 
Caminito que va a dar a la fuente de las sirenas, que está frente a la puerta de Hernani.
   
Negritos apostados en la entrada al paso subterráneo que cruza la calle Alcalá y da al Metro de Retiro. Ya podeis suponer el negocio que se traen entre manos…
A veces en vez de “negritos” te encuentras “blanquitos” que quieren salir del Retiro y coger el metro o ir por la calle de Alcalá.


En el túnel he pasado algún susto que otro cuando he visto negritos en cada extremo y tenía que pasar entre ellos. Pero la verdad nunca me pasó nada, porque creo que ellos están a otros negocios.

Y es justo aquí donde están los tilos, que son unos árboles de lo más curioso y que a mí me han hecho siempre mucha gracia. Bueno a mí y a los romanos, que les pusieron el nombre de tilia que puede venir de la palabra griega ptilion, que significa “pluma”, lo que seguramente sería por la bráctea que hace “volar” a los frutos.

Como puede verse son bastante frondosos y su tronco es muy característico.
   
Flores amarillas en pequeños racimos, con los estambres muy grandes y hojas acorazonadas con los bordes en sierra.
Esa especie de “hojas” alargadas a las que van unidos los frutos, son las brácteas.


Los más corrientes son los de la especie Tilia platyphyllos o tilo de hojas grandes, aunque también los hay de hoja pequeña (Tilia cordata), el europeo (Tilia europea) que es un híbrido natural de los dos anteriores y el plateado (Tilia tomentosa), cuyas hojas tienen el envés blanquecino.

Al cocer las flores (con sus brácteas incluidas) se obtiene una infusión, la famosa “tila”, que dicen que sirve para calmar los nervios. A mí madre le gustaba con agua de azahar (también calmante), que venía en una botella de cuello muy largo y color azul. ¡Toda una pócima para tener tranquilidad!

Y después de ver los tilos, salimos ya al metro o a la calle Alcalá:

Entrada al túnel que comunica con la calle Alcalá y la estación de Metro.
Interior del túnel donde a veces he pasado algo de miedo. Aquí se ponía un músico rumano con un acordeón que ya me conocía y nos saludábamos cada mañana. También suele haber un curioso mendigo al que le encanta leer.
   
Al final del túnel, las dos alternativas: Retiro o calle Lagasca.
Y la tercera: el Metro.


Y dentro de esta estación de Metro de Retiro, una sorpresa:

Con el título:“Expometro Retiro”, una serie de azulejos con dibujos de D. Antonio Mingote.
 
Que tienen que ver con el Retiro, ¡claro está!
 
Con su famosa firma, que puso en tantísimos chistes e historietas.
Y la de la ceramista, Esther Ocampo, que hizo estos azulejos en el año 1997.
 
Yo no sé si esta familia, que parecen de fuera, se dieron cuenta de la preciosidad que tenían al lado.
 
Pero es como para fijarse, porque los dibujos no tienen desperdicio.
 
Justo enfrente hay otro enorme cuadro de azulejos, con más personajes e historias del Retiro.


Y es que el señor Mingote fue un gran amante y defensor del Parque, del que fue Guarda Honorario. Lo vimos en el Museo de los Viveros, dentro del capítulo “El Angel Caído”, donde aparece su foto con el uniforme de paño color marrón.

Metro de Retiro al que se puede acceder desde el mismo parque o desde la calle Lagasca. Al fondo se ve la iglesia y, más abajo, la Puerta de Alcalá.
Iglesia de San Manuel y San Benito, donde por Navidad suelen cantar villancicos nuestros amigos Natalia y Jean François.


Esta iglesia, llamada de San Manuel y San Benito, es una mezcla de gótica y bizantina y está recubierta de mármol, siendo su cúpula de cobre rojo. La hizo el arquitecto Fernando Arbós (1844-1916) gracias al dinero que dejaron para ello (además de para una escuela gratuita para hijos de obreros) un matrimonio catalán de padres italianos: Manuel Cavaggioli y Benita Maurici, de ahí el nombre de la iglesia, en la que se celebró misa por primera vez el día 1 de enero de 1911.

Y dicho esto pasamos a ver el mapa completo de la zona:

En el punto 1 (el 4 del mapa oficial) está la Casa de Vacas, en el 2 el pequeño jardín triangular, en el 3 la ría con la estatua de la diosa Diana, en el 4 el monumento a Van Halen y en el 5(¡el mismo que pone en el mapa!) el de los hermanos Alvarez Quintero, en el 6 los columpios modernos, en el 7 la Plaza de Galicia, en el 8 la Fuente de la Salud, en el 9 la estatua de Espartero, en el 10 (3 del mapa) el Templete de Música y en el 11 el túnel que va al Metro.
 
Y en Google se ven las cosas como son.

 

 


Nota: La foto de la Casa de Vacas en 1910 es de Magdalena Ródenas y sale en el libro del Ayuntamiento, “El Retiro en el objetivo de nuestra memoria” igual que la de Pavillón, que es de Tomás Guzmán. Las tres primeras de la Casa de Vacas, la de la Fuente de la Salud antigua y la de los músicos con canotier están sacadas del libro de Carmen Ariza Muñoz “Los Jardines del Buen Retiro”. La del Templete en los 60 es de mi amigo Manuel Gil. La del bonsái de castaño es de César, el hijo de mi amigo el abogado Carlos Pagán. Muchas gracias a todos/as los jardineros/as que me han ayudado a identificar especies de árboles o plantas, a las gentes de los Puntos de Información (Carlos, Bea, Beatriz, Jesús, etc.) que siempre son tan amables y me cuentan cosas interesantes del Retiro.

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