El Parterre

 

 

Este es uno de los "sitios mágicos” del Retiro que me fascinaban de pequeño. Ver esos jardines tan cuidados, todo tan geométrico, tan perfecto, esas flores preciosas en esos “parterres” (¡nunca mejor dicho!). Y luego los cipreses recortados, como los laureles y los aligustres, la verdad que me hacían mucha gracia y me preguntaba cómo se podía conseguir que un árbol tuviera esas formas.

Que son muy curiosas, parecen como setas verdes con troncos… Esta zona siempre me recuerda a mi primo Jesús porque aquí fue donde le picó una avispa cuando éramos niños.


Pues, como casi todo en esta vida, este es un invento francés, con permiso de los chinos, que seguro lo inventaron antes. Como la palabra “parterre” que, en realidad, significa “por tierra”, que es por donde se les ocurría plantar estos árboles y arbustos tan geométricos. Pero actualmente se entiende como una parte de un jardín adornada con plantas. Y eso es lo que es esta zona del Retiro, un “parterre”, eso sí, bastante grandecito.

Como no podía ser de otra forma, este sitio tiene raíces francesas. La culpa la tuvo Felipe V (1700-1746), rey Borbón, que le encargó al arquitecto Robert de Cotte (que también lo fue de su abuelo Luis XIV) que hiciese una reforma en el parque al estilo francés.

Pero de todo el proyecto inicial solo se hizo lo que vemos hoy y conocemos como “Parterre”, aunque desde el siglo XVIII haya cambiado un poquito bastante. Al principio se llamaba “Jardín Ochavado” porque tenía ocho calles cubiertas de enramados que daban a una plazoleta en el centro.

Aquí vemos este Jardín Ochavado, sacado de un plano que hizo un tal Teixeira en 1656.


Después, en el siglo XIX, este jardín se fue deteriorando hasta que fue reformado por Francisco Viet, jardinero mayor de los jardines del Campo del Moro. De él fue la idea de hacer el muro de ladrillo y el mirador.

Este es un plano del Parterre de 1881, ya bastante parecido al actual. Como veis la parte central es como la planta de una basílica que tuviera el altar en el mirador.
   
Así era por esta época la vista que da al Casón.
En la otra parte había estatuas (que luego pasaron al Paseo) y un pedestal donde iban a poner la de Daoiz y Velarde (al final en la Plaza del Dos de Mayo), pero acabó siendo el monumento a Jacinto Benavente.


Después de la guerra civil, nuestro amigo Herrero Palacios lo volvió a reformar, poniendo setos bajos de boj con césped dentro, así como los laureles, sabinas y aligustres recortados que tanto me llamaban la atención de pequeño.

Esta es una panorámica del Parterre hecha por mi amiga Lourdes, la podadora de altura.


Para entrar en el Parterre podemos hacerlo por arriba, viniendo desde el estanque, o bien por abajo, desde la calle Alfonso XII. En este caso entraremos por la llamada Puerta de Felipe IV (que curiosamente no tiene que ver nada con este rey), la cual se hizo en 1680 para que entrara en Madrid María Luisa de Orleans, la primera esposa de Carlos II, de quién hablamos en el Paseo de las Estatuas. Ya puestos, también se aprovechó para la entrada en nuestra ciudad de su segunda esposa María Ana de Neoburgo.

Esta puerta estaba al principio en la Carrera de San Jerónimo, en la actual Plaza de Cánovas del Castillo, más conocida como Plaza de Neptuno, ya que hasta allí llegaba el Retiro en esa época. En 1922 un tal Luis Bellido, arquitecto, fue el encargado de ponerla donde está ahora, para lo que diseñó el zócalo de piedra y la verja de hierro forjado.

Pero el autor de la puerta en sí misma, de estilo Barroco, fue Melchor de Bueras (autor también del claustro del Instituto de San Isidro), quién utilizó piedra (en concreto, granito puro) procedente de Tamajón, que es un pueblecito de Guadalajara que tiene hasta su propia “Ciudad Encantada”.

La puerta vista desde fuera.
 
Un poco más de cerca y con más animación.
 
Y así luce desde dentro.
 
Enfrente, el Casón del Buen Retiro.
 
Que era así hace unos añitos…


Vemos ahora algunos detalles de esta puerta:

Parte superior de la puerta que da a la calle.
   
Escudo de España con sus castillos, sus leoncitos, su corona…
Placa en piedra caliza que conmemora la entrada en Madrid de la segunda esposa de Carlos II. Pone: “EGRE DEHE/ MARIA ANA TUISOI ACONCOR/ CUIUTARCU ET COLOSOS/ QUOTNUME GENIA/ ERIGISELOGIA/ AVE ET FAVE/ 1690”.


Tras los denodados intentos de mis “cuñaos” José Antonio y Maribel, al final fui mi amigo Luis quién dio con la traducción de esta frase en latín:

Oh, insigne María Ana, seas bienvenida con este arco triunfal (erigido) por voluntad de los más ilustres (en los que) suscitas elogios. Salve y (seas) alabada.1690.

Bueno, no creáis que ha sido fácil traducir esto porque muy bien escrito no está, no sabemos si fue el autor de la frasecita o el escultor o ambos, que no tenían su día.

Esta es la misma zona superior, pero vista desde dentro.
   
Aquí vemos el escudo de Madrid, con sus típicos oso y madroño. Y la corona arriba, claro.
En esta incripción no se lee nada, así que no va a hacer falta traducir…
   
Jarrón y “frutero” (en realidad es un "cuerno de la abundancia") en la zona lateral del arco.
Y en lo alto este jarrón, con sus adornos de tela “petrificada”.


Alrededor de la puerta hay algunos matorrales curiosos:

Como este espino que nos muestra sus típicas hojas dentadas y sus frutos rojos.


O estos lirios que, en primavera, están así de bonitos:

Los hojas del lirio, tan planitas, ya son curiosas, pero es que las flores son preciosas.


Y el aligustre, que pillamos ya con sus frutos:

O este aligustre con su racimo de frutos morados.


Y árboles, como este olmo, que ha sobrevivido a la grafiosis:

Superviviente de Ulmus minor, un olmo cada vez menos “común”.


Pero vamos a entrar ya de lleno en el Parterre, para lo cual tenemos que subir unas escaleras:

Que son de granito, lo mismo que la siguiente explanada, tras la que hay otras escaleritas.


Y nos encontramos con este panorama:

Un pasillo central con césped en medio, bancos de piedra y laureles recortados, farolas de época, dos enormes cipeses y una estatua al fondo.


Pero, si giramos un poco a la izquierda, nos encontraremos la joya botánica del Parterre:

Es el famoso “ahuehuete”, que vemos aquí rodeado de laureles y con un jarrón en primer plano.


Su nombre científico es Taxodium mucronatum, que quiere decir que se parece al tejo y que las hojas son terminadas en punta; pero también se le llama “ciprés mejicano”, aunque son árboles que proceden de Norteamérica. Su nombre normal “ahuehuete”, significa “árbol viejo de agua” por necesitarla bastante, de hecho se le confunde con los cipreses calvos, como los que viven en el estanque del Palacio de Cristal. En Méjico hay algunos que tienen entre 2.000 y 6.000 años. Bueno hay uno en Oaxaca que mide ¡¡¡52 metros de perímetro…!!!

En estas dos fotitos se puede ver lo enorme que es este ahueuete mejicano.


Este del Retiro se dice que fue plantado en 1632, pero es posible que lo haya sido en el siglo XIX. En cualquier caso, el ejemplar también tiene sus añitos… La especie es muy antigua ya que existen desde hace entre 100 y 200 millones de años, vamos que son auténticos “fósiles vivientes”.

También se dice que sobrevivió a la tala que los franceses hicieron en el Parque cuando la Guerra de la Independencia, porque le usaron para poner un cañón sobre sus ramas.

Y, en tiempos mucho más recientes, ha sobrevivido a una tormenta que se desató en Madrid en Septiembre de 2013, aunque le costó la pérdida de tres ramas de su base:

Aquí podemos ver el desaguisado que le hizo al pobre ahuehuete la tormentita. Mis amigos podadores se tuvieron que poner manos a la obra para talar las ramas a las que luego le dan una sustancia para evitar que se pudran por hongos.


Si dispone de agua no pierde las hojas, que se renuevan constantemente. Este del Retiro se pone de color marrón en invierno porque se secan algunas hojas al no tener tanta humedad. Le vemos en distintas épocas del año:

En Enero tiene ese color parduzco que vemos en la foto porque se han secado hojas.
En Marzo hay un poco más de verdor, pero poco.
   
En Mayo si que se nota la primavera por el color verde claro de las nuevas hojas.
Y en Noviembre el verde se hace más oscuro.


Este árbol, aparte de en algunos ritos religiosos, era usado en Méjico como astringente y cicatrizante; bueno no todo el árbol, claro, sino la corteza (sobre todo quemada), la resina y las hojas. Sin embargo la madera, a pesar de lo espectacular de sus troncos, es demasiado débil, así que no se utiliza mucho, lo cual es bueno para estos arbolitos tan majos, porque si no… Ahora vemos un poco de la “anatomía” del ahuehuete:

   
Este es el tronco, protegido por las rejas, y que enseguida se ramifica en un montón de “troncazos” que se elevan, si no al cielo, si bastante alto.
   
Aspecto del árbol y flores masculinas en Abril.
   
En Mayo han salido las nuevas hojas y las flores masculinas están más secas.
Y estas son las piñas del ahuehuete.
   
Estas son las flores masculinas en Diciembre.
Y aquí de cerca, donde se pueden ver con detalle las escamas de las que saldrán los saquitos de polen.


En el del Retiro hay un par de cartelitos hablando de él, que –además- es el nº 8 de la Senda Botánica:

El típico cartel de la Senda con el nº 8 y otro especial en un poste verde muy elegante: en ambos se habla del ahuehuete.


Al lado del ahuehuete hay una especie de estanque con una fuente enmedio que se llama “de la alcachofa”. Se cree que este estanque y su gemelo, que está enfrente, cada uno con su fuente (¡vaya pareado!), fueron construidos en 1712, durante el reinado de Felipe V, o sea, que son de lo más antiguo del Parterre. Como veis la forma es de un rectángulo con dos semicírculos en los extremos, todo ello de granito. La fuente es de bronce, con base de piedra caliza.

Este estanque (y su gemelo de enfrente) le da mucha alegría al Parterre…y a los patos que, de vez en cuando, se dan un chapuzón.
Está claro por qué se llama “de la alcachofa”. Por cierto, que de este surtidor beben no pocos pájaros y palomas.
   
Así de helado estaba “el gemelo de enfrente” en un día de diciembre.
A pesar del frío estas palomas torcaces se acercaron a beber.


Aunque al final os pondremos el mapa completo, no resisto la tentación de incluir ahora uno (sacado de Google), donde se ven todos los jardines donde estamos ahora:

El punto 1 es la puerta de Felipe IV, el 2 el ahuehuete, el 3 y el 4 los estanques con las fuentes de la alcachofa, el 5,6, 7 y 8 los parterres de los jarrones, el 9 y el 10 los cedros y el 11 el magnolio.


Rodeando a los estanques hay unos aligustres recortados a modo de setas, con las copas perfectamente redondeadas:

Vemos aquí este “aligustre-setita” que los jardineros mantienen así a base de trabajo.


Y ya que estamos con arbolitos, hablemos de los laureles, también recortaditos en forma de “pirulís” que rodean a los “parterres” del Parterre:

Y aquí tenemos unos cuantos a ambos lados del jardín, acompañados de los “redonditos” aligustres.


Pero veámoslos más de cerca:

A este, por ejemplo, ya le estaba haciendo falta una “podilla”.
Por supuesto que todos los setitos de la zona son del famoso y omnipresente boj.
   
Estos están muchos más “aseados” y rodeados de estas lechugas blancas que se llaman coles de jardín (Brassica oleracea) y que son muy socorridas para adornar.
   
Tanto es así que las hay de dos colores, la blanca y la morada, que vemos en esta otra decoración de la zona.


En las fotos anteriores ya se veían los dos enormes cedros que acompañan al ahuehuete:

Aquí destacan sobre el cielo de Madrid, en este soleado día.
 
El de la izquierda según se entra, en esta foto parece incluso más grande que el ahuehuete.
 
El de la derecha es un poco más pequeño. La foto es de un día de otoño, con su poquito de niebla.


Estos cedros se llaman “del Himalaya”, porque la especie procede de allí. Su nombre científico es Cedrus deodara y ya hemos visto algunos en el Paseo de Coches, en la Casa de Fieras y en Alfonso XII-Alcalá. Son árboles muy grandes y que viven muchos años, ¡hasta mil! Ya vimos sus flores masculinas de color amarillento en forma de pequeños penachos de los que sale el polen. Y las femeninas en forma de piñas que salen verticales. De su madera se saca una sustancia antiséptica que, además, puede ser empleada en perfumería. Resisten muy bien tanto el frío como el calor, pero las heladas fuertes hacen que se les caigan las hojas. ¡Menos mal que en Madrid cada vez hay menos heladas!

Vamos a hablar ahora de los cuatro jarrones que están en el centro de los cuatro parterres grandes que rodean a los estanques. Posiblemente sean de la época de Felipe V, aproximadamente de 1712, y no fueron colocados donde están ahora. Son muy parecidos; de hecho, las imágenes que aparecen en todos ellos son las mismas, y están hechos de piedra caliza y sobre pedestales del mismo material:

   
Según se entra a la izquierda aparece este jarrón (el nº 5 en el mapa) enmedio de un parterre bastante amplio.
   
   
Os hemos puesto fotos de los bajorrelieves, que son a base de figuras mitológicas muy artísticas, aunque un poco deterioradas por el paso de los años, sobre todo estando a la intemperie y siendo de piedra caliza.
 
   
Este es el nº 6 del mapa y aquí le veis con los laureles, aligustres y, sobre todo, cedros de fondo.
   
   
Y estos son los bajorrelieves, como veis una preciosidad y además muy entretenidos de ver, casi como un “comic”, incluso un poco subiditos de tono... Si os fijais vereis que son los mismos que los del anterior jarrón.
   
Y a la derecha, según se entra, está este otro, nº 7 del mapa.
   
   
Con sus bajorrelieves, que coinciden con los anteriores.
   
Más adelante, tras pasar el estanque, hay otro jarrón (nº 8 del mapa), con el cedro de fondo.
   
   
A pesar de que están repetidas, las figuras son muy curiosas porque hay muchos personajes y muchas escenas, algunas que ya, ya…


Y, en cuanto a arbolitos, nos falta hablaros del magnolio, por cierto nº 9 de la Senda Botánica:

Nada más entrar por la Puerta de Felipe IV nos encontramos esta caseta de guardas, el magnolio con su cartelito de la Senda…y mi bici en primer plano.
 
Desde dentro del Parterre el arbolito luce así, rodeado de laureles podados y setos de boj.


Aunque ya hablamos de los magnolios en el Paseo de Coches, donde los hay a mansalva, añadimos aquí algunos datos sacados del cartel de la Senda Botánica que, como siempre, está muy bien.

Dice allí que sus flores son las más grandes del Parque, de ahí su nombre científico Magnolia grandiflora. También dice que son oriundas del sudeste de Estados Unidos, que sus hojas son grandes, fuertes y brillantes, que la parte femenina de la flor (pistilo) es muy dura, se cree que porque en principio eran polinizados por escarabajos que podían dañarles. Ahora son las abejas las que hacen ese trabajo, y además encantadas, porque estas enormes flores son muy suculentas para ellas. Los magnolios son plantas muy antiguas que llevan unos 100 millones de años en este planeta, que ya son años…

Estos son los frutos, que son como una especie de piñas extrañas.


Caminando hacia arriba por el centro del Parterre, nos encontraremos con una estatua que es un homenaje al escritor Jacinto Benavente, madrileño y Premio Nobel de Literatura en 1922.

Les ha quedado tan bonita esta vista de la estatua a los chicos de Google, que no he resistido la tentación de ponerla. Aquí iba a ir en principio la de Daoiz y Velarde (ahora en la Plaza del Dos de Mayo), luego la de Felipe IV (pero la llevaron a la Plaza de Oriente) y luego la de Felipe III, que terminó en la Plaza Mayor.


Hijo del también famoso doctor Benavente (con otra estatua muy cerca), Jacinto empezó a estudiar Derecho, pero al morir su padre lo dejó y se dedicó a viajar, sobre todo a Francia y Rusia, a la vez que se empezó a interesar por la literatura. Y también por el circo, del que llegó a ser empresario e incluso se enamoró de una trapecista inglesa, aunque no llegó a casarse nunca.

Empezó a escribir, primero poemas y cuentos, y luego ya obras teatrales, que fueron las que le dieron la fama. Sobre todo “Los intereses creados” (1907), “Señora Ama” (1908) y “La malquerida” (1913). La primera se estrenó en el Teatro Lara de Madrid (que, por cierto, me encanta) y tuvo tanto éxito que le sacaron a hombros y le llevaron así hasta su casa. Está basada en “la comedia del arte” italiana, pero a la española, y se critica en ella el materialismo de la sociedad. Las otras dos son lo que se llaman “dramas rurales” por estar ambientados en la vida en los pueblos.

Benavente tuvo relación con Valle-Inclán, primero de amistad, pero tras una discusión en la tertulia del Café Madrid, fueron enemigos y D. Jacinto montó otra tertulia. La guerra civil le sorprendió en Madrid, pero luego se fue a Valencia, mostrándose adicto al Frente Popular, ya que tenía pasión por todo lo soviético. Eso le causó no pocos problemas al terminar la guerra; de hecho su nombre fue prohibido de las carteleras aunque se siguieron representando sus obras. Pero después se hizo más o menos adicto al régimen y fue rehabilitado.

A mi profesor de Literatura, el señor Llanos, no le gustaba mucho Benavente, y no era el único. De hecho su teatro peca quizás de novelesco, pero es “poco teatral”. De todas formas tiene mucho mérito, no solo por haber conseguido el Premio Nobel, sino por ser Académico de la Lengua, Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, Diputado de las Cortes, Hijo Predilecto de Madrid, etc…y además de escribir casi doscientas obras, haber sido periodista, novelista, autor de cuentos y, sobre todo, un autor teatral muy considerado en su época.

Estas fotos son menos bonitas, pero vemos la estatua más de cerca, con la máscara del teatro sobre la cabeza y la efigie de D. Jacinto con sus fechas de nacimiento y fallecimiento. Fui dos años coetáneo con él y nacimos en el mismo mes y ciudad: Agosto y en Madrid, ¡menudo calorcito!
   
En esta parte del pedestal de granito se representa a “La Malquerida”. De pequeño me aprendí unos versos de esta obra que aún recuerdo: “el que quiere a la del Soto tiene pena de la vida, por quererla quién la quiere la llaman "la malquerida”.
   
Por detrás hay una talla de “El Drama”, otro personaje “benaventiano”, representado por este señor bastante compungido.
   
En este lado se representa a Crispín, personaje de “Los intereses creados”. En 1935 había un proyecto para hacer una estatua de este personaje que, al final, no se hizo.


Este monumento fue esculpido por el escultor Vitorio Macho en 1961 e inaugurado en el Parque al año siguiente. En principio se iba a colocar al lado de la de su padre, el doctor Benavente, que luego veremos, y que había sustituido a la de los héroes madrileños de la Guerra de la Independencia, los capitanes Daoiz y Velarde, que estuvo aquí hasta 1886 y que ahora se encuentra en la Plaza del Dos de Mayo. Pero, al final, la del hijo fue la que se puso en el centro. El pedestal y el monolito son de granito y, lo que es la estatua y la efigie de D. Jacinto, de bronce. A ambos lados hay dos jarrones parecidos a los que vimos antes en los cuatro parterres:

Estos dos jarrones son iguales entre sí y también iguales a los cuatro antiguos de piedra.


Estos jarrones se hicieron en mármol en el año 2001, imitando los cuatro de piedra que vimos antes. Hay otros dos en la barandilla del mirador, que veremos después.

Nos fijamos ahora en la estatua que hay al fondo a la izquierda, según se entra, que es la del doctor Benavente, padre de Jacinto, el escritor.

Este busto estaba en el centro del Parterre, donde sustituyó a la estatua de Daoiz y Velarde, hoy en la Plaza del Dos de Mayo. La esculpió, en mármol de Carrara, D. Ramón Subirach y Codorniú en 1886 por encargo de compañeros, alumnos y padres de niños a quienes trató.


D. Mariano Benavente González nació en Murcia en 1818 y se le considera el primer pediatra español. Dirigió el Hospital del Niño Jesús, enfrente del Retiro, y empleó métodos nuevos en la curación de enfermedades infantiles. En el pedestal primitivo (que estaba rodeado de un pequeño jardincito con una cerca metálica) había una frase que resume su espíritu: “Medicación sencilla y amor materno devuelven la salud al niño enfermo”. Tuvo tres hijos, el menor de los cuales fue el famoso escritor.

Y, cerca de esta estatua, andaba un día este buen hombre que se entretenía en ordenar sus cosas mientras los gorriones y alguna paloma aprovechaban los restos de su desayuno:

El muro de piedras y el banco son una buena protección.


Muy cerca vemos los cipreses recortaditos que tanta gracia me hacían de pequeño; y me siguen haciendo, porque la verdad es que son de lo más curioso:

Con el laurel y el parterre rodeado de lechugas moradas y setos de boj en primer plano y las filas de cipreses en barrera al final, vemos a este primer grupo de cipreses redonditos, entre la niebla otoñal.
   
Aquí los mismos por delante y por detrás…justo donde están los responsables de que sean tan redonditos, o sea, los jardineros.
   
Vistos de lado en distintas épocas del año.
 
Y aquí con un sol radiante, justo como hacía cuando le picó la avispa a mi primo…


Ya que en la zona de la Casa de Vacas-Templete no lo hicimos, aunque hay uno con el nº 74 de la Senda Botánica, lo hacemos ahora, cuando estos aparecen con el nº 7 de dicha Senda. El nombre científico es Cupressus sempervirens que significa “siempre vigoroso” o también “siempre verde”, ya que estos árboles mantienen las hojas todo el año. Proviene de zonas mediterráneas como Líbano, Siria, Sur de Grecia, Túnez o Marruecos. Se le llama ciprés común, piramidal, italiano o de los cementerios. Hay dos variedades: la “horizontal” en que las ramas son más abiertas, como es el caso de los del Parterre, y la “vertical”, que es la más típica, con copas muy alargadas y terminadas en punta. Serían los que “Creen en Dios” como diría Gironella.

De hecho son símbolo de los cementerios, pero antes lo fueron de hospitalidad, ya que en Mesopotamia y Asia Menor se usaban para señalizar los puntos de abastecimiento de las caravanas en el desierto. Los romanos los plantaban al lado de las posadas y en la entrada de las ciudades. Los griegos en los cementerios, porque son árboles que viven mucho, 500 años o más, incluso hasta mil. Y en la Edad Media se pusieron de moda en los conventos y monasterios, porque su forma alargada resulta muy espiritual.

Las hojas son pequeñitas, en forma de escamas, y las flores las hay masculinas, que son como terminaciones amarillas al final de las ramas, y femeninas en forma de pequeños conos o en grupos de 8 a 14 escamas opuestas. Salen al final del invierno. Los frutos son esas pelotitas de las que hemos hecho muchas fotos, por ejemplo en la placita de la Puerta de Hernani, sin ir más lejos. Las semillas son irregulares y tienen alas.

Son muy resistentes al frío, al calor, al viento y a todo tipo de suelos salvo, si tienen mucha agua o sal, que eso sí que lo llevan mal. Su madera se usa en ebanistería e incluso para hacer barcos: se ha llegado a decir que el Arca de Noé se construyó con madera de cedros. La resina tiene propiedades cicatrizantes y las piñas tienen taninos y se han usado para hacer ungüentos para varices, hemorroides, etc. Con las hojas se pueden hacer infusiones y vahos, o sea que da gusto con estos arbolitos que nos resultan tan familiares.

Enfrente de la estatua del Doctor Benavente hay otra dedicada al Doctor Angel Pulido Fernández:

El busto original lo diseñó el escultor catalán Miguel Blay en 1932, pero este es una réplica hecha por un tal Cruz Collado, a propuesta del Ayuntamiento de Madrid en 1954.


Este señor fue un famoso médico que nació en Madrid justo un siglo antes que yo, en 1852. Vivía en la calle Infantas, en un piso modesto, con su mujer y sus hijos, pero su inteligencia y espíritu de trabajo le hicieron destacar, no ya en el mundo de las bellas artes, como era su primera intención, sino en el de la medicina. Aparte fue político (Director General de Sanidad y Senador vitalicio) y periodista. Y como médico fue presidente del Colegio de Médicos y, sobre todo, se dedicó a la Pediatría, especializándose también en el paludismo y la tuberculosis.

En el verano de 1903 hizo un viaje por los Balcanes, donde descubrió unas comunidades sefardíes que le llamaron la atención, porque hablaban una especie de castellano. Pensó que sería bueno establecer relaciones comerciales en esa zona y así se lo propuso a su majestad Alfonso XIII, quién creó la “Unión Hispano-Hebrea”, de forma que se empezó a enseñar español en los Balcanes y además unos 4.000 marroquíes del Protectorado Español se apuntaron al asunto. El doctor Pulido, aparte de publicar libros sobre el tema, intentó que hubiera una cátedra de hebreo en Madrid, pero sin éxito porque al final la administración no pagaba al catedrático: ¡qué país!.

En 1920, y siempre por iniciativa de Pulido, fue fundada la Casa Universal de los Sefardíes, publicando el libro La reconciliación hispano-hebrea, aunque él siempre se mantuvo fiel al catolicismo. Fue apoyado por escritores como el famoso Rafael Cansinos Assens, el autor favorito de mi “cuñao” Jose, que es un todo un sabio del judaísmo.

El busto y los jarrones son de piedra caliza, las columnas de granito y el fondo de ladrillo rojo, como salta a la vista.
   
Esta es una señora con un niño, agradecidos al doctor. Están en un pequeño estanque, vacío cuando hicimos la foto. También son de caliza.
Y aquí la inscripción en mármol. Por cierto, vemos como al niño le falta la mano izquierda: ¿un accidente o una “gracia”?.


Un buen día de invierno “por la mañana muy tempranico…” (como dice la canción) me encontré al lado de la estatua que acabamos de ver a unas cotorritas que son de la especie Myiopsitta monachus, o Cotorra Monje Argentina, de las que cada vez hay más, y no solo por el Retiro.

 
Entre la hierba y los terrones, blancos por la escarcha, las cotorras se hinchan de semillas (¡recién plantadas por los jardineros!). Y la urraca, que es muy lista, se apunta al banquete. Fijaos como las cotorras tienen las plumas infladas que parecen bolitas. ¡Y es que hacía un fresquito….!


Una de las cosas que más destacan por aquí son las tres fuentes que están en el frontal de ladrillos rojos. Todas ellas provienen de la de la reforma que en 1841 hizo el jardinero mayor del Palacio Real, D. Francisco Viet y Báyez. Bueno todas no, porque la que hay más a la derecha es una reproducción, como luego veremos. La del centro se llama “Fuente de la Concha”, con perdón de mis amigos argentinos…

 
Aquí la vemos en obras, arriba “sin” y abajo “con” chorritos de agua, pero ¿a que de todas formas es bonita?
 
Este es el frontal de caliza con base de granito, con su concha en la que se ven tres peces. El del centro solo asoma la cabeza y los otros dicen que son “delfines”… Pues vale.


En los laterales hay un par de curiosos bajorrelieves:

En la parte izquierda hay éste con flores, rodeando a lo que parecen ser utensilios de jardinero: pala, hoz, cedazo, etc. Y todo ello rematado por un cesto de frutas.
   
Y en la derecha este otro que es parecido, pero con espigas de trigo, uvas y algunas frutas más en el centro, rodeadas por una corona de laurel y otra vez con su cestito de frutas arriba.


En los laterales hay otras dos fuentes pequeñas: una auténtica y otra menos, porque es una copia de la que había antes:

Esta fuente es una copia de la que había: se hizo en el 2001 y está a la derecha de la central.
   
Arriba se ven dos peces, uno de frente y otro de lado, sobre unas cuantas piedras y flores, todo ello en caliza.
Y debajo, una cara de un señor un poco diabólico y unas guirnaldas de frutas, también hecho en piedra caliza.
 
 
Y esta es lo mismo, pero original del año 1841: se nota que está la piedra más desgastada, aunque también es caliza blanca.


En estos ladrillos que –además- estaban siendo picados por los obreros para su restauración, se posan los pájaros para comer su arenilla:

Como este gorrioncito macho, que picotea el muro para tener en su buche arenilla digestiva que –además- le proporciona sales minerales. ¡Anda que no son listos los gorriones!


Si subimos por cualquiera de las dos rampas de arena que hay por los lados, llegaremos al mirador:

Y podremos ver esta panorámica tan preciosa de todo el Parterre.
 
Si nos asomamos aún más al borde, veríamos esto.


Por si acaso, hay una barandilla con una reja muy bonita y unos jarrones:

Que son estos. También el panorama es bonito, aunque estuviesen en obras.
   
Y esta es la reja de la barandilla: de hierro forjado y recién pintada con su purpurina y todo.
 
Los jarrones son idénticos a los que vimos en la estatua de Jacinto Benavente. Son de mármol oscuro y fueron hechos en el año 2001, copiando a los cuatro antiguos que hay por los setos del Parterre.
 
Este mirador tiene mucho éxito, como vemos en esta foto llena de turistas.
   
Esta es una de las rampas que decíamos: son de arena y las paredes de ladrillo rojo. Los setos son cipreses muy bien recortaditos, pero “a la larga”, no “redonditos” como los de abajo...
Estos son los que hay al dar la vuelta por la parte de arriba de la rampa.


Por último, aunque no sean el monumento más destacado de la zona, hablar un poquito de las farolas, que en verano nos permiten pasear por aquí de noche:

Aunque en la foto fuese de día y pudiéramos ver al fondo la fuente de los delfines y la gente bajando y subiendo por la rampa.
Tienen tres faros y las bombillas son de esas de bajo consumo, que hay que ahorrar.
 
A la gente eso de las rampas le encanta, incluso ir por los bordillos, como este señor de la derecha de la foto.


Os ponemos ahora, en un mapita de los de Google, todo lo que acabamos de ver en esta zona:

En esta zona del Parterre, que es la opuesta a la puerta de Felipe IV, vemos en el nº 12 la estatua de Jacinto Benavente, en el 13 la de su padre, el doctor Benavente, en el 14 y el 15 están los cipreses “redonditos”, en el 16 la estatua del doctor Pulido, en el 17 la fuente antigua de los delfines, en el 18 la de la concha y el mirador y en el 19 la fuente nueva de los delfines.


Si seguimos por la parte de arriba, justo por el paseo del centro, que se llama “del Paraguay”, llegaríamos a la fuente de la Alcachofa, de la que hablaremos en el último capítulo, el del Estanque.

Con sus castaños a los lados y su suelo de arena, vemos aquí el Paseo del Paraguay, como dice el cartel. Al fondo se ve, muy pequeñita, la Fuente de la Alcachofa.


A mano izquierda, nos encontramos con un monumento en forma de lápida con placas de bronce, que está dedicado al Mariscal Francisco Solano López (1826-1870), héroe paraguayo.

Rodeado por una verja y en un frondoso parterre, vemos este monolito de piedra caliza con las escaleras de granito y las placas de bronce que diseñó el arquitecto D. Ramiro Rodríguez Alcalá y esculpió Francisco Javier Báez, ambos paraguayos. Se inauguró en 1976.
   
Placas de bronce: una con el Mariscal muriendo en batalla y la otra con su nombre y fecha de la inauguración.


Héroe lo fue, porque luchó por la independencia de su país, del que llegó a ser Presidente. Murió luchando en la guerra llamada “de la Triple Alianza”: Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay.

El Mariscal Francisco Solano López fue tan famoso que salía hasta en los sellos.


Este mariscal era hijo del anterior presidente y tuvo una vida no muy larga pero sí muy intensa: nombrado embajador viajó por Europa, donde conoció en París a una irlandesa casada con la que tuvo siete hijos, el primero de los cuales fue el famoso coronel Panchito López, el de la canción. A todo esto él ya tenía otros tres de su matrimonio con una paraguaya. Como también lo era Elvira, la última cuidadora de mi madre, natural de Tobatí y a quién podemos ver en la puerta de la Casa de Vacas con más familia y amigos.

Cerca de este monumento llaman la atención arbustos como estos:

Estos son los “limpiatubos”, Callistemon citrinus, arbustos australianos con enormes estambres rojos.
   
Y esta es la yuca,Yucca aloifolia, de la que hay unas cuantas detrás del monumento, junto a un par de palmeras.
Más de cerca, con sus fuertes troncos y sus hojas punzantes, iluminadas por el sol de la mañana invernal.
   
En primavera las cosas son distintas y les salen estas flores “colgantes”, en racimos, que los botánicos llaman “panículas”.
   
Las palmeras de Fortune no podían faltar, con su carga de dátiles incluidos.
   
El acebo, tan navideño él, también anda por estos parajes.


Por aquí descubrimos, en un enero, a nuestras amigas las cotorritas argentinas intentando buscar algo que comer entre la hierba:

Busca que te busca, al final algo siempre se encuentra.
   
Esta se anda un poco por las ramas…
Pero esta encontró una castaña de indias que está un poco dura, pero para eso tenemos ese piquito.


Y árboles como cedros, cipreses, acacias, robinias, castaños, etc.

   
Como ejemplo, este cedro y este ciprés que bordean el Paseo del Paraguay y en los que podemos ver piñas tan diferentes.


O estos manzanos que empiezan a florecer en cuanto sienten la primavera:

   
Estos “manzanos pequeños” (Malus pumila) florecen felices en estos parterres cerca del paseo del estanque. Este mirlo también parece feliz y enamorado.


En el final de este paseo, justo al llegar a la fuente de la alcachofa, hay una caseta de guarda:

Las hojas otoñales del castaño tapan la alcachofa de la fuente, mientras la señora del pelo blanco y los modernos guardas pasean por la plaza de Nicaragua, que así se llama.


Seguimos caminando por el Paseo del Estanque hasta llegar al kiosco:

Entre otros, vemos por aquí este liquidambar y, otra vez, el matorral de “limpiatubos”.
 
El kiosco visto desde el paseo del Estanque.
 
Y este es el final de la zona, lindando con el paseo de la Argentina o de las Estatuas.


Si nos volvemos a meter en dirección al Parterre, encontraremos una serie de caminos con parcelas de césped donde hay bastante variedad de árboles y arbustos, aunque de ellos ya hemos hablado en otras zonas.

Como estos liquidámbares entre castaños rojizos.
   
O esta acacia de tres espinas, bueno, de más de tres, ¡y de que tamaño!
   
O este olmo, también entre castaños, que están a punto de perder sus hojas.
O estos jóvenes cerezos rojos.


Pero lo más importante de esta zona es el llamado Estanque de las Campanillas, que se llama así porque antiguamente las tenía. Las campanillas estaban en un templete en el centro del estanque, eran de plata y sonaban con el viento.

Grabado hecho en el siglo XVII por un tal Louis Meunier. Se ven los ocho lóbulos del estanque y el templete central.
 
Un poco más tarde, ya en el siglo XVIII, se puso una pasarela y unos muros alrededor, como vemos en este grabado hecho por Pierter van del Berge.
 
A finales del siglo XIX aún se conservaba el templete.


Durante unos años estuvo en obras y presentaba este aspecto:

Todo sequito, ¡esto no era estanque ni nada!
 
Lo que es la rocalla pura y dura, sin agua ni nada. ¡Menos mal que seguía estando el cartelito donde os podeis enterar de la historia del estanque!


Los árboles del fondo, que rodean el estanque de las campanillas, son álamos blancos, Populus alba:

 
Son unos cuantos, que rodean la parte del estanque más cercana al Parterre, y que dan una sombra más que agradable.


Pero también hay otros:

 
Como este fresno común (Fraxinus excelsior) del que vemos sus frutos en sámara y el “super” tronco, con hueco protegido por rejilla para evitar que la gente eche basura.
   
Pinos y olmos, aparte los consabidos castaños, también pululan por aquí.


Vamos a dar una vueltecita por dentro del estanque, aprovechando ahora que no tiene agua:

Estos son algunos de los pilares de piedra que sujetaban la verja. Vemos también la puerta que daba paso al templete, ahora desmontada.
Y este es uno de los mascarones que hay en los bordes de los arcos.
   
Estos son de los mascarones en los que no se ve la cara de lo desgastada que está por el agua, aunque sean de granito.
   
En estos sí se ve más, sobre todo en el de la izquierda.


En principio se dijo que las obras eran debidas a unas filtraciones de agua que había que arreglar. Pero al excavar apareció un muro de ladrillo rojo de dos metros de alto por uno de ancho, que parece ser corresponde al estanque primitivo que se hizo en 1630, más o menos.

 
El muro es contundente…dos metros de alto por uno de ancho ¡de ladrillos rojos de hace casi cuatro siglos!


Total, que ahora se trata de recuperar ese muro e intentar reconstruir el estanque tal y como era en los tiempos de Felipe IV, con sus campanillas y todo. De momento, el estanque debería llamarse “de los gatos”, porque se ha convertido en un paraíso para ellos:

A la sombra o al sol, los mininos disfrutaban de lo lindo en estas ruinas.
   
A veces se decicaban a la caza de ratones o pajarillos pero, si no tienen suerte, la comida la tienen asegurada, porque siempre hay buenas gentes que se la traen “a domicilio”.


Por fin lo arreglaron y volvió a tener agua:

Y este aspecto mucho más fresco y agradable.
 
Esto es otra cosa: la rocalla en el centro con sus cascadas…en fin, ¡una maravilla!
   
A veces no funciona el agua de las cascadas.
Pero sí que sale por los mascarones.
   
Y los patitos se pueden seguir bañando.
O descansando en las orillas.


Si bajamos por una pequeña rampa cerca del estanque, veremos una especie de caseta donde se guardaba la bomba de agua que permitía el funcionamiento de la fuente en la rocalla.

Los dos cipreses le dan un aire casi monumental.


Un día de enero, muy frío por cierto, nos encontramos por aquí a una buena amiga:

Al principio estaba un poco desconfiada, pero el hambre le hizo ir tomando confianzas enseguida.
   
Tanto, que se atrevió a coger un trocito de plátano de mi mano.
Que se llevó rápidamente para comerselo tranquila.


Estamos ya muy cerca de una placita donde hay una escultura de una señora con un “vestido de Eva” que está recostada leyendo un libro. Se le llama “la mujer sedente”:

Entre pinos, castaños y algunos otros árboles encontramos, en el centro de este círculo de césped con un seto de boj, a esta señora que no pasa calor en verano, aunque en invierno…
   
   
Desde distintos ángulos, hasta por detrás, vemos a esta lectora apoyada en una roca sobre un manto y con un libro en la derecha. En ropa no se ha gastado mucho, porque hasta el manto es de piedra caliza.


Esta escultura la hizo un tal Santiago Costa en el año 1943 y pertenecía a un grupo de tres esculturas que había en la fuente de Juan de Villanueva, que diseñó el arquitecto Víctor D’Ors. Todo ello estaba en la Glorieta de San Vicente y luego en el Paseo de Camoens, en el Parque del Oeste. Se trasladó al Retiro en el 2006, o sea que es casi nueva en el Parque.

Los castaños y las acacias rodean a la señora de piedra, bordeando la placita.
   
Las acacias, más que de “tres espinas”, son de “trescientas espinazas”…
 
Pero también hay algunos pinitos, que siempre vienen bien.


Un poquito más abajo, hacia Alfonso XII, hay unos urinarios que son un verdadero monumento porque fueron construidos justo cuando el parque se abrió, por fin, al público:

Esta es la entrada que da al interior del parque, que es la de señoras, por cierto con overbooking. El escudo es el antiguo de Madrid, hecho con azulejos de cerámica por un tal “A. Caballero”.


Como puede verse, esta “casita” tan peculiar la han reformado (o mejor, rehabilitado) y justo aquí estaba recién pintada de este color rojo que, la verdad, queda muy bien.

Por el otro lado entran los señores y hay también un escudo igual pero sin nombre, aunque el autor sería el mismo “Caballero”.


Todavía un poquito más cerca de la calle Alfonso XII hay estos columpios:

En una placita circular, muy cerca de los urinarios, vemos esta zona “columpil”.
   
A la que se acercan desde los perritos por las mañanas hasta las familias, con niños incluidos, por las tardes.
   
Los columpios son de estilo más bien clásico: las casitas con escaleras, las “zonas de escalada”, los caballitos de muelle y lo que son los columpios de toda la vida.


A ambos lados de lo que es el Parterre, hay unos paseos desde los que se pueden ver los jardines en todo su esplendor:

Como este que sirve de pista de atletismo a este “trotón mañanero" que corre feliz entre sus acacias, castaños, etc.


En la parte de arriba, justo en ambos laterales, podemos ver unos matorrales que son nada menos que “jazmines de primavera” (Jasminum mesnyi Hance):

   
Vemos aquí distintas matas de estos jazmines.
   
   
Que tienen en primavera, incluso un poco antes, estas flores de seis pétalos que pueden ser amarillas o blancas con el centro amarillo.


Estos jazmines son de la misma familia que los olivos y proceden de China. Los frutos son pequeños, redondos y de color oscuro.

Desde este paseo podemos ver el parterre y el ahuehuete en todo su esplendor. ¡Y es que estamos en mayo…!
 
O en menos esplendor si le pillamos en otra época más discreta, como es el mes de marzo.


Cruzamos ahora el Parterre y vamos por el paseo de enfrente:

Que también tiene sus acacias y castaños.
   
Y estos arces “moscones” (Acer campestre) con sus típicos frutos con alas que, como sabeis, se llaman “sámaras”.


Desde este paseo podemos ver esta increíble panorámica:

Además pillamos un día de esos de invierno, con un poquito de neblina…Total que quedó esta foto donde vemos prácticamente medio Parterre.
 
O esta otra donde se ve casi la otra mitad: con los cedros, el ahuehuete, los laureles, los aligustres…


Cuando nieva en cantidad, el Parterre es una de las zonas del Parque con más encanto:

¡Navidad, Navidad…!
 
¿Qué tal el magnolio nevado? Precioso, ¿no?


Antes de terminar, una anécdota: desde el Parterre salió la primera ascensión de un globo aerostático en Madrid. La protagonizó el italiano Vicente Lunardi en agosto de 1792, aunque solo se elevó 300 metros y terminó su aventura en el pueblo de Daganzo, cerca de Alcalá de Henares.

En este grabado se ve a nuestro amigo Vicente pasando justo sobre el Palacio Real, después de salir del Parterre.


Y así terminamos este paseo por esta zona del Retiro de la que os ponemos ahora el mapita correspondiente:

En el punto 1 está la puerta de Felipe IV, en el 2 el ahuehuete, en el 3 y el 4 los estanques con las fuentes de la alcachofa, en los 5,6, 7 y 8 los parterres de los jarrones, en el 9 y el 10 los cedros y en el 11 el magnolio. El nº 12 es la estatua de Jacinto Benavente, el 13 la del doctor Benavente, el 14 y el 15 son los "cipreses redonditos”, el 16 la estatua del doctor Pulido, el 17 la fuente antigua de los delfines, el 18 la de la concha y el mirador, el 19 la fuente nueva de los delfines, el 20 el monumento al Mariscal Fco. Solano López, el 21 la fuente de la alcachofa, el 22 el kiosco, el 23 el estanque de las campanillas, el 24 la mujer sedente, el 25 los urinarios y el 26 los columpios.

 

 

 

Nota: Las foto de la panorámica del Parterre es de mi amiga Lourdes, la podadora de altura. La de las sabinas con nieve de mi amigo Manuel Gil. Los grabados del plano de Teixeira los saqué del blog “Arte en Madrid” (que os recomiendo) y, en concreto, fueron publicados aquí por Mercedes Gómez. También el grabado del estanque de las campanillas de Berge. El de Meunier está sacado del libro “Descubriendo el Retiro" de mi amigo Jesús Díaz, Ediciones La Librería. Lo mismo que la foto de ese estanque de los tiempos de antes de las obras. Los grabados que reproducen las vistas antiguas están sacados de los libros “Jardines del Buen Retiro” de Consuelo Durán Cermeño y de otro del mismo título pero cuya autora es Carmen Ariza Muñoz, ambos editados por el Ayuntamiento de Madrid. Las fotos de los troncos de ahuehuetes de Méjico son de la página “Los Superárboles del mundo” y la de los frutos de "Infojardín". El sello del mariscal Solano está sacado de Wikipedia. El grabado del globo de Vicente Lunardi lo hemos sacado de una página de Internet que se llama “Memoria de Madrid”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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