La Rosaleda

 

A mí la Rosaleda del Retiro siempre me ha parecido un sitio mágico. Bueno casi mejor un sitio “místico”. Sí, porque cuando iba de pequeño ya sabía que las rosas eran flores preciosas, que olían muy bien pero que no se las podía ni tocar. Solo oler con mucho cuidado. Y eso es lo que hacía cada primavera, olerlas y disfrutar de esos perfumes naturales, sencillos, que salían de esas flores casi sagradas.

Pero, ¿y los colores?. Llegar a la Rosaleda, entrar y ver esa cantidad de flores cada una de un color. Y es que las hay de todos los colores: blancas, rosas, malvas, amarillas, naranjas, rojas…

Y luego los arcos (que se llaman “pérgolas”) llenos de flores, y las fuentes y los paseos todos tan simétricos. Es como estar en un jardín de sueño. Que supongo es lo quería el que lo diseñó, que fue el famoso jardinero D. Cecilio Rodríguez, del que hablaremos más al llegar a los jardines que llevan su nombre. Como vivíamos en Embajadores y nos íbamos a pie desde casa, entrábamos siempre por la puerta que está después de subir la famosa “cuesta de Moyano” y que se llama “Puerta del Angel Caído”.

Foto panorámica hecha por mis amigos los podadores de altura desde una de sus gruas donde se puede ver toda la Rosaleda.
Mapa en la puerta principal donde se aprecia la simetría de estos jardines, así como el nombre de su diseñador, D. Cecilio Rodríguez.


Antes de la Rosaleda en este espacio había un “Estanque de patinar”, donde la gente patinaba sobre hielo en invierno. Pero como daba bastante el sol el hielo duraba poco, así que este estanque se pasó a un sitio más sombrío como es el Campo Grande (entre el Estanque y la Rosaleda) y en su lugar se puso un invernadero gigante (de los que se llaman “estufas”) para plantas exóticas. Lo donó el Marqués de Salamanca, que lo tenía en su palacio del Paseo de Recoletos.

La estufa del Marqués de Salamanca, que fue donada al Retiro, estaba al fondo de la Rosaleda. Las piezas de hierro forjado las hicieron en Londres y las montaron aquí.


Todo esto sucedió en 1876 y la estufa se mantuvo hasta 1930, pero lo que es ya la Rosaleda se empezó a construir en 1914, que fue cuando el Ayuntamiento se la encargó a D. Cecilio Rodríguez, el cual se fue a París para coger ideas. Con tan mala suerte que le sorprendió allí nada menos que la Primera Guerra Mundial. A pesar de todo pudo cumplir su misión y traer un proyecto de jardín e incluso rosales para plantarlos.

Como las guerras y las rosas no se llevan bien, la Rosaleda se destruyó en la guerra civil y tuvo que ser reconstruida y replantada en el año 1941 con otros cuatro mil rosales.

Así era la Rosaleda en los años sesenta. Esta postal la compraríamos mi madre y yo o en el Rastro o en la calle Arenal, sitios donde nos proveíamos de postales para mis trabajos de Geografía.


Un sitio así se presta muchísimo a las fotos, pero no solo de las rosas sino de la gente, sobre todo si se acaban de casar como les ocurrió a mis papis:

Que aquí posan para el fotógrafo justo ese día, en un banco de los de hierro y madera y al lado de uno de los setos de la propia Rosaleda. Observareis que no llevan traje de novios, pero es que la economía no daba para esos lujos.


Más adelante también mi abuela, mi tía, mis primos y yo mismo fuimos inmortalizados por el fotógrafo de turno:

Mi abuela Presenta (de “Presentación”, ¡vaya nombrecito”!), con mis primos Andresín, Susi y Pili.
Mi tía Pilar se acerca a mi prima Pili y a mí, sentados en el empedrado.


Esta es la zona del llamado “Paseo del Uruguay” que va desde el Angel Caído hasta la Puerta de Granada por la que se sale a la Plaza del Niño Jesús.

Al fondo de este Paseo del Uruguay se puede adivinar, entre los castaños, la fuente del Angel Caído.
Y este es el mismo paseo pero visto justo desde esa plaza.


En este paseo de tierra y utilizando los troncos de los árboles como postes se suelen organizar partidillos de fútbol en los que a veces Diego ha participado. Pero eso es en vacaciones o fines de semana. A diario un grupo de jubilados lo utiliza para jugar a la petanca. Hay un par de fuentes para beber agua y/o “ducharse” en cuanto te descuides.

Veteranos jugadores de petanca en esta zona de arena que es ideal para jugar. Al fondo vemos los caballos de la Policía Municipal y el camión donde los transportan.
Una de la fuentes al lado de setos donde de vez en cuando hemos jugado al fútbol, aunque no es lo mejor para la vegetación...


Viniendo del Angel Caído encontramos unos setos donde enseguida vemos la estatua dedicada al gran maestro Chueca (Madrid 1846-1908), muy de moda no solo por sus zarzuelas sino por la plaza y el barrio que llevan su nombre. Pero su fama le llegó por ser el autor de la música de zarzuelas tan conocidas como “La Gran Vía” o “Agua, azucarillos y aguardiente”, aunque en realidad él iba para médico.

Este busto lo compró en el Rastro el propio Cecilio Rodríguez y fue esculpido por el escultor catalán Pedro Estany, como puede leerse en la parte derecha de la base.

El banco en primer plano, después la estatua de Chueca y detrás un olivo, una fotinia, unos pequeños pinos piñoneros y, sobre todo unos enormes pinos carrascos.
Así es de cerca el busto de este importante músico madrileño. Está hecho en piedra caliza y le representa cuando ya era mayor.


En los alrededores destacan una serie de pinos, de los llamados “carrascos” (Pinus halepensis), que significa “pino de Alepo” que es una ciudad de Siria donde hay muchos. Estos pinos son altos, sobre los 20 metros, y los troncos tienen la corteza blanquecina, sobre todo cuando son jóvenes. Luego se va haciendo más pardo-rojiza. Se distinguen muy bien porque su copa es irregular y algo dispersa, al contrario que los piñoneros que la tienen bastante redondeadita. Las piñas son diferentes a las de éstos, más alargadas, pero también tienen piñones que se pueden recoger por la zona en otoño. Es sí, solo los producen cada dos años, lo que pasa es que como en la Rosaleda hay unos cuantos, si no es uno es otro el que los tiene, así que siempre los hay. Son oscuros y tienen unas alitas como membranas que sirven para que el viento los aleje del pino y que nazcan otros.

La madera no es demasiado buena pero se utiliza para hacer cajas de embalar, traviesas de tren y como combustible. Sin embargo su resina es muy apreciada y se usa (sobre todo en Grecia) para dar aroma a los vinos y también para obtener una sustancia disolvente como es la esencia de trementina.
Su corteza es muy rica en taninos, así que es utilizada para curtir cueros y también para teñir telas.
Estos pinos carrascos son bastante fuertes, crecen rápido y les gustan los suelos calizos, resistiendo muy bien la sequía. Pueden vivir hasta 200 años, lo que no está nada mal.

Este ejemplar que está al lado del seto que rodea la Rosaleda, cerca de la estatua de Chueca, es uno de los más admirados. De hecho lo consideran “árbol singular” dentro de la “senda botánica”. Mide más de 20 metros y su tronco tiene una circunferencia en la base de 4,10 metros, que no está nada mal.
   
Aparte del considerado “singular” también hay otros buenos ejemplares de pinos carrascos, como éste, por ejemplo.
O este otro, al que el viento le ha hecho quedarse un poquito torcido.


Siguiendo la llamada “senda botánica” encontramos otros interesantes ejemplares de árboles y/o arbustos.

Las fotinias con sus hojas alargadas y algo arrugadas que cambian de rojizas a verdes y sus pequeñas flores en forma de paraguas, son frecuentes en los setos de la Rosaleda.


Destacan las fotinias (Photinia serrulata) de las que hay varias grandotas y centenarias, injertadas en troncos de membrillos, según me dice mi amiga Isabel de los “Puntos de Información” del propio parque. El nombre en latín significa “reluciente aserrada” por la textura de sus hojas que cuando empiezan a salir son rojizas y luego se van haciendo verdes. Las flores son blancas, pequeñas y salen en grupos con forma de “paraguas”. Los frutos son pequeñas esferitas carnosas de color rojo y salen a principios de otoño. Estas plantas son orientales y provienen de China, Japón y también de la isla de Formosa.

Otro matorral de esta zona incluido en la citada “senda botánica” es el durillo o Viburnum tinus, que significa “atar” (por sus ramas flexibles que sirven para eso) y “laurel” por el parecido de sus hojas.

Por cierto son muy amargas y se utilizaban antes cociéndolas para bajar la fiebre. Sus flores son parecidas a las de las fotinias, pero sus frutos son ovalados y de color azul oscuro (casi negro) con poca carne y un hueso en el centro. De todas formas los pájaros se los comen en el invierno.

Matorral de durillo junto a la carretera que bordea la Rosaleda. Efectivamente las hojas se parecen un poco a las del laurel y las flores, cuando empiezan a salir (como pasa en la foto) son un poco rasáceas.


El bonetero es otro de los arbustos de esta parte de la senda botánica cuyo nombre le viene porque sus frutos (de color anaranjado) tienen cuatro partes que sobresalen y parecen el “bonete” de un cura. Por eso en latín se le llama Euonymus europea que significa “el bien nombrado de Europa”, ¡ahí es nada!. Hay que tener cuidado con sus frutos, porque en pequeñas dosis son purgantes y pueden ayudar a vomitar, pero si te pasas resultan muy tóxicos. Las flores son pequeñas, blancas o verdosas y en racimos. El carbón que sale de su madera quemada se usaba para hacer pólvora.

Ejemplar de bonetero, en la misma zona que el durillo. Sus hojas son más anchas pero también son muy brillantes por la cera que las recubre.


En esta zona más cercana al Angel Caído hay otra estatua dedicada a D. Manuel de Tolosa Latour, médico que dedicó su vida a la protección de la infancia. Nacido en Madrid en 1857 estudió Medicina y se especializó en Pediatría escribiendo libros sobre la especialidad, siempre en defensa de los menores. Sobre todo se preocupó y ocupó de los niños enfermos y necesitados, impulsando la creación de hospitales infantiles como el de Chipiona y otros que se llamaron “marítimos” por utilizar las propiedades curativas del mar y del sol. Fue Secretario General del Consejo Superior de Protección a la Infancia y la ley que fue aprobada en este sentido se llamó “Ley Tolosa”. Otros cargos fueron los de Subinspector Jefe de la Inspección Médico-Escolar del Estado y Secretario del Tribunal Tutelar de Menores.

Casado con una importante actriz de la época, era apasionado de la literatura y del teatro, destacando su amistad con escritores y dramaturgos, sobre todo con D. Benito Pérez Galdós de quién fue íntimo amigo, tanto que el doctor aparece con otro nombre en varias obras de éste. Hace poco tuve ocasión de ver una carta manuscrita de Tolosa a Galdós felicitándole por su obra teatral “Electra”.

Pero sobre todo es muy de destacar su labor como defensor de los niños y también de las madres, que en estos finales del XIX y principios del XX estaban bastante abandonados. Murió de repente en su casa de Madrid en 1919.

Monumento y detalle del busto de D. Manuel Tolosa Latour, realizado en piedra caliza por el escultor D. José Pascual Ortells en 1925. La madre y el niño son la mujer y la hija de Tolosa, que el escultor tomó como modelos.
   
A los lados aparecen estas inscripciones donde se cuentan los datos biográficos y los logros más importantes conseguidos por este benefactor de la infancia.


Y siguiendo con las estatuas, al otro lado de la Rosaleda encontramos la de D. Miguel Moya Ojanguren, fundador de la Asociación de la Prensa de Madrid para proteger a los periodistas de la situación difícil en que se encontraban. Nació en Madrid en 1856 y fue abogado pero sobre todo periodista, llegando a dirigir diarios de la época tan importantes como “El Liberal”, “El Imparcial” y “El Heraldo de Madrid”, entre otros. Falleció en 1920 y, siete años más tarde, el periodista D. Torcuato Luca de Tena, director de ABC, sufragó la mayor parte de los gastos de esta estatua que encargó al gran escultor D. Mariano Benlliure.

Inaugurada en 1928 y montada sobre una base de granito, aquí tenemos la estatua de D. Miguel Moya protegiendo a dos periodistas anónimos que representan a toda la profesión. El escultor Mariano Benlliure utilizó bronce para estos y piedra caliza para la del protagonista. Al principio había una verja de hierro para protegerla pero ahora hay un simple seto de boj que la rodea, así como dos cipreses detrás.


Cerca de este monumento hay algunos álamos blancos así como un enorme aligustre.

Alamos blancos (Populus alba) dando sombra al citado señor Moya. En primer plano se ven unas ramitas de pinos piñoneros.
Enorme aligustre (Ligustrum japonicum) que normalmente se usa como seto, aunque aquí sean de boj.


También cerca vemos un ejemplar muy curioso del llamado “Árbol de Júpiter”, en latín Lagerstroemia indica, que proviene de China y cuya madera se utilizaba allí para construir barcos o utensilios muy bien pulidos. Sus flores rosas son muy bonitas y su tronco es espectacular por lo retorcido.

Arbol de Júpiter con su tronco tan retorcidillo él, pero a la vez tan fácil de pulir.


Aunque parezcan tejos no lo son: son “cefalotejos” (Cefalotaxus harringtonia) los cuales tienen unos frutos en forma de nuez que les vienen muy bien a las ardillas que hay por la zona.

Al lado de la carretera del paseo de Fernán Núñez hay unos cuantos cefalotejos como este.


Más abundantes son una serie de pinos piñoneros que están alrededor de la Rosaleda en sí misma y que tienen la ventaja de que podemos ver y tocar sus piñas y piñones porque todavía no son muy altos:

Pino piñonero pequeño en los jardines que bordean la Rosaleda y, a la derecha, botes de hojas nuevas. En la base del pino, a la izquierda, se ve un pequeño “bultito”, que ahora os diré lo que es.
Estas son piñas del pino piñonero ya abiertas (o sea, sin piñones) y al lado los saquitos de polen de color marrón que cuando los mueves sale ese polvillo amarillo que es eso: polen.
Y este es el”bultito” que antes apenas se veía en la primera foto. Es un pájaro carpintero verde y macho, porque la mancha debajo del ojo es roja y no negra como pasa en las hembras.


Y en esos pinitos tuve la suerte de ver un pájaro carpintero verde o pito real (Picus viridis) que se dejó acercar ante mi sorpresa y mi alegría. Me da la impresión que se trataba de un pollito o bien un adulto que estaba cansado por el calor. Estos pájaros son frecuentes en el Retiro y es fácil verles y más aún oírles porque su canto se escucha desde bastante lejos.

También podemos oír los golpes que dan sobre la madera de los troncos para saber por el sonido si hay larvas para comer. O bien para hacer su nido que, como todo el mundo sabe, es un agujero en el tronco de un árbol. Allí ponen de 5 a 7 huevitos de los que saldrán los pequeños pájaros carpinteros. Comen insectos, ya sean adultos o larvas, sobre todo hormigas, pero también pueden comer lombrices, caracoles o incluso semillas y frutos. Para sacar las larvas de la madera tienen una lengua bastante larga -10 cms.- que además es pegajosa.

Pero lo mejor de la Rosaleda es ella misma, es decir, el jardín donde están las rosas. Las hay de todos los colores, tamaños, olores… En fin, meterse aquí en primavera es todo un lujo de sensaciones.

Las pérgolas repletas de rosas son toda una sinfonía de colores y olores. Queda un poco cursi pero es así.


Hay dos tipos de rosales, los antiguos y los modernos y dentro de cada grupo una serie de ellos que cada uno se llama de una manera. Los nombres los tenéis en una de las puertas (ver la segunda foto de este capítulo) y también en unos azulejitos al lado de cada rosal.

Por ejemplo este rosal francés que se llama “Tequila 2003” y pertenece al grupo “Floribunda” tal y como pone en el azulejo. A la derecha una de sus preciosas rosas.
   
Desde los años 40 hasta ahora los rosales florecen cada año. No es la misma pérgola ni la foto es tan romántica, pero las rosas siguen ahí, inundando el ambiente con sus olores y alegrando la vista con sus colores.


Ahora os vamos a deleitar con una serie de fotos que podríamos llamar “paisajes de la Rosaleda”:

   
   
Un paseo por este jardín en primavera es toda una sensación de armonía, a la vez que una explosión de color. Los conjuntos de rosas son como fuegos artificiales estáticos, silenciosos y olorosos…


Nos acercamos más para ver algunas matas de rosas:

   
   
   
En pérgolas o en matas, las rosas son las rosas, no importa el color ni la forma.


Y para terminar de extasiarnos, ahí van una serie de rosas “sueltas” que no en vano son el símbolo del amor:

   
¡Qué lástima que no les podamos poner olor!


Una vez que nos hemos deleitado con las rosas, nos fijaremos en otras cosas que hay dentro de la Rosaleda, como son las fuentes. Hay dos, mejor dicho tres, ya que en el estanque central también las hay, pero con estatuas tenemos la del Fauno y la de Cupido.

Nada más entrar por la puerta que se supone principal, donde están los mapitas y cartelitos explicatorios, nos encontramos con la fuente de Cupido que, lógicamente, le representa con sus alitas, su arco y sus flechas… En fin completo él y dispuesto a hacer de las suyas con las parejitas que se acerquen por la zona.

La fuente de Cupido rodeada de setos y rosales.
La pileta, con Cupido en todo lo alto.
   
A este patito le gustaron las rosas...y el agua de la fuente.
   
Cupido de lado, con sus alitas y el estuche de las flechas.
Estos son los mascarones. Que feos, ¿no?


Esta fuente quizás fue traída por el propio Cecilio Rodríguez al principio, aunque no se sabe con seguridad. Es de piedra caliza y representa a Cupido sobre unas rocas dispuesto a hacer lo que él sabe… Debajo hay cuatro mascarones por cuya boca sale agua, menos cuando hicimos las fotos. Alrededor hay un seto de boj y, por supuesto, unos rosales.

Si seguimos caminando en línea recta encontraremos el estanque, que es de granito y tiene forma de cruz, estando situado justo en la zona donde estaba la estufa del Marqués de Salamanca que contábamos al principio. Está un poco sobreelevado del resto de la Rosaleda y tiene cuatro zonas de tierra (dos circulares y otras dos cuadradas) donde se ponían plantas acuáticas en la primitiva estufa. Como en todas estas fuentes y estanques el agua circula gracias a una bomba y se cambia de vez en cuando.


Esta panorámica del estanque también se la debemos a mis amigos los podadores de altura que la hacen desde allí, desde las alturas. Queda precioso, ¿verdad?
 
Es más bonita la foto de la postal del principio, pero esta es actual aunque tampoco estaba puesto el surtidor de agua del centro. Si podemos ver los setos de boj y los rosales empezando a dar flores y, si nos fijamos bien, un pato al fondo a la izquierda de los que suele haber en este pequeño estanque.


Más adelante, y siempre en línea recta desde la entrada, nos encontramos con la fuente del Fauno que es muy parecida a la de Cupido, o sea que deben ser de la misma época y quizás del mismo autor, aunque esto no se sabe con seguridad.

   
Vemos aquí a nuestro amigo el fauno con sus pezuñas y algo debajo del brazo izquierdo, que podría ser un saco o algún animal. También es de piedra caliza y en su base hay cuatro cabezas de delfines cuyas colas se entrelazan y entremedias otros tantos mascarones de leones, todos ellos con sus chorritos por los que sale agua (menos en el momento de hacer la foto, claro).

 

Y en el otro eje de la elipse que forma la Rosaleda nos encontramos otros dos pequeños monumentos que consisten en unos jarrones de fruta prácticamente idénticos:

Parecen iguales y lo son, con la misma historia que las fuentes, y también de piedra caliza. Se pueden ver un montón de frutas: manzanas, plátanos, uvas, etc.


Y como no hemos dicho nada del seto que rodea la Rosaleda, lo decimos ahora. Es un ciprés de California (Cupressus macrocarpa) lógicamente podadito y reducido a seto, porque de por sí es un árbol. Se distingue del ciprés normal porque los frutos de este son mayores, de ahí su “apellido” macrocarpa que significa “frutos grandes”. Si frotáis las hojas veréis que tienen un cierto olor a limón. También recordar (porque lo hemos dicho unas cuantas veces) que los setos de dentro son todos de boj.

Seto de ciprés de California que rodea todo lo que es la Rosaleda en sí.
Ya dentro, los setitos que hay por todas partes son de boj.


Este es el “cogollo” de la Rosaleda, pero nosotros hemos incluido en esta zona la que hay cruzando el paseo de Fernán Núñez a la altura del punto de Información que está en una de las casetas que había en la Chopera para alquilar bicicletas.

Esta caseta es una de las dos que había en la Chopera y donde se alquilaban bicis. Ambas han sido remodeladas y modernizadas para que sirvan de punto de Información, junto con la Casita del Pescador.


Junto a la caseta hay unos aparatos para hacer ejercicio, normalmente la gente mayor, y unos columpios para niños:

Estos aparatitos de gimnasia tan modernos (a la sombra de un almez) sirven para que los abuelitos/as (o quién quiera), se ponga en forma.
Y estos columpios a la sombra de los pinos hacen las delicias de los niños y niñas que se acercan por aquí.


Y ya que hablamos del almez y de los pinos, no podemos olvidar el enorme pino carrasco que hay en esta zona:

Enorme y precioso pino carrasco al lado del almez, más bajito pero también más frondoso.


Justo enfrente de todo esto está la zona que corresponde al llamado “Castillo de Telégrafos” que vamos a incluir aquí.

El nombre le viene de que tiene el aspecto de un castillo medieval con sus torres que mandó construir Fernando VII como un capricho más de los suyos para deleite de sus hijas. En 1887 pasó a depender del primer Servicio Meteorológico que puso una torre de telegrafía óptica que mandaba señales a una estación del Cerro de los Angeles. Estó duró poco al inventarse la telegrafía eléctrica y luego la telefonía.

¿Sería por torres? En este grabado y foto podemos ver como era el "capricho" original.
 
En esta foto hay menos torres pero se ven mejor las ventanas en ojiva, alguna abierta de par en par.


El castillo ya no usa, pero sería bonito que se rehabilitara; de momento se han limitado a poner un cartelito con la historia, bastante bien contada, eso sí:

También han tapado lo que fueron ventanas mediavales con ladrillos.
 
Este es el cartelito con la historia y fotos de época.
 
Por la parte de atrás es así, con más ventanas de ladrillos. El coche es de uno de los trabajadores, no del castillo sino del edificio de al lado.


En esta zona había un estanque donde la elefanta Pizarro, que vivía en la Casa de Fieras, se bañaba todos los días. La sacaba de su jaula un tal señor Cavanna que provenía del circo. Y cuando no estaba les dejaban bañarse a los perros, y ellos encantados, sobre todo en verano.

Vemos aquí a estos canes disfrutando de los lindo gracias a la piscina de la elefanta


Más a la izquierda hay dos edificios que corresponden al actual observatorio del AEMET (Agencia Estatal de Meteorología), desde donde se realizan mediciones diarias de temperatura, humedad, presión atmosférica, lluvia, viento y hasta radiación solar. Estos datos y los del existente en la Ciudad Universitaria se utilizan sobre todo para los pequeños aeródromos cercanos a Madrid.

Este es el Observatorio del AEMET donde trabajan los meteorólogos.
 
Y este es otro que está al lado y donde parece que se van a trasladar.


Entre ambos están los aparatos de medición, dentro de vallas metálicas, pero rodeados de vegetación:

Dentro de esta especie de “jaula” de tela metálica están los aparatos que sirven para medir los fenómenos atmosféricos de esta zona de Madrid.


Este jardín está lleno de vegetación que va desde los pinos carrascos a las palmeras de Fortune pasando por árboles del amor, fresnos, encinas, almeces, durillos, fotinias, rosales e incluso laureles.

Este cedro por fuera y el pino por dentro son los ejemplares más altos de la zona.
   
   
El fresno y el almez son más bajos y sus hojas tienen cierto parecido, aunque las del primero son más largas.


La verdad es que la zona es mucho más “boscosa” de lo que parece y, desde luego, está poco transitada excepto por el personal del Observatorio que entra y sale de su trabajo.

El durillo es todavía más bajito, pero su aspecto es agradable con sus hojas verde oscuro y sus pequeñas flores blancas en ramilletes. Este está más “florido” que el de la senda botánica del principio de este capítulo.
 
Las Palmeras de Fortune también están presentes aquí.
   
Al igual que el modesto y resistente laurel.


Pero más resistentes aún son las encinas, que eran los árboles del bosque que cubría ésta y todas las zonas del Retiro y de la región.

Unas cuantas encinas de tamaño considerable ponen la nota de autenticidad en el jardín del Observatorio.


Y ya que hemos incluido esta parte en la Rosaleda, os enseñaremos algunas rosas que también crecen por aquí:

Por ejemplo éstas, de un rojo púrpura, que crecen dentro de la citada "jaula".


A mí esta zona siempre me ha parecido curiosa porque poca gente sabe que existe esto en el Retiro. Se me ha hecho algo misteriosa de visitar, como si fuera medio prohibido, pero merece la pena darse una vueltecita por aquí. Veremos a ver cómo queda después de las obras, sobre todo si se restaura el famoso y "caprichoso" castillo.

Y ahora os ponemos todo lo más importante en un mapita:

En el punto 1 está el monumento a Chueca, en el 2 el pino carrasco singular, en el 3 el monumento a Tolosa Latour y en el 4 el de Miguel Moya. Luego, ya dentro de la Rosaleda, los puntos 5, 6 y 7 son la fuente de Cupido, el estanque central y la fuente del Fauno. Los números 8 y 9 son los jarrones de frutas, el 10 el punto de Información y el 11 el Observatorio Meteorológico.
 
Nuestros amigos de Google nos ofrecen esta panorámica mucho más real.

 

Nota: Casi todas las fotos de este capítulo son mías salvo la de la postal y las de mis papis que se las haría un fotógrafo ambulante de los que iban por el Retiro en esa época. Bueno y la primera de la Rosaleda desde arriba y la del estanque, que la hicieron mis amigos los podadores de altura. ¡Ah! y la de los perritos bañándose en el estanque de la elefanta que me la pasó mi amigo Javier de la Puente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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