La Chopera

 

 

“Aprender a montar en bicicleta es el primer desafío de cualquier niño, la primera lección que aprende ante la futura adversidad: si no pedaleas, te caes, una enseñanza que, a su vez, te concede la primera libertad.”

Esto dice mi admirado Manuel Vicent, así que La Chopera es uno de los sitios del Retiro que más me gustaba cuando era pequeño porque era donde podía andar en bicicleta. O en triciclo, que a veces lo prefería para no caerme sin pedalear. Y es que aquí me enseñó mi padre a montar en bici, que le costó bastante, por cierto, y yo debí empezar a sentirme libre.

Entre estas dos casetas podíamos hacer nuestros “pinitos ciclistas”. ¡Pero no se podía salir de este "circuito"!


De todas formas era una “libertad vigilada”, porque toda la aventura se limitaba a circular alrededor de dos casetas rústicas, llenas de bicicletas y triciclos y regentadas por dos señores que recuerdo como si los viera ahora: uno con el pelo blanco y muy simpático, el otro con menos pelo y algo más serio, con los que mi padre hizo una buena amistad y que nos trataban muy bien.

Mi padre también se alquilaba alguna bici de vez en cuando, porque sabía montar muy bien y era capaz de hacer “ochos” en muy poco sitio. Incluso se quedaba parado en la bici sin caerse. Yo le admiraba porque, al contrario, era bastante torpe y a la mínima me caía, así que muchas veces prefería el triciclo.

Aunque sabía montar en bici gracias a que mi padre se lo tomó con mucha paciencia y me iba empujando el hombre y, a la vez, sujetando el manillar hasta que, poco a poco, me fui soltando.

Pero es que mi padre había incluso corrido alguna carrera de aficionados y tenía una copa por haber ganado alguna vez.

Esta es la copita que ganó mi papi allá por el año 38, concretamente el 18 de Julio, justo dos años después del levantamiento militar contra el que se alistó voluntario (junto con su hermano) para defender al legítimo gobierno republicano.


La cosa del alquiler de bicis duró hasta los años 80, que es cuando se hicieron estas fotos:

Donde podemos ver niños y niña en bicis y triciclos. La caseta al fondo a la derecha era una de las auténticas.


Ahora estas casetas han quedado como “Puntos de Información”, una de ellas aquí (la del fondo de la foto), otra en la Rosaleda y la otra en La Casita del Pescador.

Vista desde lo alto del “Bosque de los ausentes”. Al fondo la antigua caseta de bicis, ahora convertida en “Punto de Información”.

 

Caseta actual vista de cerca y con unas bicis al lado: parece como que las siguiera atrayendo…


En estos “Puntos de Información” hay gentes muy amables que les explican a quienes les consultan todo lo que quieran saber sobre el Retiro; les dan planos, folletos, les dicen cuando y donde son las actividades, en fin… Además organizan charlas semanales sobre distintos aspectos del Parque: árboles, aves, monumentos, historia, etc.

Aquí veis a mi amigo Carlos, el historiador y escritor, en plena “faena informativa”.
 
Y estos son las “charlas” o “paseos guiados” que, como podeis ver, son de lo más variado e interesante. Además son gratuitas, solo hay que apuntarse.


Precisamente Carlos me puso en contacto con Manuel Gil, gran conocedor y amante del Retiro y de Madrid en general, que me trajo a mi despacho (aparte de algunas fotos que salen en distintas zonas de esta web) un anillo de los que se ponían en las bicis, así como un recibo de la Licencia de Circulación:

Este es el anillo que se ponía en las bicis cada año y que era obligatorio para circular con ellas.
 
Y este el recibo de la Licencia de Circulación del año 1953 (tenía yo un añito) a nombre del padre de Manuel.


Se supone que todas las bicis que alquilaban en el Retiro tendrían su “chapita” de haber pagado la Licencia al Ayuntamiento; a mí desde luego me resulta familiar, como de haberlas visto puestas cuando las alquilábamos.

Pero esta explanada ha tenido muchos usos, los primeros relacionados con las vacas,  las ovejas, etc. Porque era aquí donde, en tiempo de Alfonso XII, se celebraba la Feria del Ganado de Madrid. Alfonso XIII hizo construir un pequeño hipódromo que no tuvo éxito por eso, por pequeño. Y unos años más tarde (en 1907) se utilizó la zona para la que se llamó “Exposición de Industrias Madrileñas”, con unos cuantos pabellones.

Pabellón central de la “Expo”, que luego sirvió para dar algunos recitales y conciertos.
   
Otros pabellones de la misma “Expo” de 1907.


Se conoce que lo del hipódromo era una idea que quedó ahí, así que años más tarde, en la década de los sesenta, se organizó aquí algún que otro concurso hípico:

Esto debe ser de la época de Goyoaga o similar.


Pero vamos a ver los árboles que hay ahora en esta parte de la Chopera; lo que no hay -curiosamente- son chopos, vamos que no hay ni uno. ¿Y por qué se llama “La Chopera”? Hombre pues porque hace mucho tiempo, como en el siglo XVII o así, parece que hubo muchos y se quedó con el nombre.

Justo enfrente de la puerta de la caseta podemos ver estas robinias que se llaman “casque rouge”.

Esta panorámica nos permite ver la caseta con las falsas acacias que son de la especie Robinia hispida, como las que vimos en la Casa de Vacas y en la de Fieras.
   
Aquí las vemos más de cerca, con sus típicas flores rosas de las llamadas “papilionáceas” (en forma de mariposa), que luego darán frutos tipo judías.
A las palomas torcaces españolas y a las cotorras monge argentinas les encantan las flores de las robinias, que se "zampan" con fruición.


Al lado vemos las “thujas” con sus partes amarillentas tan llamativas:

Hay un grupo a la izquierda y otro a la derecha de la caseta, todas ellas bien recortaditas en forma de “pimpollos”.
   
Las hojas son aplastadas y muy resistentes, algunas ya amarillas por el calor. Y las “piñas” pequeñas, también amarillas y con pequeñas puntas que sobresalen.


La especie es Thuja occidentalis y proviene del Canadá, donde consiguieron sobrevivir por su enorme resistencia al frío y a las condiciones, difíciles en general. Por eso hoy día se encuentran en jardines de todas las latitudes, incluyendo los del Retiro, claro.

Y en los mismos parterres de las thujas hay unas preciosas albizias que se llaman también acacias de Constantinopla o “árboles de la seda” (Albizia julibrissin):

   
Que vemos aquí en primavera, con sus hojas compuestas y sus flores rosas y “asedadas”.
   
En otoño las cosas son distintas y, aunque las hojas siguen siendo parecidas, las flores se convierten en esta especie de “judías secas”.


Y en otros parterres próximos hay unos pequeños cedros de la especie Cedrus atlántica glauca; esto último quiere decir “blanco”, porque son de un precioso gris entre azulado y blanquecino:

En grupos de tres, siempre elegantes, con sus típicas hojas “tipo pino” pero saliendo del mismo punto en ramillete y con ese color tan bonito.


Su nombre vulgar es “cedro azulado” o “cedro azul del Atlas”, porque provienen de esas montañas del Norte de África.

Otros “habitantes” de estos parterres son los curiosos robles americanos o de los pantanos, Quercus palustris, de la misma familia que las encinas y los robles normales: todos ellos producen bellotas. Pero estos vienen de Norteamérica y Canadá y se adaptaron muy bien en Australia y Argentina. Las hojas tienen entrantes (se llaman “lobuladas”) y pasan del verde primaveral al rojo otoñal. En el Retiro, aparte de estos de la Chopera, los hay cerca de la Fuente de la Alcachofa y del monumento a Martínez Campos. Todo esto y más lo podéis leer en el cartelito nº 12 de la Senda Botánica.

Para que veais como cambian de color.
   
Las hojas parecen “comidas”, la verdad que son curiosas. Y en la foto de la izquierda se ven también manojillos de flores, muy pequeñitas, que darán lugar a las bellotas.


En dos parterres paralelos y que dan a la plazoletita, hay las dos especies de magnolio, la “grandiflora” y la “soulangeana”.

Los “grandiflora” están delante, en estos dos parterres simétricos.
   
Y ya a primeros de Junio les empiezan a salir las enormes y preciosas flores.


Pero como de la primera especie ya hablamos bastante en el Paseo de Coches, nos centramos ahora en la segunda.

Las flores, preciosas como se puede apreciar, salen al principio de la primavera, allá por Abril, antes que las hojas. Si hace frío pueden helarse, claro está.
   
Luego salen las hojas, de un verde clarito, entre las que podemos ver los frutos en que las flores se han convertido.


Pero no todo van a ser especies exóticas, también lo modestos laureles andan por aquí metidos:

   
Este es un buen ejemplar, cons sus hojas duras y brillantes y sus flores en ramilletes amarillos.


Aunque no hablaremos más de ellos, porque lo hicimos en el capítulo “Alfonso XII-Alcalá”. Igual que de los ginkgos, citados y “hablados” en la Casa de Fieras. Pero no podemos dejar de ver alguno de los que hay por aquí, por cierto, todos machos, es decir, que no producen esos frutos que dan tan “buen olor”.

Joven ejemplar de Ginkgo biloba.


Pero una de las estrellas botánicas de la zona son los madroños, muy abundantes en el Paseo de Coches, pero también muy presentes aquí:

Donde más hay es en esta placita que está en el centro de la Chopera.


Además, en esta zona les han puesto el cartelito de la Senda Botánica y así nos enteramos que, para nuestra sorpresa, parece ser que no está nada claro que sea el árbol del escudo de Madrid. ¡Vaya chasco! Dice también que tienen una sustancia, llamada “arbutina” que es la que hace que sean indigestos e incluso que te sientas “borrachito” si comes muchos. Y dice más cosas curiosas e interesantes, así que hay que pasarse por esta placita y leer el susodicho cartelito.

Las flores en forma de campanillas blancas y los típicos frutos que van “del amarillo al rojo” (al revés que la famosa peli) no podrían faltar en este “reportaje”.


En los siguientes parterres se repiten las especies de las que hemos hablado, así que nos vamos ya directamente a lo que es el llamado “Bosque de los Ausentes”, homenaje a las víctimas del 11-M:

Así lo vemos viniendo desde la caseta. Puse mi bici en primer plano, delante de la columna.
 
Y esta es una vista un poco más lateral. Si os fijais, mi bici está en la esquina inferior izquierda de la foto.


Lo primero, leer la placa conmemorativa en cemento que hay nada más asomarnos a la ría:

Aquí la podemos ver y leer su texto, con la fecha del 11 de Marzo de 200, un año después de los terribles atentados: “EN HOMENAJE Y AGRADECIMIENTO A TODAS LAS VICTIMAS DEL TERRORISMO, CUYA MEMORIA PERMANECE VIVA EN NUESTRA CONVIVENCIA Y LA ENRIQUECE CONSTANTEMENTE. LOS CIUDADANOS DE MADRID, 11 DE MARZO DE 2005.”


Para entrar hay un par de puentes de madera por esta parte y otro por detrás:

En este se pueden leer las normas del lugar, en un cartel a la izquierda del puente.


“Respete la vegetación”, “Los perros han de ir atados”, “No pisar el césped” y “No montar en bicicleta”. Reconozco que no he cumplido la última norma, pero eso sí, he subido y bajado con mi bici muy despacito y cuando o no había nadie o muy pocas personas.

En las fotos anteriores os habéis dado cuenta de que hay una columna muy curiosa, parecida a la que vimos en la Casa de Fieras.

Está colocada sobre un cilindro de piedra caliza, como la propia columna, y señala la zona de subida a la montaña. Por aquí la ría va por debajo del suelo.


A su lado están los cipreses que, junto con los olivos, representan a las 192 víctimas de los atentados. En principio se plantaron en la glorieta de Atocha, pero luego se pensó en buscar un lugar definitivo, que fue precisamente este.

No los he contado pero, entre cipreses y olivos, debe haber en total 192.
   
Senderos de arena, de subida y bajada, siempre bordeados de setos de durillo, con sus cipreses y sus olivos en el centro del parterre.
Parte más alta con los cipreses, entre setos de durillo y el olivo en plena floración.


Hablando de los olivos, que los hemos visto ya muchas veces, diremos que su nombre científico es Olea europea, que viene del latín “óleum” (aceite) y son uno de los árboles más típicos de toda la zona mediterránea. Desde muy antiguo se extrae el aceite de sus frutos, las aceitunas, de las que hay muchas variedades; por ejemplo las picudo, empeltre, hojiblanca, cornicabra, lechín, manzanilla, verdial, picual, etc. El proceso de recolección se ha simplificado gracias a máquinas que mueven las ramas y redes sobre las que caen las aceitunas. Estas se tratan mediante diversos lavados y macerados hasta que se hacen comestibles o se prensan para sacar aceite. El aceite de oliva se usa en la cocina, bien en crudo para guisos y ensaladas, o bien para fritos, asados, etc. También se utiliza como suavizante de la piel, bien directamente o formando parte de cremas.

Los olivos son muy longevos, incluso más de mil o hasta 1.500 años, que ya es decir. Las hojas son alargadas y perennes, o sea que tienen hojas todo el año. Se pueden hacer infusiones con ellas para la hipertensión. Las flores son blancas y en racimos, y salen a mitad de la primavera. Su madera es muy dura y se usa en ebanistería, bien como leña o para hacer carbón vegetal. Resisten muy bien la sequedad y el calor, así como el viento, pero no la humedad excesiva. Las heladas pueden afectar a las aceitunas, lo que provoca no pocos desastres en Andalucía (Jaén sobre todo), máxima productora mundial. Nosotros somos unos “fans” de los aceites llamados “de oliva virgen” que usamos continuamente y a veces nos permitimos el lujo de degustar verdaderas “exquisiteces” en ensaladas o sobre rebanadas de pan. De pequeño muchas veces merendaba tostadas de pan con aceite y un poquito de azúcar por encima… ¡que tiempos!

Vista de distintas partes de la ría, siempre desde arriba.
 
Panorámica de la parte posterior.
 
Una bomba sube el agua de la ría para que baje por unas cascadas en forma de lámina.
   
Que sirven para que se bañen los pajaritos, como este mirlo al que pillamos en pleno chapuzón.
Y este pájaro carpintero, que pasaba por allí sin atreverse a darse el baño.
   
La ría hace las delicias de los patos, como esta pareja que se da un bañito al atardecer.


Entre el bosque del recuerdo y las pistas deportivas, al final, a mano izquierda, vemos unos pinsapos:

Tres Abies pinsapo (como dirían los científicos) y tres sillas nuevecitas para descansar.


Los pinsapos son abetos típicos de Andalucía, en concreto de las Sierras de Málaga y Cádiz, donde fueron descubiertos por un botánico... ¡suizo!

Detalle del tronco y las ramas.


Y, por si os entra sed, aquí han puesto una bonita fuente:

Con dos caños, pero de esos que salen a presión y te ponen perdido/a…


Los setos que hay detrás de la fuente son un híbrido de Cupressus y Chamaecyparis que se llama Cupressocyparis leylandii (porque lo descubrió un tal Leyland). Son muy resistentes, pero si los hongos les ponen un poco "feítos" no hay problema: se les da una manita de pintura verde y como nuevos, el caso es que queden bien las fotos del evento (en este caso las conmemoraciones del 11-M):

Aquí están los operarios en plena "faena".
Y esta la "prueba del delito"...


Hasta ahora hemos visto lo que es la parte central de la Chopera, que en el mapa de Google sería esto:

En el 1 está la caseta de las bicis (ahora Punto de Información), en el 2 la placita de los madroños y en el 3 todo lo que es el Bosque del Recuerdo.


En la parte más inferior de esta zona donde hay una serie de castaños de indias y unos bancos de madera:

Creo recordar que, justo por esta zona, es por donde dí mis primeros pasos como “ciclista”, hábilmente empujado y sostenido por mi papi.
   
“Agazapada” junto al seto y protegida por los árboles que la rodean, hay una “nevada” mata de espirea.


En estos setos, en primavera, aparte de los castaños floridos, vemos algunos arbustos muy bonitos, como esta “espirea” con sus flores blancas de cinco pétalos y cáliz amarillo. Se llama Spiraea hypericifolia y es una rosácea que da unos preciosos ramilletes de flores de los llamados “umbelas” porque tienen forma de paraguas. Sus enemigos son las orugas y los hongos microscópicos.

Al lado vemos unas lilas, americanas por más señas, que llaman la atención por su color violeta:

Este es un seto que hay más adelante, donde la mata de estas lilas es aún mayor, para deleite del señor que lee tranquilamente el periódico.
   
En estas fotos se ven mejor las hojas, parecidas a las de las hortensias, y las flores de color lila, aunque no sean las lilas normales.
   
Que se convertirán, a principios de Junio, en estos frutos en forma de pequeños “tomatitos verdes”.


Su nombre científico es Ceanothus thyrsiflorus o también Ceanothus repens, más conocido como “Ceanoto” o “Lila de California”, por proceder de allí. En su ambiente natural las hojas –ricas en proteínas- sirven de alimento tanto a orugas de mariposas como a animales grandes (ciervos o puerco espines). Los indios de Norteamérica las usaban para hacer cestos con sus ramas, así como en infusiones para curar enfermedades. En el Retiro solo sirven para decorar, aunque algunos bichejos seguro que las aprovechan.

Si nos fijamos en los setos de la zona, veremos que se trata de durillos (Viburnum tinus):

En esta zona no se dan muy bien, tal como nos explicó Manuel, el jardinero. De hecho veis como no están demasiado “pimpantes”.


Como muy dice en el cartel de la Senda Botánica (nº 14 de la misma), estos arbustos no soportan bien las condiciones extremas, ya sean heladas o sequedad. Así que en la naturaleza se encuentran en sitios frescos y húmedos. En jardines proceden de vivero, que se adaptan mejor, pero aun así. De los ramilletes de hojas blancas salen unos frutos como pequeñas aceitunas azules, casi negras. Se podría utilizar en infusión para bajar la fiebre o para la retención de líquidos, pero se dejó de usar por ser bastante tóxico, así que, ojo.

Desde aquí varios caminos conducen hacia la verja de Alfonso XII; se les llama “Paseo del Marqués de Pontejos” y uno de ellos llega a la “Puerta de Murillo”:

Uno de los múltiples “Paseos del Marqués de Pontejos” que desemboca en la Puerta de Murillo.
 
Uno de los carteles que señalan estos paseos.
Inscripción en papel con metacrilato, sujeto por columnas y placa negra con letras doradas, ambas señalando la Puerta de Murillo.
 
Esta es la sensación de entrar por esta puerta: la que tienen estos señores venidos de lejos a disfrutar de nuestro parque.


En realidad esta puerta es “de servicio”, de ahí que tenga muy pocos adornos. Fue hecha en 1893 por el arquitecto José Urioste y Velada, siguiendo las instrucciones de su colega D. Agustín Felipe Peró, encargado de todo el proyecto de cerramiento del parque. Los materiales son hierro forjado y bronce.

Nada más entrar a la derecha, descubrimos este joven ejemplar de tilo de hojas pequeñas (Tilia cordata).


En los parterres de los alrededores podemos encontrar espireas, forsitias o celindos, entre otros:

Preciosa mata de espirea (Spiraea hypericifolia), con sus ramilletes de flores blancas.
   
Esta otra de Forsythia x intermedia es todavía más extendida, aunque menos tupida.
   
Y esta es una celinda, que ya sabeis que es un falso jazmín (Philadelphus coronarius) con sus bonitas y olorosas flores.
   
También podemos encontrarnos estas matas de bambúes.
Y este mirlo que creí que estaba muerto, pero no, estaba ahí tan pancho, todo estirado, tomando el sol de la tarde.


Llegamos ya a lo que es la verja de Alfonso XII:

Y vemos como el paseo (muy usado por “los trotones”) está sembrado de “enebros horizontales” (Juniperus horizontalis glauca), que se adaptan muy bien al terreno, como me explicó mi amigo Antonio, el jardinero.
   
 
Por aquí nos encontramos más forsitias; por cierto estas flores en primer plano han salido pero que muy bien.
   
 
Las fotinias también crecen por aquí y, siendo primavera, nos podemos fijar en una de sus “gracias”: las hojas jóvenes salen de color rojo y poco a poco se vuelven verdes. ¡Justo al revés de lo que suele pasar!


Y paseando por aquí, sería por primeros de Abril, nos encontramos esta agradable sorpresa:

 
Es nada menos que un cerezo japonés, de los que echan flores en cuanto empieza a apuntar la primavera. ¡Y con este precioso color rosado!


Es el árbol nacional del Japón y su nombre científico es Prunus serratula. El tronco es gris brillante, con grietas horizontales, y las hojas son primero entre verdosas y rojizas, luego se vuelven verdes y en otoño se ponen rojas del todo.

Si subimos desde aquí hacia el Parterre nos encontraremos una casita que utilizan los jardineros para guardar sus aperos de jardinería:

Vease la casita de los jardineros con su fuente de piedra en el paseo que, para variar, también se llama “del Marqués de Pontejos”.
   
Los gatos son muy felices por aquí. ¡Los hay de todos los colores!
   
Otra vista de la casita con un carrito y un camioncito de los que usan los jardineros.
Y otro cartel de este famoso y omnipresente paseo.

 

Los jardineros tenían preparado aquí este peral de Callery en un tiesto, para plantarlo en otra zona.
   
Y entre ladrillos, carretillas y demás, florece en primavera este maravilloso celindo.
   
   
Pero la “joya” de la zona es esta morera de papel (Broussonetia papyrifera), árbol oriental que proviene de China, Japón, Taiwán y Malasia. El tronco está lleno de “tumoraciones”, quizás por efecto de algún parásito.
 
Este arbol del amor da sombra a estos jardineros que me dijeron que el árbol “raro” de al lado era la morera de papel. Hablamos de ella en la zona de Alfonso XII-Alcalá, donde hay dos subiendo por el paseo de Méjico a la izquierda, en la placita de los columpios.
   
Y como las adelfas son así de fuertes y adaptables, aquí vemos una junto a unas enormes baldosas de granito, protegida por una tela de plástico, tipo invernadero almeriense.


Y, si venimos del Parterre, podemos encontrarnos esto:

Un castaño de indias, que es el árbol nº 10 de la Senda Botánica, en pleno otoño.
   
Y estas matas de nandinas (Nandina domestica) con sus típicos frutos rojos en racimos. Se llaman “bambúes sagrados” y provienen de China y Japón.


Si entramos hacia la Chopera desde la fuente de la Alcachofa, veremos esto:

A la izquierda queda una carretera que es "la frontera” con “El jardín de los planteles”: nos metemos justo a la derecha, por donde van los chicos de la foto e indica el cartelito “Bosque del Recuerdo”.


Nos encontraremos con la entrada del Polideportivo que se llama “La Chopera”, como no podía ser de otra forma:

   
Está un poco “camuflado”, así que lo ves solo cuando estás casi encima. Tiene un aparcamiento de bicis en la puerta.


Esta entrada tiene recuerdos “sombríos” para nosotros, sobre todo para Diego, al que le “birlaron” una bici que dejó justo en esta puerta… ¡pero sin seguro!

Esta es la bici, Orbea por más señas, que compramos en Casa Berrendero (gran ciclista admirado por mi papi), con la que Diego era así de feliz, y que nunca más volvimos a ver.
Y este es otra bici anterior, con la que aprendió a montar (ver “ruedines”), pero muy rápido y no en la Chopera, sino por los alrededores del Florida Park.


Aquí se hace bastante deporte: fútbol (7 y sala), tenis, pádel, baloncesto, balonmano, gimnasia, etc. Y también hay clases de Gim Jass y de Pilates. Pero en lo tocante al tenis os puedo decir que es bastante difícil coger pista (hay solo 4), aunque no imposible. Y, si vais el domingo por la tarde, a partir de las dos y media cierran las taquillas y no dan pistas, ¡aunque estén libres! ¡Así es es nuestro "Madrid olímpico"!

La gente juega y disfruta todo lo que puede de estas instalaciones, que ya las hubieramos querido cuando yo era pequeño, que lo más que se podía hacer aquí era alquilar una bici o un triciclo y jugar a la pelota en la explanada de arena.
   
¡Y ahora hasta se puede hacer Pilates!
 
Aquí vemos todo el complejo deportivo desde arriba (¡gracias a Google!). Las pistas color verde clarito son las de tenis (la que está sola a la izquierda está justo encima de los vestuarios), las otras más pequeñas son de padel, las rojas son las polideportivas y la verde oscura grande, la de fútbol.


En la parte del polideportivo que da a la Chopera hay algunos arbolitos y arbustos, que vemos ahora:

Como este eucalipto rojo con sus típicos frutitos tipo “pirindola”.
 
A cuyo lado crece esta fotinia.
   
O este castaño de indias igualmente inclinado y de parecida altura.


Un poco más allá vemos en la foto anterior algo azul que son unas “cabinas-urinarios” de esas prefabricadas que se ponen en conciertos o fiestas al aire libre.

En principio eran verdes, muy coquetas por dentro y por fuera, como puede verse.


Pero un buen día, domingo por más señas, vi que habían puesto otras azules, una de ellas caída. Pensé que algunos gamberros la habían tumbado. ¡Y claro que sí, pero con un tío dentro! De repente aparece una cabeza y luego sale todo él, lleno de cacas y jurando en arameo. Llamó a la policía, que casualmente pasaban en un coche por aquí, e intentaron perseguir a los autores de la “bromita”. Al seguir mi camino encontré un cable atado a los bordes con el que no me caí (iba en bici), de milagro. Lo quitamos entre unos chicos que pasaban y yo. ¡Menudo episodio!

Estas son las nuevas cabinas. De la caída fue de la que nada más hacer esta foto salió el señor jurando en arameo. ¡Estaba dentro y yo sin saber nada, claro! ¡Vaya susto!


Y ahora nos vamos a ir ya directamente a la parte más bonita de esta zona de la Chopera (¡sin chopos!) que es la ría y el estanque.

En esta panorámica se puede ver el estanque de la Chopera en una preciosa mañana primaveral.


Dio la casualidad que encontramos una familia feliz que se estaba dando un bañito:

Mamá pata y sus patitos disfrutando del agua ya desde por la mañana.
   
Faltaba el papá, que estaba en la orilla desperezándose, el hombre.
   
Mamá pata también encuentra momentos para acicalarse.
Patito prudente, siempre cerca de mamá, aunque aquí tampoco es que haya mucho peligro.


Pero estos patitos no eran los únicos en la “piscina”:

Estos peces de colores (quizás desahuciados de acuarios y peceras) ponen una nota de alegría en esta “charquita”.
   
Aquí los vemos un poco más de cerca.
 
Saliendo del agua por la otra orilla podemos ver los cipreses del Bosque de los Ausentes.
 
Y hablando de “orillas”, en esta vemos a esta patita con tres galanes, todos muy tranquilitos tomado el sol.


Del estanque sale una ría que tiene un recorrido de lo más romántico, sobre todo en primavera, claro. Vamos a seguirla desde su “nacimiento” hasta que desemboca en el estanque:

Este es el principio de la ría, donde el agua es bombeada bajo tierra y cae por esta cascada.
   
Aquí la vemos por detrás.
Y este es otro desague a pie de ría, justo al lado de la rocalla.
   
En la rocalla había dos urraquitas que debían estar haciéndose el nido allí mismo.
Y este mirlo que iba a beber agua, el hombre.
   
Y estas palomas torcaces que picoteaban por el césped.
O esta preciosa gatita a la que su dueño sacó a pasear por aquí.
 
Así sigue la ría con este “puentecito” donde el mirlo bebió agua.
 
Esto es muy frondoso y fresquito, además de precioso, con los árboles y arbustos reflejándose en el agua.
   
Vista de un enorme olivo desde ambas orillas.
   
El almez y la palmera destacan, con los olmos negros y el chopo blanco de fondo.


Y así llegamos al puentecito:

Pero antes hay una cascada, algo mayor que las anteriores.
Y luego ya el puente con sus barandillas de madera, entre castaños que dan una agradable sombrita.
   
Pasado el puente hay otra palmera entre los castaños, plátanos, celindas…y rosas.
 
     
Precioso el rosal y preciosas las rosas que, además son eso, rosas, de distintos años, pero siempre igual de bonitas.
   
Y el saúco (Sambucus nigra) y la celinda, que está a su derecha, ambos en plena floración.
   
Lo mismo que esta palmera.
   
O esta espirea.
   
Por las orillas descubrimos este durillo.
O este membrillero japonés.
   
   
Y también por las orillas, pero todavía más cerca del agua, pudimos ver estas palomas y estos patitos, los últimos ya en pleno chapuzón.


Llegamos ya al final de la ría, antes de desembocar en el estanque:

Un poco más adelante hay esta pequeña cascada rodeada de olmos.
   
Hasta llegar a la “gran cascada”, sombreada por almeces.
   
Aquí nos estamos aproximando ya al “precipicio”.
Y aquí la “gran cascada” en todo su esplendor.
 
   
Vista panorámica de la zona, con patitos en plenas zambullidas.


Si cruzamos el puente, nos encontraremos otra zona, una especie de “montañita”, donde hay bastantes cosas por ver:

Puente sobre la ría que, entre castaños, nos lleva a la parte más elevada que yo llamo “la montañita”.


A la derecha hay una caseta para guardas:

Que está bien resguardada a la sombra de castaños y palmeras.


Y enseguida una plazoletita de arena:

Aquí he jugado con Diego al tenis cuando era muy pequeño. ¡Ahora ya es un campeón! La bici es la mía, ya la conoceis.
 
La valla de madera, aparte de para evitar caídas a la ría, sirve para que est@s ciudadan@s hagan gimnasia matutina, que es muy sana.
 
O para que estos señores se den un “paseito vigilante”.
 
Desde la valla se puede ver otra vez el estanque entre los cedros.
   
Que además son “del Atlas”, como pone en el cartelito al pie de uno de ellos.


Los cedros del Atlas se llaman científicamente Cedrus atlántica y provienen del norte de África, de las montañas del Atlas, de ahí su nombre. Podéis ver las ramas y flores masculinas y femeninas en “El Paseo de Coches”, donde hay una buena colección según se va, a la izquierda, de Florida Park a la Rosaleda. Según pone en el cartel de la Senda, “el aceite y la resina de los cedros se utilizaban en Egipto para embalsamar momias”. Parece ser que son antisépticos, anti-hongos y que espantan a los insectos, pues mira tú que bien.

Pero por aquí también hay unos buenos ejemplares de pinos, uno de ellos con su cartelito nº 15 de la Senda Botánica:

Aquí vemos uno (que vale por dos) y otros dos que están como “saludando”, sin duda por el vientecito que debe de soplar por aquí de vez en cuando.


Son los “pinos piñoneros” que eso es lo que significa Pinus pinea (“pinea” es “piña” en latín). Los hay en muchas zonas del Retiro, la primera subiendo desde la cuesta Moyano hacia el Angel Caído, a la derecha, en el pinar donde yo jugaba al fútbol con mi papi. Dice en el cartel que hay unos seiscientos en todo el parque, o sea, que nos podemos hinchar a coger piñones, cosa que mucha gente hace (yo me incluyo), porque están buenísimos y son carísimos.

Cedros, castaños, pinos, palmeras…¡y celindos!.
   
Como este que vemos aquí en plena “efervescencia floral”.


Los eucaliptos no podían faltar por aquí:

   
Estos son los rojos, los que tienen las flores en forma de “pirindolillas” verdes.


Su nombre científico es Eucaliptus camaldulensis, original de Australia (como todos), donde suele vivir cerca de ríos o lagos porque la verdad que sus raíces “chupan” mucha agua. El nombre viene del griego “eu caliptós” que quiere decir “bien cubierto”, por lo protegidas que están sus flores (se refiere a las “pirindolillas”). Lo de “camaldulensis” es porque la primera vez que se habló de este árbol se hizo en un catálogo de plantas cerca de un monasterio de monjes camaldulenses, cerca de Nápoles. Todo esto y más lo tenéis en el cartelito de la Senda, nº 17.

Aparte, repetiros que de estos árboles se saca muchísima pasta de madera para papel; por eso se plantaron tanto en zonas como Galicia, desplazando a otros árboles con el consiguiente desastre ecológico. Además se extraen de ellos lo que se llaman “gomorresinas” y aceites esenciales como el famoso “eucaliptol”, presente en tantos productos farmacéuticos para descongestionar las vías respiratorias. Mi padre era más directo: cogía las hojas del suelo, las cocía y cuando estaba hirviendo, se ponía delante del cazo con una toalla y aspiraba. Eran sus famosos “vahos de eucalipto” que hacía casi siempre que se acatarraba.

Las encinas son un recuerdo del pasado salvaje de la zona:

Como ésta, que ha sobrevivido milagrosamente.


Pero también hay por aquí otros arbolitos y arbustitos:

Como este tejo.
   
O este durillo, al que pillamos con sus frutos a mediados de mayo.
   
Y que me decís de este aligustre “matizado” (Ligustrum lucidum aureovariegatum) con sus típicas hojas con bordes amarillos.


Hay a quienes esta zona les priva:

Como a estos amantes de los canes a quienes sacan a pasear por aquí cada mañana.
O este amante del trombón al que saca notas aquí, rodeado de cedros, pinos, castaños, etc.
   
Y ¡como no! a estas señoritas cotorras que hacen sus nidos enfrente y se dedican a comer las semillas recién plantadas.


Si nos acercamos un poco a la zona que linda con el llamado “jardín de los planteles” podemos ver alguna otra cosita:

El sitio es bonito y muy fresco en verano, porque está siempre a la sombra.


Y, justo en el borde, en el límite con la siguiente zona, que es el Jardín de los Planteles, hay un monumento pequeñito:

Como veis mide algo más de medio metro y es lo que se llama un monolito de piedra caliza que lleva pegada una sencilla placa con el escudo del Ayuntamiento en la que pone: : A LA MEMORIA DE “JUANTXU RODRIGUEZ”/ LA ASOCIACIÓN NACIONAL DE / INFORMADORES GRAFICOS / DE PRENSA / Y EL AYUNTAMIENTO DE MADRID.


Este fotógrafo era de Cáceres, nació en 1957 y durante siete años trabajó como fotógrafo en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Luego pasó al periódico EL PAÍS. Tuvo la desgracia de morir en Panamá en 1990 (con sólo 33 años), mientras hacía fotos sobre la invasión norteamericana a ese país. Sus compañeros le rindieron, entre otros, este homenaje.

Y ahora seguimos viendo árboles, arbustos y algunas cosas más:

Aparece por aquí este saúco, del que vemos con detalle sus hojas y flores.
   
O este boj, a cuyo pié comía esta palomita torcaz.


Si bajamos al Paseo de Fernán Núñez, nos encontraremos cosas como estas:

Hileras de almeces y castaños de indias que dan una sombra que se agradece no poco.
   
Y, en las laderas, eucaliptos, pinos y cedros, todos ellos enormes.
Y estos arbustillos de ciruelos de Pisard.
   
O esta mata de “hierba de las pampas", que le da un toque desértico a la zona.


El nombre científico de estas hierbas es el de Cortaderia selloana y son unas gramíneas procedentes de Sudamérica (Brasil, Argentina y Uruguay por más señas). Sus flores son los típicos “plumeros”, que tanto le gustaban a mi mami (los llamaba “pelusos”) y sus hojas son largas y aplanadas con los bordes cortantes (de ahí su nombre científico) por los pelos duros que tienen. Pueden usarse para sacar celulosa y en infusión para bajar la fiebre. Es una planta muy dura y resistente aunque prefiere el calor y lleva mal lo de las heladas.

Unas plantas de yuca de la llamada “pinchuda”, con flores a punto de abrirse.


Y un poco más abajo llegamos a la puerta por la que empezamos esta página, que es la que da a la “cuesta Moyano”:

Esta es la “falda de la montaña” más próxima a esa puerta. Ya se ve la valla que da a la calle Alfonso XII.
 
Girando la cámara un poco más a la derecha, nos encontramos este paisaje que rezuma tranquilidad.
   
Aquí vemos los álamos blancos de antes, pero completos, y unos estudiantes de fotografía haciendo fotos en el césped.
Y este es el paseo central de subida a "la montaña", con un grupo de jóvenes “estudiantas”.


Para terminar de ver esta zona nos queda ir recorriendo la verja hacia la puerta de Murillo:

Primer plano de la verja con plátanos de sombra a la derecha.
Y un ejemplo más de esforzados “trotones”.
   
En las laderas de la derecha, entre los consabidos castaños y plátanos, pueden aparecer cipreses o cedros.
   
Se pueden encontrar también apacibles lectoras.
O juguetonas ardillas.
   
Y un poco más adelante vemos ya otra vez los setos de “enebros horizontales”, cerca de la puerta de Murillo.


Ya no nos queda más que poneros el mapita de Google donde aparezcan todas las zonas de esta Chopera (¡sin chopos!):

En el nº 1 está el Punto de Información (antigua caseta de las bicis), en el 2 la placita de los madroños, en el 3 el Bosque del Recuerdo, en el 4 el Polideportivo, en el 5 el estanque, en el 6 la montañita, en el 7 la zona frondosa, en el 8 la Puerta de Murillo y en el 9 la zona cerca del Parterre.

 

 

Nota: La foto de la antigua explanada de las bicis la saqué de la caseta del Punto de Información, la de la niña en triciclo es de Charo Carrasco y la antigua de los niños, también en triciclo, de José Manuel Estévez, ambas del libro “El Retiro en el objetivo de nuestra memoria” editado por el Ayuntamiento de Madrid. Las de los Pabellones de la Expo de 1907 están sacadas del libro “Descubriendo el Retiro" de Jesús Díez de Palma (Ediciones La Librería), lo mismo que la del concurso hípico. La de los operarios "repintando" los setos del Bosque del Recuerdo la hizo mi amigo Javier de la Puente. El resto de fotos son mías.

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