El Palacio de Cristal

 

 

¿Un “palacio de cristal”?, que cosa tan rara, pensaba yo de pequeño. ¿Cómo puede ser un palacio “de cristal”? Pero ibas allí y lo veías, tenía muchos cristales, aunque no era “todo” de cristal. Y luego el estanque, con esos árboles metidos en el agua, los patos, los cisnes, los peces…echarles de comer. Y luego la gruta: eso era ya la aventura total. Meterse dentro, bastante oscuro y con el agua cayendo por allí: “cuidado no te mojes”. Esa sensación de estar como en una película, pero de verdad.

Esto ahora nos pueden parecer tonterías, pero cuando eres pequeño estas cosas son emocionantes y la impresión que te dejan puede durar toda la vida. De hecho todavía me parece raro que se llame “palacio de cristal” y cuando estás dentro ves que es algo muy especial, un sitio con magia. Y la gruta aún tiene su “puntito”, gusta atravesarla sobre todo si la estás enseñando a alguien.

Así que empezamos a enseñaros esta zona, lo primero el palacio, claro:

Aquí le tenemos de frente, majestuoso, reflejándose en el estanque, con los cipreses de los pantanos metidos en el agua.
Faltaba el surtidor que le da un toque especial al estanque y al palacio.
En esta se ve todo el estanque desde la otra orilla, caseta de patos, cipreses y surtidor incluidos.
Así lucían los cipreses a las puertas del palacio, con ese tono rojizo del otoño.
Vista lateral en un día más soleado.
Parte izquierda del estanque, con la gruta y los cipreses.
Y parte derecha con césped, barandilla y eucalipto.
Vista desde la derecha en un día invernal, con el eucalipto más visible.
Así se ve de lado, entre el cielo y la tierra.
Cuando nieva,¡ ay!, cuando nieva, el paisaje se queda así…
Ahora ya no, pero en los años 20 el estanque se helaba y la gente aprovechaba para patinar y darse culetadas en un sitio tan precioso ¡Qué lujo!


Y ya que estamos recordando tiempos pasados, veamos algunos grabados del Palacio hace unos añitos. En concreto en 1883 se inauguró una Exposición Nacional de Minería para la que se hizo un palacio, el de Velázquez, que se encargó al arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. Cuatro años más tarde, en 1887, se hizo otra Exposición dedicada a las Islas Filipinas para la que además del anterior, se construyó otro nuevo palacio, el de Cristal, que le encargaron al mismo arquitecto.

Lo hizo al estilo del Crystal Palace en el Hyde Park de Londres, todo a base de hierro y cristal. La construcción fue rápida porque las piezas venían ya hechas, así que en seis meses estaba terminado. Se empleó como invernadero para las plantas filipinas, por lo que en el centro se hizo un pequeño estanque y varios surtidores para que tuvieran humedad. Por dentro es parecido a una catedral con sus dos naves que se cruzan en lo que se llama el “crucero” donde hay una cúpula bastante alta. Fue inaugurado por la regente Dña. María Cristina de Habsburgo el 30 de junio de 1887, ya que el rey Alfonso XII había fallecido.


Aquí vemos el palacio recien construido, con una barquita para ir por el estanque.
Estos señores están construyendo el estanque de dentro y los surtidores.
Estas son las plantas exóticas que se trajeron de Filipinas.
La ceremonia de inauguración, con indígenas filipinos incluidos.

Enfrente del Palacio de Cristal había, desde 1883, una construcción de estilo árabe (“neonazarí”, por más señas) que se llamó “Pabellón Real”, rematado por una enorme cúpula dorada. Estaba sobre la rocalla donde ahora está la gruta y se unía al palacio por un puentecito de madera.

El Palacio de Cristal y el Pabellón Real.


Se hicieron casas típicas filipinas y se trajeron filipinos de verdad para que viviesen allí y la gente pudiera ver sus costumbres. En el estanque se pusieron barcas, también filipinas, para que se pudiera dar un paseo en ellas:

Casa filipina de madera y ramas, con gente posando para la fotito.
Estanque del palacio con una barca filipina. Estaba comunicado con la ría de patinar por un pequeño riachuelo que ya no existe.


Vamos a ver ahora algunos detalles de la puerta y la fachada del palacio:

Por ejemplo estas columnas de estilo jónico.
   
O esta terrazita con el tejado triangular con ese adorno en forma de corazón.
Esta es la parte superior (“o de arriba” que dirían Tip y Coll), en forma de bóveda cuadrada.
Está rematada por esta pirámide adornada en los lados y rematada por un curioso artilurgio.
Que parece una antena del siglo XVIII porque sale de un jarrón bastante clásico.
Y en los lados estas cabezas de señoras adornadas con curiosos sombreros y frutas variadas.


Si lo vemos desde uno de los laterales descubriremos más cosas:

Esta es la parte más cercana a la gruta.
En cuya zona superior vemos esta preciosa estructura adornada con otras señoras como las de antes pero con su desague incluido, así como cabezas de leones más arriba.
   
Y más abajo los arcos con sus azulejos de cerámica.
   
Donde se representan estos patos o cisnes que sostienen un espejo.
   
En la parte baja de las columnas se pueden ver los nombres del constructor, Bernardo Asins, y de la Compañía Alonso Millán de Bilbao, que realizó la fundición de los hierros de la estructura.
Aquí podemos apreciar la nueva subida en rampa metálica que permite el acceso sin tener que subir las escaleras.
Detalle de la parte superior del ventanal.
Las columnas jónicas rodean al arco de medio punto y, en el centro, una cabeza de león.
Esta es la rampa de acceso fácil para la gente que va en silla de ruedas, con carritos, etc. Y si llueve, ya se sabe, el paraguas.


Con lluvia o con sol, siempre es una gozada entrar en el palacio, que es justo lo que vamos a hacer ahora, pero ante echemos una miradita artística:

Así vió el palacio por dentro un artista que se presentó al Concurso de Pintura rápida con el nº 122.


Y así es en la realidad:

Nos encontraremos unos guardias de seguridad en la entrada o paseando por allí para cuidar el recinto y/o las exposiciones. ¡Pero el sitio es espectacular!
   
¡No me digais que no!
   
 
Y en las columnas de dentro también están el nombre del “CONSTRUCTOR B. ASINS EN HIERRO - Chamartín 28 Madrid”y de”ALONSO MILLAN Y Cª”, artífices materiales de la estructura del Palacio.


Aquí dentro te puedes encontrar cosas de lo más variado:

Como estos cristales rotos en una jaula o este cedro plantado en un montón de arena.
   
O este curioso montaje en el suelo en blanco y negro.
   
Que son botellas negras llenas de polvo, ¡no te lo pierdas!
   
O estas cestas de la compra de plástico, puestas unas encima de otras que casi llegan al techo. ¡Charo no se lo podía creer!
   
Y hablando del techo, ¡también es espectacular!
   
Por allí hacen nidos gorriones como estos. ¡Menuda casita de lujo!
   
Hay artistas que transforman el palacio. Como este al que se ocurrió “empapelarlo” de piezas de plástico azules con símbolos en blanco.
   
Y otros se montan aquí su huertecito que, al fin y al cabo, es para lo que se hizo.
   
Incluso a alguien se le ocurrió transformarlo provisionalmente en un “espléndido” hotel.
   
Mirar el estanque desde dentro es otra gozada enorme.


Y para terminar con lo que es el palacio, veamos sus alrededores más cercanos:

Esta es lo que se ve desde las escaleras de la entrada: ¿a que es bonito?
Y esta es la balaustrada con sus jarrones desde distintos ángulos.
Hablando de jarrones y barandilla, aquí están con detalle.
Si nos asomamos podemos ver algo así. No está tan mal, ¿verdad?
Si os gustan los jarrones aquí teneis dos bien bonitos.
   
¡Si lo serán que hasta a los gorriones les gustan!
   
El tiempo pasa, pero hay cosas que siguen casi igual…
   
Las escaleras se prestan al relax y la meditación, sobre todo si hay músicos que te deleitan con su arte.
   
Como este genio que nos sorprendió con unos saxofones de madera hechos por él a mano y que suenan fenomenal.
   
Hay veces que las escaleras están tranquilas y los patitos relajados.
Otras veces aquello se pone de bote en bote y hay tiros para pillar algo comestible.
   
Ya el colmo es dar de comer a las tortugas poniéndoles la comida en un palo. ¡Y lo bueno es que se la comen!
   
Los peces están atentos desde las profundidades. Son carpas, como las del estanque grande.
   
A veces tienen que pelear con los patos…
Y estos con los cisnes…
Son espectáculos que nadie se quiere perder.
Pero otras veces no hay nadie, depende del día y de la hora. Este,porejemplo, es un día de otoño por la mañana.


Este estanque es de lo más bonito de todo el Retiro y, además, está lleno de cosas y criaturas muy interesantes:

En el estanque, nada más verlo, hay dos cosas que llaman la atención: el surtidor y los cipreses de los pantanos.


El surtidor es bastante espectacular, se parece al “jet d’eau” del Lago Leman de Genéve (Suiza), aunque un poco más modesto:

Según para donde vaya el aire allá va la cortina de agua, que siempre queda bonita, la verdad.
 
Y este es el “chorrito” de donde sale.


Otro “habitante” de este estanque es el ciprés de los pantanos o ciprés calvo, porque es de las pocas coníferas (del tipo “pino”, para entendernos) que se queda sin hojas en invierno:

Aquí le vemos “conviviendo” con el surtidor, que parece más bajito porque está más lejos, claro.
   
Y estos son otros dos ejemplares, uno más alto y el otro más “chaparrito”.
   
En otoño se ponen así de preciosos.
   
Las piñas son verdes y redondas y las hojas están en dos filas en las ramillas.
El tronco es más ancho en su base para darle estabilidad, y algunas raíces salen del agua para respirar.
Entre sus “inquilinos” están las palomas y también los gorriones. A todos parecen encantarles esas ramas y hojas tan distintas de las de los otros árboles.


Su nombre científico es Taxodium distichum: lo primero significa “parecido al tejo” y lo segundo que tiene las hojas en dos filas por cada ramilla. Proviene del Sur de Estados Unidos y son árboles grandes, que pueden llegar a los 40 metros. La corteza es pardo rojiza y tiene fibras que se pueden desprender. La base del tronco suele estar más ensanchada, sobre todo si vive en el agua y, en este caso, pueden sobresalir raíces al aire para que el árbol respire. Las hojas son verde claro en primavera, amarillentas en verano y rojas en otoño. Las flores masculinas son pequeños racimos de color verde rojizo y las femeninas esas piñas redondas que veíamos antes y que tienen dos semillas debajo de cada escama. Su madera no se pudre fácilmente, así que es usada para construir recipientes al aire libre, así como para barcos, etc. Aunque prefiere las aguas estancadas, también pude vivir en terreno seco, de hecho en el Retiro hay dos en los Jardines de Herrero Palacios.

En el agua viven también una serie de animalitos:

Como estos cisnes negros, que a veces van “de a dos” (las más) y otras “de a uno” (las menos).


Estos cisnes negros son australianos y los hay también Tasmania. Fueron introducidos en Nueva Zelanda donde se hicieron plaga. O sea que vienen de muy lejos; lo que pasa es que como son tan bonitos y tan elegantes se han convertido en elementos decorativos de los estanques de los parques. Algunos se han escapado y criado en libertad en Austria, Slovenia y Holanda. Y también algunos en Japón han tenido su “aventurita”. Aunque no son migratorios, sí pueden desplazarse muchos kilómetros si se trata de buscar mejores lugares para comer. Que siempre son lagos donde anidan en colonias de miles de individuos. Hacen nidos grandes de unos dos metros de diámetro por uno de alto y los colocan sobre bancos de arena o en las hierbas acuáticas. Ponen de cuatro a diez huevos grandes, de color verde clarito y los incuba la pareja durante unos 40 días. Los pollitos son blancos y se suben encima de los padres (típico de los cisnes); enseguida se les pone el plumaje gris oscuro. A los seis meses empiezan a volar y en dos años son adultos. Su nombre científico (que se me olvidaba) es Cignus atratus.

Pero además de los cisnes hay otras aves en el estanque como son los patos y las palomas:

Enfrente del estanque se da la mayor concentración de patos, porque aquí tienen sus casetas.
Pero también las palomas andan por aquí, sobre todo si hay semillas recién plantadas.
   
Estos son azulones, de los salvajes.
Y estos otros domésticos.
   
Este estaba “negro”.
Y estos “helados”.


¡Hasta cormoranes nos podemos encontrar!

Como esta parejita que tomaban el sol en la orilla.
 
O este que hacía lo mismo al lado de una patita durmiente.
De cerca podemos ver que es un cormorán grande: Phalacrocorax carbo.


Y también unos habitantes inesperados, que no debían de estar por aquí:

Son las famosas tortugas de Florida, que la gente echaba al estanque cuando se cansaba de cuidarlas en su casa. Aquí están tan panchas, tomando el sol en esas escaleras de madera hechas para los patos.


Pero ya puestos vamos a contaros algunas cosas sobre estas tortuguitas. Por ejemplo que se llaman Trachemys scripta y que hay dos variedades, la de orejas amarillas (Trachemys scripta scripta) y la de orejas rojas que es la Trachemys scripta elegans, justo la que sale en la foto. Bueno no son “orejas” sino manchas a los lados de la cabeza. Son oriundas de América del Norte, de toda la zona que va desde Virginia hasta el golfo de Méjico.

Cuando son pequeñas (que es cuando se las vendía en las tiendas de animales, hasta que se prohibió) se alimentan de bichitos que encuentran en el agua, como larvas, renacuajos, insectos acuáticos, etc., sin despreciar algún bichejo muerto que encuentren por ahí. Luego, cuando se hacen mayores (que es cuando el personal las “largaba”) se hacen más vegetarianas y al final comen de todo. ¿Por qué se prohibió su venta? Pues porque como la gente las soltaba en ríos, lagunas, etc. y son muy voraces, dejaban sin comida a nuestros queridos galápagos.

Y ya para terminar deciros que los machos son algo más grandes que las hembras, que tienen las uñas de las patas delanteras más largas, y también la cola, claro. El cortejo consiste en el que macho masajea la cabeza de la hembra con esas uñitas y, si a esta le gusta, se sumerge en el agua y pasa “lo inevitable”. Entre marzo y mayo la hembra hace de una a tres puestas de entre 5 y 20 huevos en agujeros de pequeña profundidad cerca del agua. Tras dos o tres meses (entre junio y julio) nacen las tortuguitas de unos 2 cms. Pero crecen muy deprisa, en unos tres años (por eso la gente se deshacía de ellas) hasta que a los cuatro ya son mayores. Si hace mucho frío hibernan de diciembre a febrero y, si no, hacen una especie de “descanso hibernal”.

Ya el colmo es echar en estas aguas tortugas como esta, la llamada "de caparazón blando africana" (Trionix triunguis), que está en peligro de extinción.

Aquí la vemos entre las de Florida, saliendo a tomar el sol en la rocalla. La foto es de mi amigo Angel, Guarda del Parque.


Viven en el Nilo y en otros ríos del continente africano, pero también en Turquía y Oriente Medio. Tienen piel por encima del caparazón, en lugar de placas. Son grandes, sobre todo las hembras, que miden más de medio metro y pueden pesar hasta 40 kilos. Los machos son más pequeños, sobre los 25 kilos, que tampoco está mal. Suelen vivir en aguas dulces, de las que solo salen a tomar el sol, pero también puede haberlas en aguas saladas de la costa. Las hembras ponen entre 25 y 100 huevos en la arena de la orilla, de los que salen tortuguitas tres o cuatro centímetros. Comen todo tipo de animalillos que haya en el agua y también plantas acuáticas.

Otro elemento curioso del estanque es la gruta con su cascada:

La vemos aquí al fondo, con la casita de los patos en primer plano y un ciprés de los pantanos delante.
Así se la ve desde el estanque.
Y así cuando nos vamos aproximando.
Ya estamos dentro…¡qué emoción!
¡Y encima aparecen los cisnes detrás de la cascada!


Estar dentro de la gruta es una tontería, porque es pequeñísima, pero cuando era niño era toda una aventura para mí.

Pero de donde se entra hay que salir, y esto es lo que hacemos por este precioso camino con barandilla.


Si queremos ver lo que hay encima de la gruta, se puede ir por otro caminito, saliendo del Palacio a la derecha, y subir a un pequeño mirador:

Que tienes tu banquito y todo para sentarte un rato a contemplar el estanque.
En otoño también está muy bonito, con los cipreses de color rojo.
A la izquierda se ve el camino que va a la gruta.
Y, en el borde, el agua que cae por la cascada y que sube por una bomba.
La vista de la parte derecha del estanque, desde este mirador, es nada menos que esta.


Si, en lugar de ir hacia la gruta, nos vamos por la cuestecita que queda a la derecha, estaremos justo en la zona donde se hizo el palacio “neonazarí”:

Esta es la cuesta que rodea a un parterre.
Y esta la fuente de piedra donde ya se sabe lo que pasa si se intenta beber…
Entre otras plantas y árboles destaca este saúco que pillamos en plena floración.
Como este otro que encontramos tras la barandilla, enfrente de la fuente.
Y justo aquí, encima de la gruta, es donde estaba el llamado “Pabellón Real”, construido en 1883 al estilo nazarí.
O este aligustre del Japón con frutos todavía verdes.
Encontramos también un pitosporo con frutitos parecidos a aceitunas.
Hasta una encina de tronco casi tumbado, que vemos desde arriba y desde abajo.
Muy cerca vimos un día estos dos preciosos galgos. Miraban hacia arriba con mucha atención…¿a qué o a quién?
Casualmente conocí en la calle al dueño de los galgos, que me dio la explicación: miran a las ardillas como ésta, que están por la zona donde quizás se coman las setas como la de la foto.


Otro día descubrimos incluso la casita de esta ardilla, que estaba en una morera:

En el “agujerico” del tronco de esta morera (ver jugosas hojas) se metió la ardilla una buena tarde de noviembre.


Si seguimos rodeando el estanque, justo enfrente del Palacio, nos encontramos dos cosas interesantes, una viva y otra de piedra.

La de piedra son unos cubos de hormigón como los que hay en los puertos, que justamente es la idea que quiso darnos el escultor vasco Agustín Ibarrola, que seguro que os suena porque es el que hizo lo del famoso “bosque de Oma” (cerca de Guernika) con árboles pintados de colores, etc. Al final se los boicotearon y se tuvo que ir del país vasco. También ha hecho cosas como “el bosque encantado” en Salamanca a orillas del Tormes (pintando de colores olmos secos por la grafiosis), los “cubos de la memoria”, que son como estos del Retiro pero también coloreados (en la playa de Llanes) o el “bosque de los tótems” en la estación de Príncipe Pío de Madrid.

Esto del Retiro se inauguró el 7 de junio de 1982 y es como una construcción de un dique con bloques de hormigón:

Paseando enfrente del palacio y al lado de la verja del estanque nos encontramos estos “terroncitos de azúcar”.
Son tres “dados” de hormigón con una especie de grúa de hierro oxidado. Habrá quién piense que es una “obra”, pero no de arte sino de las que hacen las constructoras.


Un poco más arriba nos encontramos la “cosa viva”, que no es otra que un enorme cedro:

Está protegido por una barandilla circular metálica, porque es un ejemplar de muchos quilates.
   
Aquí vemos el tronco y el cartelito explicativo.
Y aquí un cantautor que aprovecha la barandilla.
 
Estos son los conos masculinos, de donde sale el polen en primavera.
Y estos los femeninos, en forma de “piñas verticales”.


Su nombre científico es Cedrus deodara (que en sánscrito significa “árbol de los dioses”) y proviene del Himalaya. Sus propiedades curativas le hacen muy apreciado en la medicina ayurvédica de la India. Su madera, por dentro, es aromática y se usa para hacer incienso o sacar de ella aceites esenciales que pueden usarse, entre otras cosas, como repelentes de insectos. También es “anti-hongos” por lo que se utiliza para la conservación de especias en su almacenaje y como antiséptico en general. También se sacan de él no pocos perfumes por su olor, que es muy típico. Es un árbol muy fuerte, que soporta bien tanto el frío como el calor, aunque no las heladas, si son muy persistentes. Puede vivir más de mil años, que no es poco.

Si seguimos bordeando la barandilla que rodea el estanque, veremos otro “arbolito” interesante: ¡un eucalipto!

Es el mismo eucalipto visto desde el paseo o desde la entrada del Palacio.
Acercándonos vemos que es un ejemplar “de los buenos”.
Para que se vea que es blanco (Eucaliptus globulus) os enseñamos sus hojas y frutos.
Y esto son unos hongos de la madera que le habían salido en su corteza rojiza.


Retrocedemos un poco para visitar la zona que queda entre los dados de hormigón y el Paseo de coches.

Junto a los dados , entre dos “pinazos” hay una modesta adelfa (Nerium oleander) que siempre resulta bonita, y además sus flores aguantan hasta bien entrado el otoño.
   
Un poco más allá nos encontramos este grupo de robles, que no es lo que se dice “un robledal”, pero tampoco está mal.


El Acer pseudoplatanus, “falso plátano”, “arce blanco” o “sicomoro” (que todos estos nombres tiene), también anda por aquí. Son árboles más o menos grandes que pueden llegar hasta los 30 metros, de troncos rectos con cortezas lisas y de color gris, que poco a poco se van agrietando y saliéndole escamas. Las hojas son palmeadas, con cinco lóbulos, las flores salen en racimos de color amarillo y los frutos son con alas (se llaman “sámaras”). En las hojas se envuelve tradicionalmente el queso de cabrales porque estos árboles son de la cordillera cantábrica. La parte de abajo, los laterales y el mástil de los violines Stradivarius se fabrican con su madera. La parte de arriba se hace con abeto rojo. Todo esto lo podéis ver en el cartelito de la senda botánica nº 46 que tenéis al pie del árbol en esta zona.

Este es el arce donde está el cartel.
Y estos son detalles de su tronco, sus hojas y sus frutos en otoño.


Pero hay más árboles y arbustos por aquí:

Como este aligustre del Japón con los frutos como el de antes: verdes antes de ponerse “moraos”, que es cuando se los comen las palomas.
   
Aunque al amor no se le pueden poner vallas, sí se las pusieron a este árbol que le representa y que todavía conserva sus flores en otoño.
   
Estos pinos carrascos son tan enormes que tuvimos que fotografiarlos en dos veces. El día era nublado y tranquilo, propio para románticos paseos.
   
Los nudos del tronco de este otro, de dirección variable, son bastante espectaculares.
   
Eucaliptos y cedros también merodean por aquí.


Y así, a lo tonto, nos vamos acercando a un pequeño monumento que no es otro que el dedicado al Doctor Cortezo:

Que está junto a estos tres pinos, dos carrascos y uno piñonero.
   
Este es el monumento al doctor Cortezo, hecho en piedra artificial y con una placa de mármol con su efigie, cuando ya era mayor. Se inauguró en abril de 1921 y asistió él en persona.
   
El niño “en bolitas” echa de comer a los tres pajaritos (dos de ellos sin cabeza), sosteniendo en sus manos un libro y un vaso donde se supone está la comida. Debajo de los pies está la firma del artista Miguel Blay, pero para verla hay que fijarse.
   
Estos son los dos lados, en uno el niño huerfanito y en el otro la antorcha y la serpiente.
   
Este es el detalle de la antorcha y la serpiente, que son símbolos de la Medicina.
Y esta es la cabeza de la citada serpiente, donde vemos su lengua bífida y todo.
   
En la parte que da al Palacio están esculpidos en la piedra dos de los logros del doctor: “LEY DE ENSEÑANZA OBLIGATORIA-1908” y “COLEGIO DE HUÉRFANOS DE MÉDICOS-1917”.
Y por el otro lado la “REFORMA SANITARIA 1899-1903”, que fue otra de las cosas más importantes que hizo.


Aparte de ser famoso por la calle que tiene en Madrid, donde nació en 1850, también lo fue en su época por muchas otras cosas. Se hizo médico en la Facultad de San Carlos (que estaba donde ahora está el Museo Reina Sofía) y se doctoró allí en 1870, con tan solo veinte años. Se fue a estudiar al extranjero y así consiguió ser uno de los pioneros de la bacteriología en España. En 1873 sacó plaza en el Hospital de la Princesa, del que en dos años se hizo Decano. Se metió en política en el partido de D. Emilio Castelar llegando a ser senador liberal. Durante varios años fue Director General de Sanidad, publicando en 1904 una “Instrucción General de Sanidad”. En 1906, con el gobierno de D. Raimundo Fernández Villaverde le nombraron Ministro de Instrucción Pública y creó el que llamó “Instituto de Higiene, Alfonso XIII”. ¿Y sabéis a quién puso al mando? Pues nada menos que a D. Santiago Ramón y Cajal, a quién le dio todas las facilidades para que siguiese con sus investigaciones. Por si no fuera poco, en colaboración con el doctor D. Francisco Méndez Álvaro, fundó la “Sociedad Española de Higiene”. ¡Vamos que se merece la estatua, la calle y lo que haga falta!

Si seguimos paseando esta zona nos encontraremos más árboles y arbustos:

Como estos pinos carrascos de “alto standing”.
O estos álamos blancos que tampoco están mal.
   
Hasta palmeras de Fortune, como estas cuatro que aparecen por aquí.
O este par de bambúes.
   
A este cerezo rojo de Pissard le pillamos en un día de lluvia.
   
El mismo que a este magnolio, que lucía sus curiosos frutos entre sus hojas mojadas.
   
   
Y que a estas dos celindas, que aún conservaban flores a últimos de octubre.
   
Esta olma negra es una auténtica reliquia. Mirad como debajo de ella no crece la hierba: es como un enorme paraguas vegetal.
   
Este almez también tiene su sitio por estos lares.
   
Y, de casualidad, descubrimos a este madroño, escondido entre las palmeras, que parece que se ha “escapado” del Paseo de Coches.
   
Cerca del monumento a Campoamor hay una encina que estaba “habitada”.
   
Y este “arbol de los farolillos, otoñal pero con farolillos, como debe ser.
   
Aunque el día fuera gris, desde allí podemos contemplar este bosque, con el “pino oblicuo” en el centro.
Cuando hace mejor tiempo algunos aprovechan la zona para hacer sus “gimnasias”.
   
Este pobre pino piñonero (Pinus pinea) no estaba inclinado pero cayó, aunque estaba sano por dentro.


Si bajamos un poquito nos encontramos un sendero, paralelo al paseo de Julio Romero de Torres, donde también hay cosas interesantes:

Como estos enormes cedros, por ejemplo.
   
O este sauzgatillo, (Vitex agnus-castus) el ejemplar más grande de los que hay en el Retiro y señalado con el nº 41 de la Senda Botánica. Hablamos de ellos en “El Angel Caído”, podeis leerlo allí o en el cartelito.
Aquí vemos los frutos, que son buenos para los dolores menstruales.


Y, por supuesto, muchos más árboles y arbustos, pero como ya los hemos visto por esta zona y no queremos repetirnos, nos vamos directamente al Paseo de Julio Romero de Torres, el que pintó a la mujer morena y esas cosas:

El paseo empieza con este álamo y este cedro que están justo en la esquina de la gruta.
Enseguida vemos el cartelico. Y detrás este árbol llamado “huingans” (Schinus polygamus) de los terrenos de las tribus “mapuches” de Chile y Argentina.
   
Sus hojas arrugadas y salteadas en las ramas, y sus troncos poderosos son típicos de estos árboles tan poco conocidos.


Si echamos a caminar hacia la Rosaleda, nos encontramos bastantes cositas:

Cipreses, pinos, álamos blancos…
Cedros, más álamos blancos…
   
Más cedros y…¡hasta un olivo!
   
Con el nº 40 de la Senda Botánica vemos aquí un aligustre del Japón.


Deciros, como podéis ver en el cartel, que el nombre “aligustre” viene de que sus ramillas servían para “atar” (ligar) en la antigüedad. Se distinguen de los de la China porque las hojas son verdes y no tienen los bordes amarillos. En medicina se han utilizado para reforzar el sistema inmunológico, pero ahora yo creo que se ponen como adorno y punto. Por cierto hay muchos setos de aligustre, como ya hemos ido viendo.

El paseo este de Julio Romero de Torres es, como el nombre, relativamente largo:

Así se ve el paseo mirando hacia el estanque del palacio.
Y así mirando hacia la Rosaleda.


Más o menos a la mitad, a la derecha según se va a la Rosaleda, podemos ver un pequeño pinar donde los pinos no son pequeños. Lo curioso es que son pinos negrales o laricios (Pinus nigra), que no son los más frecuentes en “el Reti”.

Los vemos aquí, con una palmera de por medio.
Sus troncos vistos desde más cerca.
   
Esta es una de sus piñas, que son más bien pequeñas y alargadas.
Y un detalle de su típica corteza.


Y junto a estos pinos, un arbustito que tiene su gracia:

 
Es la llamada “griñolera”, de la que aquí vemos sus frutitos rojos en pequeños racimos y las florecillas blancas de las que proceden.


La griñolera es conocida por los científicos como Cotoneaster horizontalis y pertenece a la familia de las Rosáceas, que es una muy buena familia donde están las rosas, claro. Proviene del oeste de China y su nombre quiere decir “membrillo imperfecto” porque sus hojas se parecen a las de algunos membrillos. Es muy sufrida para los jardines y parques aunque en el Retiro no hay muchas o, por lo menos, yo esta es la primera que veo.

Y también por aquí, un poco a la izquierda, queda una estatua que no tiene nada que ver con el cava:

Rodeado de árboles y escoltado por esos dos enormes piños piñoneros (que parecen tres), se encuentra tan feliz D. Ricardo Codorniú.
   
Un poco más de cerca, con sus “frondosas” barbas.
Al pie su nombre, su apodo y el año de la estatua (1926).
   
Este es el escudo del Cuerpo Nacional de Ingenieros de Montes.
Y esta la firma del autor, Ignacio Pinazo, en un lateral del busto, y su nombre grabado en la base.


D. Ricardo Codorníu Starico fue un auténtico ecologista cuando aún no se conocía la palabra. Nació en Cartagena en 1846 y desde muy pequeño le gustaban los árboles y las aves. Así que estudió Ingeniería de Montes en Villaviciosa de Odón, terminando la carrera en El Escorial. Se casó con una cartagenera y se fue a vivir a Murcia. Tuvo nada menos de ocho hijos con ella y luego 22 nietos y cuatro biznietos. Ingresó en el Cuerpo de Ingenieros de Montes de Murcia y fue persona clave para repoblar la Sierra de Espuña, así como la de la zona de Guardamar, deteniendo las dunas. Aparte de eso fue un divulgador del respeto a los árboles y a la naturaleza en general, particularmente a las aves. Dio muchas charlas, conferencias, etc. y escribió unos cuantos libros sobre estos temas. Le concedieron la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Cruz del Mérito Agrícola y la Encomienda de Alfonso XII, entre otros galardones. Por ejemplo, fue felicitado por el Papa Benedicto XV (no XVI, claro). Entre sus múltiples nietos estaba D. Juan de la Cierva y Codorníu, inventor del autogiro, al cual explicó de pequeño por qué podía volar un avión. Murió en Murcia, en 1923 cuando tenía 77 años.

La estatua es obra del escultor Ignacio Pinazo (¡que mejor apellido para esculpir al “Apóstol del Árbol”!) que la hizo en piedra caliza por encargo del Cuerpo Nacional de Ingenieros.

Nos vamos aproximando al final del paseo encontrando diversos árboles y arbustos como los que hemos visto en esta zona.

Destacan los pinos, los olmos y los cedros.


Al final llegamos a una plazoleta donde los pinos (carrascos y piñoneros) destacan por encima de otros, ¡nunca mejor dicho!

¡Esta imagen lo dice todo!


Pero vayamos a las “edificaciones”:

Hay una caseta de guardas de las típicas y –al fondo- un monumento a D. Julio.


Por fin vemos el monumento de quién da nombre al paseo:

Así es de frente.
Y así de lado.
   
El busto de D. Julio con la firma del autor del mismo, “A. del Rosal”.
Y la dedicatoria con los escudos de Madrid y de Córdoba.


El busto, las letras y los escudos son de bronce y el monolito es de granito y piedra artificial. Este pintor cordobés tenía una plaza con su nombre en Madrid, que era la antigua de los Carros y allí le pusieron este monumento en la Segunda República (1932), siendo Presidente D. Niceto Alcalá-Zamora y Alcalde de Madrid D. Pedro Rico. Después, la plaza volvería a ser de los Carros y a D. Julio se le trasladó al Retiro, dándole nombre a un paseo del parque, todo esto en 1972, o sea que tampoco hace tanto.

Julio Romero de Torres nació en Córdoba en 1874, en el Museo Provincial de Bellas Artes del que su padre era conservador, a la vez que pintor e investigador de las artes. Así que no es raro que tuviera tres hijos pintores; Julio, el más conocido, empezó a pintar en la Escuela de Bellas Artes de Córdoba con solo 10 años. Enseguida destacó y se presentaba a premios de pintura, obteniendo varios de mucho prestigio como el Primer Premio de la Exposición de Barcelona de 1911 y el de la de Múnich en 1913. Viajó por Francia, Italia, Inglaterra y Países Bajos, hasta que en 1916 se hizo Catedrático de Ropaje en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Aquí conoció a la “crème de la crème” porque va a las tertulias con Ortega y Gasset, Jacinto Benavente, Manuel y Antonio Machado, Pérez de Ayala y los hermanos Álvarez Quintero. También conoce a Joaquín Costa, y se hace muy amigo de Ramón María del Valle Inclán. Se va con él a la tertulia nocturna del Café Nuevo Levante, juntándose allí nada menos que con los hermanos Baroja, Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez Solana, Rafael de Penagos, etc. Se hizo también amigo del entonces joven torero Juan Belmonte, al que pinta, lo mismo que al ya consagrado “Machaquito".

Pero lo que hizo famoso a D. Julio son los cuadros de mujeres morenas, agitanadas y con detalles eróticos muy avanzados para la época.

Dicen que era un “rompecorazones”, aunque no llegó a casarse nunca.
Se nos hizo muy familiar al salir en los billetes de 100 pesetas.
   
Bueno, este es más que un “detalle erótico”.
Y aquí tenemos a la famosa “Piconera”, que ha salido en tantos calendarios.
   
Este cuadro se llama “La Fuensanta” y la modelo es María Teresa López, que tenía solo 20 añitos cuando posó. Se decía que pudo ser amante del pintor, lo cierto es que se hizo famosísima al aparecer en el reverso de los billetes de 100 pesetas.
   
“Los celos” triunfó en la exposición de Buemos Aires.
“Naranjas y limones”, el título suena a chiste fácil, ¿no?
   
Su amigo el torero Machaquito.
A este le llamó “Chiquita y río”, tampoco se complicó mucho la vida con el título.
   
Esto es lo que se ve desde el monumento a D. Julio, o sea, todo su paseo.
En la dirección contraria tenemos una plazoleta y la Rosaleda.


Pero si seguimos caminando por un paseo, dejando a la izquierda la caseta de los guardas, llegaremos a otro monumento de otro genio, en este caso de la Literatura.

Entre pinos carrascos y piñoneros nos aproximamos a la estatua del genio.


Que no es otro que D. Benito Pérez Galdós, el famoso autor de los “Episodios Nacionales”.

Rodeado de rosas, tenemos aquí a D. Benito, plácidamente sentado entre dos leones, bien arropado por una mantita.
¡Y qué rosas! En distintas épocas del año, salvo el crudo invierno, claro, siempre están así de bonitas.
   
Por la derecha se habla de los “EPISODIOS NACIONALES”.
Por la izquierda de la “NOVELA CONTEMPORÁNEA”.
Y por atrás del “TEATRO”, con esos dos leones que forman una especie de escudo que en realidad es una corona de laurel donde se lee “ARS NATURA VERITAS” y más abajo “HOMENAJE DE SUS AMIGOS Y ADMIRADORES”.
   
Debajo de la tripita del león de la derecha está el nombre del autor de la escultura, Victorio Macho, que la hizo en 1918 con tan solo 31 años y quien, a partir de esta obra, se hizo famoso. Los materiales son la piedra caliza sobre base de granito.


D. Benito Pérez Galdós es una gran figura de la Literatura Española, famoso por haber escrito “Los Episodios Nacionales”, pero autor de otras muchísimas obras no solo novelas, sino también teatro. Nació en Las Palmas en 1843, décimo hijo de un coronel que le contaba sus aventuras en la Guerra de la Independencia. ¡De casta le viene al galgo! Estudió en un colegio “progre” de Las Palmas y sacó el título de Bachiller en Artes en La Laguna, empezando a colaborar en la prensa local con poesía, ensayos y cuentos. Siempre tuvo mucha imaginación. Una prima que llegó a su casa a vivir le trastornó bastante por lo que, para evitar males mayores, sus padres le mandaron a Madrid a estudiar Derecho.

Foto de cuando era un “señorito” de veinte abriles (bueno “mayos”).
Retrato que le hizo Manuel Moreno Giménez, ya un poquito más mayor.


Aquí conoció a D. Francisco Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, que le animó bastante a escribir y le hizo “fan” de una filosofía llamada “krausismo”. Aparte de esto le encantaba ir al teatro y además fundó la “Tertulia Canaria” con un par de amigos suyos. También iba al Ateneo a leer (que era gratis), sobre todo novelistas franceses e ingleses. Allí se hizo amigo del famoso Leopoldo Alas “Clarín” y empezó a colaborar con varios periódicos. Vivía bien, en casa de cualquiera de sus dos hermanas o en la de su sobrino, que era José Hurtado de Mendoza. Vestía bastante a su aire, se cortaba el pelo al rape y siempre llevaba un puro a medio fumar en la boca y una enorme bufanda blanca. Era muy modesto y muy tímido pero muy observador y con una memoria visual excelente. Le gustaba, además, pintar, y se le daba bien.

En 1887 se va a París como periodista para cubrir la “Expo” y traduce una obra de Dickens. Total, que al final deja la carrera de Derecho y se dedica de lleno al periodismo escribiendo, entre otras cosas, sobre la nueva Constitución una vez caída Isabel II.

Aquí se parece a Delibes, pero en rústico.
Así le vió Joaquín Sorolla.


En 1870 publica su primera novela La Fontana de Oro que se la edita su tía, que es la que puso el dinero. Otra novela suya, La Sombra, se publica por capítulos en una revista.

Los Episodios Nacionales (título que le sugirió un amigo) reflejan la vida íntima de los españoles en el siglo XIX y van desde la Batalla de Trafalgar hasta la Restauración borbónica. Son tres series: la primera trata de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y la escribió entre los años 73 y 75 (de mil ochocientos, claro). La segunda va de las luchas entre absolutistas y liberales hasta la muerte de Fernando VII en 1833 y la escribió entre el 75 y el 79. Después de veinte años vuelve a escribir la tercera serie sobre la Primera Guerra Carlista en lo que tarda dos años. El parón fue debido a los pleitos que tuvo con su editor hasta que consiguió de nuevo los derechos de sus obras. La cuarta serie la escribe ya en el siglo XX, entre 1902 y 1907 y habla de la Revolución de 1848 y la caída de Isabel II en 1868. La quinta y última serie la escribió entre 1907 y 1912 y quedó incompleta, terminando con la Restauración de Alfonso XII. En total son cinco series de diez novelas cada una, menos la última que se quedó solo con seis.

En 1876 publica Doña Perfecta, novela sobre la intolerancia ideológica y, al año siguiente, otra del mismo estilo “Gloria”. Fuimos a ver la primera al Teatro María Guerrero y la verdad es que conserva su frescura después de más de cien años. Pese a la fama que tenía de liberal, le nombran miembro de la Real Academia Española de la Lengua en 1889. En el Ateneo hizo muchos amigos ilustres como Cánovas del Castillo o Francisco Silvela, pero, sobre todo, fue amigo de Menéndez Pelayo y de José María de Pereda. Se aficionó a Cantabria y se hizo allí su famosa casa de San Quintín. Por sus amistades le hicieron Diputado, nada menos que por Puerto Rico, pero él iba a las Cortes solo de oyente, a observar el panorama.

Así escribía D. Benito, a veces a pluma, como en este original de Doña Perfecta. Por cierto, la fuimos a ver y, a pesar de que la letra deja que desear, la obra de teatro está muy bien escrita.


Su primera obra de teatro fue Realidad, estrenada por María Guerrero en 1891. Al año siguiente La Loca de la Casa y al otro La de San Quintín, que fue la que tuvo más éxito. En total escribió nada menos que veintidós obras de teatro, casi nada. Y un montón de novelas como Marianela, Fortunata y Jacinta, Nazarín, las que hizo sobre Torquemada (Torquemada en la hoguera, en la cruz, en el purgatorio, y Torquemada y San Pedro) y además, Miau, Tormento o La desheredada.

Galdós las pasó canutas con su editor y cuando consiguió liberarse de él puso una Editorial que llamó “Obras de Pérez Galdós” justo al lado de mi despacho, en la calle Hortaleza 104: ¡no sabía yo que había tenido un vecino tan ilustre! Allí vendía, entre otras, sus novelas Doña Perfecta o El abuelo de la que se hizo la película de Fernando Fernán Gómez. Pero se cansó de este negocio y en 1904 firmó contrato con la Editorial Hernando.

Como cuenta en Memorias de un desmemoriado fue bastante mujeriego, pero no se casó nunca. Prefería los amores “de pago”, sin complicaciones. De todas formas tuvo una hija natural, cuya madre se suicidó, y fue “amigo” de la actriz Concha Morell y la escritora Emilia Pardo Bazán, que da nombre a un colegio público del que fui alumno.

Falta contar como era el día a día del bueno de D. Benito: se levantaba muy pronto y se ponía a escribir hasta las 10 de la mañana, siempre a lápiz. Luego se iba de paseo por Madrid y entre eso y los viajes en trenes de tercera por toda España, conocía al personal como nadie. Cuando estaba fuera se quedaba a dormir en pensiones de lo más cutre. Beber no bebía, pero estaba todo el día fumando puros. Por la tarde leía en español, francés o inglés y luego volvía a salir de paseo o iba a un concierto, La música le encantaba, tanto que llegó a ser crítico musical. Con el dinero era un desastre, lo ganaba y lo repartía sin medida, de manera que siempre llevaba a su lado pedigüeños a los que soltaba billetes como si tal.

Hecho ya un “abuelete”, pero todavía fumando sus puritos.
Aquí ya “abuelete total”, pero conservando el rizo de sus bigotes.


En política, aparte de su paso por las Cortes, fue jefe de la Coalición republicano-socialista, junto a Pablo Iglesias, pero pronto se cansó del “rollo político” y siguió escribiendo.

Fue en persona a la inauguración de su estatua en el Retiro, en 1919, pero estaba casi ciego y pidió que le auparan para palpar su cara: se emocionó. Al año siguiente murió en Madrid siendo acompañado su ataúd por unos 20.000 madrileños. Era muy querido y muy admirado, con toda la razón.

Muy cerca de su estatua hay una de esas “bibliotequitas” donde la gente deja y coge libros, aunque la verdad la mayoría son “infumables”, no como los puros de D. Benito.

De ladrillo y azulejos, la pequeña biblioteca está dedicada a D. Benito.


Siguiendo hacia el paseo de coches iremos a una de las esquinas de esta zona donde hay un kiosko:

El paseo de coches está lleno de plátanos de sombra en sus laterales.
Pero en la esquina se levanta este pequeño ciprés, que estos amigos “trotones” no tienen tiempo de mirar.
   
Salimos ya al Paseo del Uruguay, que linda con la Rosaleda.
Justo entre estos dos arbolitos del principio pusimos Diego y yo una portería. Ahora está mi bici y un cartelito.
   
El kiosko que os decía.
Con unos camareros muy simpáticos.
   
Que cuidan esta morera que da sombra a las mesas, pero no a la bombona de butano.
Sus hojas, que hacen las delicias de los gusanos de seda, y su típico tronco.
   
Flores pequeñitas en espigas apretadas.
Moras blancas, de ahí lo de “alba”.


La morera blanca, conocida por los científicos como Morus alba, es un arbolito de origen chino, pero que desde hace mucho se cultiva por todas partes, sobre todo porque sus hojas son el alimento favorito de los gusanos de seda que se crían en Europa desde el siglo XVI. Yo, la verdad, es que no les he criado nunca, pero los he visto en esas cajas de zapatos donde mis amigos les echaban las hojas de morera que devoraban. Luego hacían un capullo de auténtica seda del que salía una mariposa.

Si seguimos caminando por el Paseo del Uruguay nos encontraremos otro kiosko, pero antes veremos bonitos ejemplares:

Como este cedro.
O este almez.
   
Hasta que llegamos al kiosko donde hay un pino con “chepa” por un lado.
Y un olmo y un almez por el otro.
   
Desde la Plaza del Angel Caído este kiosko se ve así.


Desde aquí hay un bajadita hasta la ría en la que también vemos buenos ejemplares en los parterres de uno y otro lado.

Bonitos paisajes otoñales presididos por sendos ebónimos.
   
Aquí domina este pino de “agujas esponjosas”.
   
No os perdais este ailanto, con su ebónimo por delante.
   
Estas palomas andaban por allí picoteando esta barra de pan que le sobraría a alguien.


Y así llegamos a lo que es la ría que bordea una isla, pero antes hay un paseo:

Si miramos a la izquierda vemos esto.
Y a la derecha esto otro.


Si seguimos bajando nos encontramos el primer puente:

Pero antes una miradita a la ría.
   
Antes de cruzar, a la izquierda, vemos un fresno de doble tronco.


Donde había un personaje que ya es como de la familia:

Este es el fresno en “V”.
Y este “el personaje”, ¿le veis a la izquierda de la imagen?
   
Nuestra amiga en el tronco…
…y por la hierba.
   
Por si a alguien le quedaban dudas de que era un fresno, aquí le tenemos visto desde el puente, con sus hojas alargadas y con pequeños dientes.
   
Lo que se ve a la izquierda y la derecha del puente.
   
Desde la orilla vemos, en primer plano, una morera “llorona”, una celinda, un cerezo de Pissard (el rojo)…y todo esto bajo la sombra de los castaños.


Después de pasar el puente llegamos a la isla. ¿Y qué nos encontramos?

Pues este olmo…
Este laurel cerezo…
   
Esta mahonia.
   
O este enorme cedro con sus típicas piñas verticales.
   
El árbol del amor, con sus flores violetas y hojas acorazonadas.
O la siempre bella celinda.
   
Y también la muy frecuente palmera de Fortune, de la que vemos aquí sus flores amarillas.


Aunque hemos visto muchas de estas palmeras, Trachycarpus fortunei para los científicos, en este lugar hay un cartelito de esos de la Senda Botánica que, por cierto, la hicimos un sábado Charo y yo, y nos calamos porque llovía a cántaros. Ahí nos cuenta que estos árboles, originarios de China, se adaptan muy bien al frío, por lo que los hay en muchísimos parques, incluso de países nada cálidos.

Vamos ahora con los sauces llorones de los que no hay muchos en el Reti. Pero aquí sí hay dos, uno en la islita y otro en la orilla:

Sobre todo el de la orilla, que se refleja en el agua, es una preciosidad.


El sauce llorón era el nº 24 de la antigua senda botánica y tenía cerca un cartelito de esos verdes. Allí se explicaba que el nombre científico -Salix babylonica- era por el idioma celta que significa “cerca del agua”, lo cual les va muy bien. Lo de Babilonia es porque los babilonios desterrados colgaban sus instrumentos musicales de sus ramas. ¡Este Linneo (que es quien les bautizó) a veces se complicaba la vida! En realidad proviene de China y hasta el siglo XVIII no se introdujo en Europa, concretamente en Inglaterra. No viven demasiado porque son sensibles a las plagas, sobre todo a los hongos y también a los insectos (orugas, larvas, pulgones, cochinillas, etc.). La mayoría de los de los jardines son hembras, ya que se reproducen mejor por esquejes.

Si vamos al extremo izquierdo de la isla veremos desde allí una glorieta de tierra rodeada por un zócalo tipo “banco escalonado”, donde uno se puede sentar:

Desde la glorieta, la isla se ve así.
Y viceversa.
   
La plazoleta rodeada de castaños.
La zona es muy de gentes haciendo ejercicios chinos, taichi y esas cosas.


Pero sigamos por la isla hacia el paseo de Julio Romero de Torres, aunque antes nos fijemos en esta curiosa “casita de metal”:

Sobre un pedestal también metálico, esta casita pretende ser un comedero de aves, aunque yo tengo mis dudas de que sirva para algo.


Y ya sí, nos vamos a subir por el puente de madera que nos lleva al paseo de D. Julio:

Depende de cuando vayamos, el panorama puede ser más o menos “boscoso”.
   
O más o menos cálido…o gélido. Pero el eucalipto te lo encuentras, por cierto es blanco y no solo por la nieve…


Según vamos bajando a la derecha, nada más pasar el eucalipto, nos encontramos otro árbol, pero mucho menos conocido. Es el “palosanto” (Diospyros lotus), de la familia del caqui y del ébano. De hecho se le pueden injertar caquis y de esta forma se ha comercializado mejor esta fruta. Estos árboles son o bien machos o bien hembras, de este en concreto aún no sabemos el sexo, pero estamos en ello. Las flores son pequeñas y de color verdoso. Sus frutos se pueden comer, de hecho en Pakistán se los comen, aunque tienen que estar bien maduros, porque si no te pueden dar gases. Son como los caquis, pero de color naranja. A todo esto, no os he contado que su nombre científico significa “el trigo de Zeus” y que en Grecia se le llamaba “la fruta de los dioses”. Este árbol se extendió desde el este de Asia al oeste de Europa, habiéndolos también en Estados Unidos y el norte de África.

Este es el primero que hay, bajando por esta escalera y con un cartelito explicativo al lado.
Su tronco es típico, con la corteza dividida en cuadraditos.
   
Ramas cargadas de frutos.
Que son como caquis pequeñitos.


El otro palosanto que hay en el Retiro está justo al lado, siguiendo el puente a la derecha, antes de llegar al otro puente.

El otoño no es la mejor época para verle; aún así tenía algunas hojas, aunque los bordes ya empezaban a secarse.


Pero antes del palosanto, a izquierda y derecha del puente, podemos ver bonitos arbustos:

Como este de espirea, junto a una palmera.
Los vemos aquí más de cerca.
   
Y a la derecha esta palmera de Canarias. Y detrás un bambú, unas celindas y un cerezo rojo.


La palmera de Canarias (Phoenix canariensis) es típica de nuestras queridas islas y muy resistente gracias a que sus raíces aprovechan muy bien el agua subterránea. Y también a que, tanto su tronco como sus ramas y hojas, son más que fuertes. Viven muchísimo, hasta dos o incluso tres siglos, que ya está bien. Producen dátiles, pero más pequeños y peores que los de la datilífera, que por eso se llama así, claro. Se usa mucho como adorno en parques y jardines, pero por ejemplo en la isla de La Gomera se utiliza su savia (que se llama “guarapo”) para producir la riquísima “miel de palma”. Hasta sus hojas tienen aprovechamiento como escobas para barrenderos.

Pero, atentos: si miramos a la ría en sí, al agua, veremos a sus habitantes más normales, que son los patos. Los hay de todos los colores, como veréis en las fotos.

Aquí los teneis, ellos a lo suyo, a nadar y comer lo que puedan.
   
Así están de felices, ¡como patos en el agua!
   
Aunque si hay poca agua casi mejor, porque se come más.
Y luego una siestecita o un paseo por el césped.
   
Estos “pollitos” se bañan entre agujas de pino o cedro.
Después se secan a la orilla.
Los mayores también se secan y acicalan.
Estos son “de otra guerra”, negro y blanco, para que haya de todos los colores.


Pero no siempre están en el agua:

Por ejemplo estos, que retozan por la hierba.
   
Que no solo son patitos, sino que pueden ser también mirlos como éste.
O palomas torcaces, aunque ésta prefiere verlo todo desde las alturas.


Y ya no nos queda más que salir de la isla por el tercero de los puentes:

Bajamos unas escaleras de tierra y bordillos de madera y ¡a cruzar!
   
Una última mirada a la ría, a izquierda…
…y a derecha.
   
Ya hemos cruzado…
Pero antes nos despedimos de los patitos que estaban atentos a ese señor, por si les caía algo de comer.


Una vez al otro lado, nos fijamos en un laurel-cerezo y un pitósporo:

Laurel cerezo y pitosporo juntos, pero no revueltos.
   
Si nos alejamos un poco, podemos ver al fondo un aligustre “matizado” (Ligustrum lucidum aureovariegatum) famoso por sus hojas verde-amarillentas.
O esta fotinia, un poco más a la derecha del puente.


Lo bueno es que todo esto fue antiguamente una “Ría de patinar”, que así se llamaba. Todo empezó cuando, a finales del siglo XIX, la gente patinaba en el estanque del Palacio de Cristal que se quedaba helado cada invierno. Podéis verlo en el grabado que hay al principio de este capítulo.

Luego se hizo otra “pista de patinaje”, en lo que ahora es la Rosaleda, pero el problema que había es que al estar al descubierto el hielo se derretía pronto. Pero, a partir de 1876, a Doña Isabel II se le ocurrió que poniendo unos arbolitos en la ría, que son los que acabamos de ver, el hielo duraría mucho más al crearse una zona de umbría.

Este es uno de los puentes y en la isla vemos incluso una estatua que ya no está.
La plazoletita estaba ocupada por una casa donde se alquilaban los patines. ¡Todo organizado!


Pero volvamos a los tiempos actuales y demos un paseíto por la zona que nos queda por ver:

Si nos vamos alejando un poco de la ría podemos ver paisajes como este.
   
Donde puede haber árboles con flores tan preciosas como las de este cerezo rojo. Claro para eso hay que ir en primavera.
   
Esta mahonia en plena floración también andaba por ahí en esa época.
   
Lo mismo que este “manzanito”.
   
Las encinas también tienen flores, y aquí está la prueba.


Yendo hacia el Paseo de Cuba encontraremos unas casas bajas de ladrillos que los guardas y jardineros utilizan para tener allí sus cosas y aparcar sus coches.

Esta es la entrada, solo para “personal autorizado”.
   
Las casas con los coches aparcados.
   
Hasta por aquí hay especies exóticas, como esta palmera.
   
Y muy cerca vemos este ciprés y estos álamos junto a castaños con sus trajes de otoño.
   
Estamos al lado del Paseo de Cuba, al que se accede por paseitos como estos que terminan en unas escaleras.
   
Y, un poco más adelante, hay mesas verdes metálicas con cuatro bancos soldados.
A algunas les ponen bancos alrededor para el “público”. La sombra que hay a la derecha no es un fantasma; es mi sombra haciendo la foto.


Si subimos un poco hacia el palacio encontramos árboles “potentes”:

Como estos robles que dejan hojas en el suelo formando auténticos “centros de mesa navideños”.
   
O este pino que parece que se va a caer sobre los castaños.
Y este cedro, también inclinadito, que deja ver los álamos al fondo.
   
Desde más arriba las cosas se ven así.
Y desde lo más alto podemos ver la fila de plátanos de sombra que rodea al palacio.
   
Que tiene aquí este aspecto fantástico.
   
Un poco más a la derecha, por este caminito, llegamos también a las “traseras” del palacio.


Hemos recorrido todo esta zona cercana al Palacio de Cristal para arriba y para abajo, para la izquierda y para la derecha, hemos entrado al palacio, lo hemos rodeado, pero no lo hemos visto desde el aire. Y para eso hay una foto que sale en el libro de Carmen Ariza Muñoz que es la repera:

El Palacio surge aquí con todo su esplendor plateado, adornado por el surtidor del lago y rodeado de toda esa “selva” que parece el Amazonas. Al fondo queda la urbe, de la que el Retiro es su pulmón.


Pero que conste que todo esto es ahora parte de un museo:

Para que quede claro que el Palacio es ahora una “sucursal” del Reina Sofía.


No podíamos terminar sin el mapita de Google donde ponemos todas las cosas más llamativas que hemos ido viendo:

En el nº 1 está el Palacio, en el 2 el lago con el surtidor, en el 3 la gruta, en el 4 la escultura de Ibarrola, en el 5 el monumento al doctor Cortezo, en el 6 el pinar de negrales, en el 7 el monumento a Codorníu, en el 8 el monumento a Julio Romero de Torres, en el 9 la estatua de Benito Pérez Galdós, en el 10 y el 11 los kioskos, en el 12 la isla de la Ría de Patinar, en el 13 la plazoleta del taichi, en el 14 la casa de los guardas y en el 15 el bosque de las traseras del palacio.

 

 

Nota: La foto del Palacio de frente con nieve me la pasó mi amigo Manuel Gil, las dos primeras de Galdós las saqué de la Wikipedia y las otras del mismo personaje de una exposición del Teatro María Guerrero. Llas antiguas y las de grabados están sacadas de los libros de Carmen Ariza Muñoz y de Consuelo Durán Cermeño. Las demás son mías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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