El Jardín de las Plantas Vivaces

 

Después del Angel Caído y a la derecha de la Rosaleda hasta la calle Menéndez Pelayo, hay una zona bastante desconocida del Retiro que en su día fue tan solo un estercolero en donde se secaban las hojas caídas para hacer mantillo.

Pero en la década que va de los sesenta a los setenta (del siglo XX, claro) se hicieron unos jardines bastante majos, con su estanque y todo que al final se conocen con el pomposo nombre de “Jardín de las Plantas Vivaces”. ¿Qué significa eso?

Pues según los botánicos son plantas que pierden su tallo y hojas en invierno (a veces queda una especie de roseta de hojas pegada al suelo). Pero sobreviven las raíces que en verano regeneran la planta completa.
Nada más entrar en esta zona nos sorprende ver árboles enormes como cedros, pinos y eucaliptos:

Preciosos cedros y enorme eucalipto a la izquierda que nos dan las bienvenida a este “Jardín de las Vivaces”.


Por aquí también pasaron mis papis y tuvieron tiempo de hacerse una foto como ésta:

Aquí están los dos recién casados con el hermano de mi mami, o sea mi tío Julio.


En la parte de arriba, la que da a la Rosaleda por el paseo de Fernán Núñez, hay un seto en el que encontramos árboles como los pinos piñoneros o los plátanos:

Plátanos y pinos piñoneros son los más abundantes en esta zona.


Y entre ellos estos “columpios” que en realidad son un auténtico “gimnasio de campaña”, muy apreciado por las gentes que quieren mantenerse en forma:

Esta es una panorámica de las modernas y gimnásticas instalaciones.
   
Vista con y sin gente de este doble sillón con pedales.


Por aquí hay una serie de arbustos entre los que destacan los madroños:

Madroño con sus típicos frutos y hojas. Los primeros están todavía verdes porque tardan nada menos que un año en madurar.


De los madroños hablaremos largo y tendido en la zona del Paseo de coches donde los hay a docenas, porque por algo son el árbol típico de Madrid.

Otros matorrales cercanos son estos cuyas fotos e historia os contamos ahora:

Este es un “pitosporo”, bastante normal en el Retiro y en otros parques y jardines, aunque no por eso sea menos bonito a la vez que resistente.
Hojas frutos y semillas, todo muy típico del pitosporo.


El Pitosporo se llama también “azahar de la China”, (Pittosporum tobira) y aunque suele ser arbusto también se puede hacer árbol y llegar a medir hasta 10 metros. Sus hojas son típicas, saliendo todas de un mismo punto. Son brillantes y bastante duras, así que aguantan el invierno. Las flores son blancas y en forma de estrella, parecidas a las del azahar, y huelen muy bien: les gustan mucho a las abejas. Los frutos son cápsulas verdosas con semillas rojas y pegajosas para que se peguen a los animales que intenten comerlas y así se dispersen mejor. De hecho su nombre significa “semilla pegajosa” en griego. Lo de “tobira” es su nombre en japonés.

Al lado está este ejemplar de cornejo que es un matorral un tanto rarito:

Parece ser que este es el famoso “cornejo florido” que aquí vemos con sus frutos amarillo-rojizos.


Su nombre científico es Cornus florida o cornejo blanco por sus flores. Aquí le pillamos ya en verano con esos frutitos tan bonitos y con sus hojas grandes tipo hortensia. Provienen de América y resisten mal la polución lo que quiere decir que en Retiro no hay tanta.

Y este es el “árbol de las pelucas” que está ahí, casi al lado de la estatua del Angel Caído.


Cuando me enteré de que había un árbol que se llamaba “de las pelucas” creí que era una tomadura de pelo, nunca mejor dicho. Pero no, resulta que va en serio y todo es porque las flores forman una especie de “entretejidos” que le dan ese aspecto de “cabellera” que se pueden ver en las fotos (y en la realidad).

Su nombre científico es Cotinus coggygria y provienen del Sur de Europa y de China. Aunque lo más espectacular son sus flores tipo “peluca”, sus hojas también son curiosas porque son redondeadas, parecidas a las del árbol de amor. Los frutos son pequeñitos y triangulares.

Por detrás de estos setos podemos ver uno muy amplio y con una base de lirios donde crecen árboles tan variopintos como el pino carrasco, el aligustre de la China, los castaños de indias y los plátanos con sus correspondientes encinas, que son típicas de aquí.

Los aligustres de la China, con sus pequeñas flores blancas, destacan en este paisaje donde vemos también los pinos carrascos y las encinas (foto de la derecha), sobre todo. En primer plano destacan los lirios aunque aquí están sin flores.


En esta que podríamos llamar “parte alta” del jardín, aparte de los citados, encontraremos también ciruelos japoneses (Prunus salicina) junto a eucaliptus, robinias (o falsas acacias), almeces y más pinos carrascos, por cierto bien espigaditos.

Los ciruelos de hojas rojas contrastan con el verde del eucalipto que les protege.
Este almez vive aquí al lado de los lirios.
   
   
En primavera los ciruelos echan las flores antes que las hojas y se ponen tan bonitos como este. Se llaman “de Pissard” porque este jardinero francés (que lo fue del Shah de Persia) los introdujo en Europa a finales del siglo XIX.
Y las “cotorras monje argentinas” (Myiopsitta monachus) se comen sus flores.


¿Pero de donde salen estas cotorras? Pues provienen de las que se han escapado hace años de sus jaulas pero, de un tiempo a esta parte, salen de sus nidos que suelen hacer en los cedros, como los que veíamos en el Paseo del Duque de Fernán Núñez al subir desde la cuesta de Moyano:

Cedros adonde les encanta hacer nidos a estas cotorritas.
Y los hacen a conciencia, con ramas fuertes y varias entradas. Son como “bloques de apartamentos”.
Cotorra haciendo “obras” en la puerta de su “chalet”.


Entre ciruelos y cedros hay que destacar algunos eucaliptos:

Como este eucalipto rojo (Eucaliptus camaldulensis) con sus típicos capullos de flor en forma de “pirindolas”.


Y todo ello vigilado por la policía, en este caso a caballo:

Aunque aquí se da la circunstancia curiosa de que se trata de dos amazonas.

 

La falsa acacia o Robinia pseudoacacia presenta esta importante frondosidad con sus típicas hojas que salen de dos en dos de la rama y sus flores blancas en forma de mariposa.
   
Estos pinos carrascos destacan por su altura y le dan un aspecto más “boscoso” a este jardín llamado “de los planteles”.


Y ya al final de la zona que hemos llamado “alta”, cerca de la calle que da a la puerta del niño Jesús, hay un ciprés de Arizona que no tiene desperdicio.

A su lado por la izquierda empiezan los plátanos del paseo y a la derecha se distinguen un pino piñonero y otro aligustre de la China.
Los frutos del ciprés son estas pelotitas que tanto hemos usado de niños para tirárselas a otros o hasta para jugar al minifutbol.


Su nombre científico es Cupressus arizónica aunque cuando se les usa como arbustos se les suele llamar “arizónicas”. Como es lógico provienen del sur de EE.UU. y norte de Méjico y son muy resistentes a sequías, vientos, heladas, etc. por lo que son utilizados como setos en montones de sitios. Las hojas son típicas de coníferas es decir pequeñitas y en forma de escamas y los frutos son esas pelotitas marrones con las todos hemos jugado.

A los que les gusta jugar con los gatos y alimentarlos es a algunas personas que se molestan en ponerles agua y comida a su alcance, ante la satisfacción de los mininos:

Como éste que vive muy feliz gracias a sus benefactores.
 
O éste que, por si acaso, va de caza entre los tejos.


Pero si empezamos a bajar justo por la parte que está más cerca del Angel Caído veremos lo primero una carretera donde suele estar parado un camión de la Policía Nacional en el que transportan los caballos para hacer sus rondas por el parque.

Yendo hacia la izquierda enseguida nos encontramos la llamada “Area Canina” lo que significa que solo se puede entrar con perro o perros, que aquí se pueden soltar para que corran lo que quieran.
Es un problema lo de los perros en el Retiro (y en otros parques, claro) porque la normativa dice que hay que llevarlos atados pero los dueños se quejan porque les gusta soltarlos y que disfruten. Pero hay personas a las que les molesta… En fin, un lío.

Entrada al Area Canina con una usuaria y sus dos perritos.
Y estos son felices dueños de canes que disfrutan de lo lindo en esta zona, donde pueden correr y conocer otros congéneres.
 
Vista más o menos panorámica del interior del Area Canina donde se ve la zona vallada de madera para que los perritos hagan sus “cositas”. También se pueden ver las casas de la calle Menéndez Pelayo, que están enfrente.


Bajando una cuesta considerable llegamos a una instalación para niños que se llama “La Cabaña” donde van muchos colegios porque hay una huerta y les explican cosas prácticas sobre las hortalizas.

La cuestecita tiene su gracia, sobre todo si se baja en bici como hicimos Diego… y yo. Abajo vemos el cartel sobre la verja donde pone “Centro socio-cultural La Cabaña”.
   
Se llama así porque hay una especie de “cabaña” de madera muy bonita donde se dan las clases o las charlas antes de pasar al huerto, que está fuera y podemos ver en la foto de la derecha.


Cerca de aquí encontramos otra fuente de esas tipo “ducha”, pero algo es algo… A todo esto estamos muy cerca de la calle Menéndez Pelayo y de la Plaza de Mariano de Cavia.

Diego aprovecha para rellenar de agua el bidón de su bici.
Estos chicos bajan las escaleras que les llevan a la calle pasando junto a una de las típicas “casetas de guarda”.


Desde ahí divisamos otra vez los pinos carrascos, los cedros, los aligustres, etc., que ofrecen una perspectiva preciosa desde abajo.

Pinar de pinos carrascos en un precioso prado en ligera pendiente. Es zona más alta de esta zona de las “plantas vivaces”.


Seguimos estando al lado de la calle citada como vemos en las siguientes fotos:

Desde aquí se ve la verja y las tiendas de enfrente
Paralelo a la calle pero a cierta altura sobre esta hay paseos que algunos aprovechan para hacer footing o running, como se llama ahora.


Hasta aquí se llega desde la Plaza de Mariano de Cavia por la puerta que lleva su nombre:

Esta es la puerta, la primera que hay al principio de la calle Menéndez Pelayo, según se sube a la izquierda. En realidad es la calle del poeta Esteban Villegas,que hace esquina.
   
Lápida con busto (gafas incluidas) del periodista D. Mariano de Cavia.
Y placa con el nombre de esta puerta.


La lápida es de 1921 y se puso en un edificio de la plaza que lleva su nombre. Pero en 1975 se tiró la casa y con ella la lápida. Enterado el Concejal de Distrito D. Antonio Horcajo, ordenó buscarla entre los escombros y una vez localizada se la puso donde está ahora.

D. Mariano de Cavia y Lac nació en Zaragoza, siendo hijo de un Notario. Estudió en los Jesuitas de Palencia y a los 15 años volvió a su ciudad para estudiar Derecho, aunque no llegó a terminar la carrera, empezando a colaborar en periódicos y revistas.

Con 26 añitos se fue a Madrid y entró de colaborador en "El Liberal", uno de los periódicos más importantes de la época. Publicó un artículo sobre un incendio ficticio en el Museo del Prado para protestar por las condiciones en que se encontraba. Tuvo tanta repercusión que hubo gente que se fue al museo a ver "el incendio". Después de seis años pasó a "El Heraldo de Madrid" donde estuvo poco tiempo, para saltar a "El Imparcial" donde se quedó hasta 1917, publicando artículos con títulos tan curiosos como: "La misa del ateo".

Ha sido considerado un periodista original, creativo y comprometido, al nivel de un Larra, siendo muy alabado por los Unamuno, Azorín, Blasco Ibáñez, Clarín, etc. Era algo excéntrico y decidió vivir en un hotel, manteniendo su casa donde guardaba su biblioteca. No le gustaba demasiado la vida social: era individualista y más bien reservado.
En 1916 el rey Alfonso XIII le concedió la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII y el Ayuntamiento de Zaragoza le nombró "hijo predilecto" de la ciudad. También le nombraron Académico de la Lengua, pero no llegó a ingresar por su estado de salud, que era delicado. No obstante entró a trabajar como redactor de "El Sol", donde estuvo hasta que murió en 1920.

D. Mariano con rizito en el tupé, gafas de monóculo, mostacho y clavel reventón. ¡Todo un personaje!


Pero vamos a ir subiendo por las escaleras hasta llegar arriba:

Lo primero a la izquierda nos encontramos otro hermoso "árbol de las pelucas".
   
Las escaleras son empinadas y enseguida vemos una caseta de guardas típica.
   
Ya estamos arriba y, de momento, vemos este paseito de tierra con una fuente.
¡Y unas preciosas lilas!
   
Este otro paseo nos lleva al "Bar Terraza La Cabaña", al que luego volveremos.
   
Escoltados por estos árboles del amor, en pleno brote primaveral.
   
Después de una cuestecita y a la sombra de un gran cedro, está el kisoko.


Por aquí hay una zona de parterres que parecen una dehesa extremeña por las encinas:

Si le quitamos el seto y con un poco de imaginación podría ser una dehesa...
   
Sigamos imaginando, que soñar es gratis, aunque las encinas son bien reales, llevan aquí muchísimos años y además las pillamos en plena floración, con los típicos amentos masculinos de color amarillo.


Pero no solo de encinas vive la zona, también hay otros árboles y arbustos:

Como este tejo que andaba por allí.
   
Este olmo con sus frutos volátiles que le salen antes que las hojas.
   
O este roble de hojas recién estrenadas.
   
Aquí vemos un ciprés escoltado por un árbol del amor y otro olmo.
   
Y estos lirios que no son "del valle" sino "de la montaña".


Pero quizás lo más bonito de toda esta zona sea el pequeño y un poco escondido estanque que está próximo a otra entrada, la del Dante, que luego veremos:

Sorprende por lo escondido este pequeño estanque donde unos patitos, unas palomitas y algunos gorriones son bastante felices. El niño de la foto es Diego con su inseparable bici.
   
Estas son las “casitas” de los patos, la de la izquierda más bonita, con su techo doble de zinc. La otra es el posadero preferido de las palomas.
   
Patito blanco de toda la vida no por eso menos bonito ni digno de admirar. ¿A que ha salido bien?
Bambú exhuberante que goza con la humedad que el estanque le proporciona
   
Cuando el calor aprieta, los patos (que no son tontos) se refugian entre las cañas del bambú.
En esta foto se ven sus hojas características, tan apreciadas por los osos panda.
 
De vez en cuando a algún patito “le da la vena” y se busca la vida lejos del estanque.


Aunque también sean bonitos estos cerezos japoneses:

Justo al lado de la verja de Menéndez Pelayo hay unos cuantos de estos cerezos que en primavera se ponen radiantes.


Si retrocedemos un poco encontraremos la puerta llamada “de Dante”, la más moderna de todo el Retiro. Inaugurada en 1980 gracias a unos industriales italianos a los que hacía ilusión que su ilustre compatriota estuviera presente en nuestro parque y corrieron con los gastos.

Dejé la bici un momento para retroceder por este paseo e ir a la puerta lateral que vemos en la foto de la derecha.
 
Fachada de esta puerta de Dante con el relieve de bronce obra del escultor italiano Angelo Biancini.


Dante vivió entre los siglos XIII y XIV y ha pasado a la historia como un innovador, sobre todo por su obra “La Divina Comedia” escrita en verso y donde se habla de todo lo divino y lo humano, considerándose una pieza maestra de la literatura universal.

El poeta Dante Alighieri entre una serie de arquitecturas típicas italianas (a la izquierda) y una representación de ángeles y demonios presentes en Paraiso e Infierno de la Divina Comedia.
   
A la izquierda de la escultura está la otra puerta y al fondo la Plaza de Mariano de Cavia, antes citada.
En la otra dirección de la calle Menéndez Pelayo, la de subida, continua la verja que nos llevará a la siguiente puerta.


Volviendo a la zona cercana al estanque veremos un montón de árboles y arbustos. Entre estos destacan los acantos, cuyas enormes hojas fueron inmortalizadas en los capiteles de las columnas corintias. Sus flores, agrupadas en altas espigas, son de verdad preciosas: color malva y blanco y con los cinco típicos pétalos de las llamadas “papilionáceas”, o sea, en forma de mariposa. Los frutos son muy curiosos, como “peonzas” y haciendo un ruidito especial al diseminarse. Si los cogéis tened cuidado con las espinas: ¡por algo se les llama “acantos” que significa “espina” en griego!

Acanthus mollis, como la llaman los científicos, al lado de los pasillos de piedra arenisca del Triásico que serpentean por la zona.
Las hojas son famosas por lo de las columnas, pero las flores son increibles.
Se aprecian aquí los pétalos que se llaman “quilla”, “estandarte” y “alas”.
Los frutos son estos “pepinillos” que al separarse de la planta hacen un ruidito característico.


Hay algunos acantos que se encuentran en la base de pinos piñoneros (Pinus pinea), que también hay algunos por aquí:

Pino piñonero con plantas de acantos en la base del tronco.
Así es la corteza de este tipo de pinos: entre rojiza y cenicienta. En algunos se ponen trampas para la procesionaria en forma de cajitas con olores que atraen a los machos que caen en bolsas de plástico de las que no pueden salir.


¡Quién nos iba a decir que este robusto ejemplar caería bajo los efectos del viento y la lluvia! Pero la vida es así, sobre todo si el riego hace que las raíces sean más pequeñas de lo normal y se vive en un terreno en pendiente:

Pues sí, sucedió el invierno de 2016 y así quedó el pobrecito.


Por esta zona vimos un precioso pito real ya mayor de edad, no como el pollito de la Rosaleda:

Pájaro carpintero verde buscando bichitos entre las hierbas de esta zona. En la foto de la derecha vemos su característico “obispillo” rojo.


Podemos ver aquí árboles de otras épocas como son las secuoyas y los gingkos:

La secuoya es impresionante por su altura y su porte estilizado. Las hojas se parecen a las del ciprés y la corteza del tronco es peculiar, como corresponde a una especie de la época Terciaria.
   
Las piñas son bastantes curiosas, y pequeñas para lo grande que es el árbol.
Miden unos 5-6 cms., como esa que me regaló mi amigo Juan Antonio, el podador.


Estas secuoyas son las gigantes (Sequoiadendron giganteum), que son descomunales y pueden vivir entre 2000 y 4.000 años. Las podéis ver por curiosidad en internet y la má famosa es la ya desaparecida "Mariposa Grove" del Parque Nacional de Yosemite. Para que os hagáis una idea tenía un túnel en su tronco por el que pasaba una carretera.

Otra muy conocida es la llamada "General Sherman", con un peso de más de 2.000 toneladas, que ya es decir.

Esta “angelita” vivió desde el año 600 al 1800 y podemos ver este corte de su tronco en el Museo de Ciencias de Londres.


Pero, como decíamos, las de nuestro parque no son de esa especie sino de otra de tamaños más normalitos, aunque siempre tirando a grandes, pudiendo superar los 100 metros de altura y con un diámetro de tronco de hasta 4 ó 5 metros. La corteza es oscura y un poco esponjosa, desprendiéndose de ella capas rojizas.

Son en concreto de la especie Sequoia sempervirens, también llamada secuoya roja o de California. Y de allí son, de la costa del Pacífico de Estados Unidos, de la zona que va desde el sur de Oregón hasta las Montañas de Santa Lucía.

El nombre le viene de un indio cheroquee que se llamaba así: Seequayah (1770-1843) y que fue capaz de inventar un alfabeto para el dialecto que se hablaba en su tribu.

Los ginkgos con sus hojas tan curiosas en forma de abanicos también están por aquí.


De los ginkgos hablaremos sobre todo en la Casa de Fieras, que es donde son más abundantes. Ahora nos fijaremos en otros arbolitos más normales como son los almendros y el boj hecho árbol, que también los tenemos por aquí.

Algún que otro almendro encontraremos entre los setos.
   
Que en primavera se ponen en plan arrasador…
Aquí se han juntado las flores nuevas con las almendras del año anterior.
   
Y el boj que aquí no es seto, sino árbol hecho y derecho.


Esta es una de las zonas del Retiro con más variedades botánicas, así que no es de extrañar que encontremos aquí especies tan curiosas como la morera de papel, la mahonia o el podocarpo.

Este arbolito aparentemente vulgar, eso, sí con hojas bastante grandes es nada menos que una auténtica morera de papel o de la China.


Los científicos la llaman Broussonetia papyrifera porque de su corteza se sacaba pasta de papel en la China. Es originaria de allí y también de Japón, Taiwán y Malasia. Es un árbol que aunque crece muy rápido también envejece muy deprisa, no todo van a ser ventajas.

Con sus hojas espinosas parecidas a las del acebo y esos frutos que parecen uvas o aceitunas moradas, os presentamos a la mahonia de flor amarilla.


La mahonia o “uva de Oregón” es conocida como Mahonia aquifolium y su nombre se debe a un horticultor americano de origen irlandés, Bernard M. Mahon, que vivió entre 1775 y 1816.

Sus hojas son perennes y se parecen a las del acebo por el brillo de su haz y sus espinas en el borde. Las flores son racimos amarillos (¡si no no sería la mahonia de flores amarillas!) tan bonitos que pueden usarse en floristería y los frutos son morados con forma de uva o aceituna.

No es una adelfa sino un podocarpo, pero sus hojas se aparecen a las de adelfa como puede verse claramente en la fotito.


Los científicos llaman a esta planta Podocarpus neriifolius aunque se la suele llamar "podocarpo de hojas de adelfa" por su parecido con las de ésta. Sin embargo se utiliza en jardinería mucho menos, así que resulta raro verlo. En la naturaleza se la puede encontrar desde la zona del Himalaya hasta China, así como en el sureste de Asia y en Nueva Guinea.

Mucho más comunes son los robles y los tejos, presentes también en esta zona:

Estos robles no son demasiado grandes pero robles son, con sus típicas hojas lobuladas e inconfundibles.
 
Bonitas matas de tejos, resistentes como ellos solos.


Del tejo (Taxus baccata) hablaremos al comentar el que existe junto al Palacio de Velázquez porque es muy curioso tanto por su longevidad, toxicidad, frutos especiales, etc.

La catalpa, el ciprés de Monterrey y los arces del Japón, esos sí que son un poquito más exóticos.

A la izquierda de este paseito se encuentra esta catalpa americana con sus enormes ojas y esos frutos en forma de judías largas que caen en vertical.


Los científicos la llaman Catalpa bignonioides: el nombre “catalpa” es de origen indio y el apellido “bignonioides” es en honor a un bibliotecario de Luís XV de Francia llamado Pane Bignon. Proviene del Sur de Estados Unidos y es un árbol que crece bastante rápido y resiste bien las heladas. Tiene flores grandes y blancas de las que salen frutos que parecen habas gigantes que cuelgan de las ramas.

Este bonito ciprés de Monterrey de hojas verde-amarillentas está en la zona alta, muy cerca de una de las secuoyas.


El ciprés de Monterrey es llamado también Ciprés limón o Pino limón pero su nombre científico es Cupressus macrocarpa. Resiste muy bien el viento y se adapta a todo tipo de suelos pero es sensible al frío y puede resultar muy atacado tanto por los pulgones como por un hongo que le pone las hojas marrones.

Más exótico resulta el arce del Japón de que en este jardín hay dos bonitos ejemplares:

Esto dos arces del Japón ponen una nota exótica con sus hojas pequeñas y palmeadas y sus frutos en “disámara”.


El nombre científico es Acer japonicum, que está claro lo que quiere decir. Es una especie de arbusto que puede convertirse en árbol, eso sí pequeño, como es el caso. Proviene de Asia, como su nombre indica, pero también del norte de América y del norte de África.

Las hojas son pequeñas, palmeadas y con los extremos muy puntiagudos, poniéndose rojas en otoño. Las flores también son pequeñas y dan lugar a unos frutos con una especie de alitas que se llaman “disámaras”.
Y de estos arces tan peculiares pasamos al típico, al de siempre, al arce común:

Este es el arce normal, de hojas más grandes y frutos parecidos a los del japonés.


No sé si será porque le gusta el campo, el caso es que a este arce se le conoce como Acer campestre y es el arce más común. Aunque su origen es europeo también es muy abundante en, Argelia, Asia Menor y Persia. Sus hojas son las típicas palmeadas, las cuales se suelen poner amarillentas en verano. Las flores son en racimo y los frutos en disámara.

Los arces tienen muchas aplicaciones: la madera para carpintería, las hojas para pienso y como astringente, así como para hacer productos de cosmética. Puede vivir en cualquier tipo de suelo y resiste muy bien la sequía.

Volviendo a lo exótico nos sorprende en esta zona nada menos que una araucaria de Chile:

Arbolito curioso donde los haya, que recuerda por su forma a los cactus del desierto americano, vemos aquí a media ladera esta araucaria de Chile.


Se le conoce como “pino de Chile” aunque su nombre en latín es Araucaria araucana. Ni que decir tiene que su origen es andino, siendo un auténtico fósil viviente puesto que se trata de una especie de hace muchos millones de años.

Los sexos de los árboles están separados, todos ellos en forma de conos aunque de distinta forma los masculinos y los femeninos. Las hojas son en forma de escamas anchas y gruesas, resultando muy duras y espinosas. Las semillas son comestibles y se consumen como postre en Sudamérica con el nombre de “piñones”.

Pudimos fotografiar en esta zona a estas dos palomitas, una zurita y la otra torcaz que buscaban su comida por el césped.


Al sur de Norteamérica y en Centroamérica se da esta planta que abunda por los parques porque es muy agradecida. Es la yuca que no tiene que ver con la mandioca sudamericana cuyos tubérculos se comen de muy distintas formas. No, esta es la Yucca aloifolia y no se come.

Al lado de esta palmera de Fortune aparecen estas cuatro plantas de yuca.


También se le llama “yuca pinchuda”, porque sus hojas “pinchan”. Las flores son muy bonitas, blancas y como caídas en racimos que se llaman “panículas”. Las podeis ver en el capítulo del Parterre. Los frutos son como uvas negras y son plantas muy resistentes sobre todo al calor y la sequía.

Pero para árbol exótico este que os presentamos ahora. Ya lo es su nombre “naranjo de los osages”:

   
Aquí teneis imágenes de este arbolito tan curioso que está entre el estanque y la calle Menéndez Pelayo.


Descubrí este árbol una tarde de otoño hace unos años paseando con Diego por la zona del estanque de los patos. Bueno en realidad descubrimos el fruto que estaba precisamente flotando en dicho estanque. Lo sacamos y lo llevamos a casa no sin antes mirar por los árboles de alrededor a ver si se veía algo parecido. Pero nada, así que no supe responder a las preguntas de que era. Solo sabía que era un fruto, pero muy raro.

Al cabo del tiempo mis amigos los podadores del Retiro me explicaron que era el fruto de un árbol muy especial que estaba allí al lado y que se llamaba “naranjo de los osages”, más conocido como Maclura pomífera en el mundo científico. Y es que la descubrió el geólogo americano William Maclure (1763-1840). Lo de pomífera es porque los frutos ¿se parecen? a los de las manzanas.

Y ahora diréis: ¿y lo de los “osages”? Pues eso es debido a una tribu sioux que se llamaba así y usaban los frutos de estos árboles para pintarse y la madera para hacer mazas de guerra. Por cierto que los frutos terminan por ser anaranjados, de ahí lo de “naranjo”.

Actualmente estos arbolitos se dan por el centro y el sur de Estados Unidos, habiendo siendo muy utilizados al principio por los colonos. Fue introducido en Europa en 1810 a través de los ingleses, como tantas cosas. Son bastante resistentes (los árboles... y los ingleses también) y crecen rápido pudiendo vivir hasta 150 añitos, que no está mal, quién los pillara.

La madera es super fuerte a la vez que flexible: se le llama “madera de hierro” o sea que, aparte de los indios, también la usaban los colonos para hacer traviesas del ferrocarril entre otras cosas.

También al lado del estanque hay este enorme almez que no he resistido la tentación de fotografiar.
 
Este mirlo joven merodeaba por la zona y se puso a tiro de cámara, así que aquí lo teneis.


También los enebros están por la zona, con sus típicos frutos redondeados y duros que, al partirlos, nos dejan un olorcillo a ginebra delatando el uso que se les da para producirla.

Los resistentes enebros son parte del paisaje de este jardin de las vivaces, aunque ellos sean de hoja perennne.
Con estas esferitas, que son los frutos del enebro, se elabora la ginebra.


Cerca descubrimos este ejemplar de Picea pungens (variedad “glauca globosa”), con sus hojas típicamente blanquecinas:

Muy cerquita de la verja que da a Menéndez Pelayo descubrimos esta curiosa picea.
Aquí se puede ver mejor el color grisáceo, casi blanco, de sus hojas.


Esta picea se llama también “del Colorado” puesto que proviene de esta región de Norteamérica, aunque aquí en Europa se suele utilizar en jardines la variedad “glauca”, que es muy bonita al ser sus hojas de un color blanco azulado.

Y justo detrás de esta picea destaca una acacia de Japón, alta y preciosa, de nombre científico Sophora japonica. Es un árbol muy longevo (puede vivir más de cien años) que procede de China y Corea y que resulta muy decorativo tanto por sus flores como por sus frutos en forma de rosarios de guisantes de color verde fosforito.

Pero cuidado porque este arbolito tiene propiedades un tanto especiales de manera que si se ingieren partes del mismo se pueden tener unos cólicos horrorosos. Fijaos que las hojas que caen a un estanque, por ejemplo, hace que esas aguas ya sean “laxantes”.

Acacia de Japón con el abeto blanco en primer plano
Hojas y frutos en forma de rosario, típicos de este tipo de acacias.


También por aquí no podían faltar los árboles del amor (Cercis siliquastrum) nombre que significa “árbol” (del griego “kerkis”) de “silicua”, que es el fruto en forma de judía pero con las semillas en medio. Se llama “árbol del amor” por sus hojas en forma de corazón y “de Judas” porque dice la leyenda que en uno de estos árboles se ahorcó el discípulo traidor tras delatar a Jesús. Las flores de color malva son muy bonitas, del tipo de las papilionáceas (con alas de mariposa) y se pueden comer en ensalada, ahora que se va poniendo de moda eso de comer flores. Los frutos con forma de algarroba pueden ser usados como astringentes.

Arbol del amor en la zona de las plantas vivaces.
Hojas en forma de corazón, flores malvas papilionáceas y frutos en pequeñas algarrobas.


Incluso descubrimos en esta zona un par de manzanos que dan frutos muy curiosos por lo pequeños, aunque los árboles sean relativamente altos:

Manzanos situados cerca de la verja de Menéndez Pelayo y de los que os enseñamos el tronco, las hojas y los frutitos (o sea las manzanitas) de una rama que se había caido al suelo.


Son manzanos silvestres, o sea que las manzanas no son las que vemos habitualmente en las fruterías, aunque de ellas se puede sacar sidra. Se llaman Malus sylvestris y son oriundas del suroeste asiático y de las zonas templadas de Europa. Las flores, con cinco pétalos, son blancas o ligeramente rosadas y aparecen unos días antes que las hojas. De éstas puede hacerse una infusión diurética.

Pero si queremos tomar algo más normalito, podemos hacerlo en "La Cabaña", el kiosco que vimos antes donde, además, hay columpios para los niños.

Aunque la foto está hecha en horas de calor, cuando el tiempo acampaña esta terraza se llena de gente tomando refrescos o comiendo.
Los juegos para niños son otro aliciente para que los peques (como Diego) disfruten mientras sus papás se toman una cañita.


Y, un poco más adelante, cerca de la verja que da a la calle Menéndez Pelayo, hay otros “columpios” que son para gente más “talludita”:

Están en esta placita circular y parecen columpios, pero no.
 
Son aparatos de gimnasia, como este para dar pedales, que vale para dos personas.
 
Esos son más raros, pero para eso están las instrucciones.


Pero quizás lo más importante de esta zona de las vivaces sean unos árboles que han resistido no solo el paso del tiempo sino también la construcción del retiro en sí como parque. Nos referimos a las encinas que son de lo poco que queda del bosque natural que era lo que había aquí hace cientos de años.

Ahora las encinas podemos verlas a los bordes de estos paseos de losetas por los que sube Diego no sin esfuerzo.
Este paisaje ya se parece más al bosque salvaje que aquí hubo. Solo que antes no había bicis.


La encina es un árbol típico de nuestra zona que podemos encontrar en la Casa de campo o en el monte de El Pardo, así como en toda la sierra de Madrid. Es típico de toda la zona mediterránea, no solo de España sino del resto de Europa. En Extremadura se cultivan en las fincas llamadas dehesas y las bellotas son comidas por los cerdos en libertad. Son los famosos “cerdos ibéricos”. El nombre científico de la encina es Quercus ilex.

La corteza se va agrietando a lo largo de los años y envuelve una madera muy dura.
Las hojas son también muy duras y con los bordes ondulados y espinosos, aunque las de las ramas altas no tienen espinas. Son perennes, durando en el árbol entre dos y cuatro años. Por debajo tienen una pelusilla blanquecina.
Las bellotas son dulces (también las hay amargas) y harían las delicias de los cerditos. Aquí se las comen las ardillas.


Y si queremos salir de la zona por otra puerta que no sea la de Dante, podemos hacerlo por la del niño Jesús, también llamada “Puerta de Pacífico”:

Esta puerta se llama ahora del Niño Jesús, pero antes se la conocía como “de Pacífico” y da justo a la Plaza del Niño Jesús, dentro del barrio del mismo nombre.


Cerca de la puerta nos llama la atención un ejemplar de liquidámbar de los que hablaremos al ver los que hay en la entrada por la Puerta de Alcalá.

Pequeño liquidámbar junto a la verja de esta puerta que da a la Plaza del Niño Jesús con sus típicas hojas palmeadas con cinco puntas o “foliolos” y con los bordes dentados como una sierra.


Y aquí acaba la visita a esta zona llamada “Jardín de las Plantas Vivaces” más conocida como “la Rocalla” por todos los jardineros y podadores del parque. Y es que vivaces, lo que se dice “vivaces” no hay apenas, salvo el acanto. Para mí lo más destacable de la zona son algunos árboles y arbustos exóticos y, sobre todo, que se conserva todavía el bosque de encinas que durante siglos fue el paisaje natural de este entorno.

Como siempre os ponemos un mapita donde están las cosas más importantes para que las podáis localizar mejor cuando vayáis por aquí. Mejor dos: uno tradicional y otro sacado de Google Maps, donde se ven las cosas en foto.

El punto 1 queda enfrente de la entrada a los viveros, el 2 y el 4 son zonas cerradas dedicadas para uso exclusivo de los jardineros, el 3 es el Area Canina, el 5 es la puerta de Mariano de Cavia, el 6 el Centro Cultural La Cabaña, el 7 el kiosko, el 8 la puerta de Dante, el 9 el estanque, el 10 la secouya y el 11 la puerta del Niño Jesús.
Y aquí el de Google Maps, donde se ve la cruda realidad.

 

Nota: Todas las fotos de este capítulo son mías excepto la antigua de mis papis y mi tío que la haría un fotógrafo de los de antes. Bueno la de D. Mariano de Cavia la saqué de Wikipedia, que conste.

 

Jardín Vivaces
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