La Casa de Fieras

 

Ir al Retiro me gustaba, pero cuando además entrábamos a la Casa de Fieras la cosa era “muy fuerte”, como se dice ahora. Y no es que las instalaciones fueran nada del otro mundo. Eran de éste, y además un tanto precarias y pobretonas, como era todo en esos tiempos.

Pero a mí me parecía una gran aventura, era como hacer un viaje no solo a África, sino al Polo, al desierto, a la sabana... a todos los sitios de donde procedían los pobres animalitos que allí sobrevivían.

La primera “Casa de Fieras” no fue ésta, sino otra situada junto al Jardín Botánico, creada por el rey Carlos III para mostrar a los madrileños animales tanto de Sudamérica como de Europa, Asia y África. Después de la Guerra de la Independencia el rey Fernando VII la trasladó al Parque del Retiro.

Por aquí se entraba a la “Casa de Fieras”, que es la misma entrada que hay ahora, solo que ya no se llama así.
   
La puerta sigue siendo igual, pero ahora el sitio se llama “Jardines del Arquitecto Herrero Palacios”.
Y aquí le tenemos al señor arquitecto, que fue Jefe de Parques y Jardines de Madrid entre 1960 y 1983.
   
El león y la leona siguen estando igual, aunque al primero los árboles le tapan un poco.


Nada más entrar a la izquierda, estaban los leones, los pobres sin sitio, en una pequeña jaula con el suelo de cemento y que olía… Bueno pues a tigre, aunque fuesen leones. De todas formas a mí me encantaba mirarlos y, sobre todo, al final de la tarde, cuando se ponían a rugir. ¡Que rugidos! Se oían hasta fuera del Retiro. Aprendí a imitarlos y hasta hoy si me pongo creo que me podría salir algo parecido.

En esta foto se ven las jaulas de los leones. Creo recordar que también había un par de hienas, que también tendrían su peculiar “olorcillo”…
Este pobre león sacaba su inocente zarpa de su estrecha y “olorosa” jaula.


Luego estaban los osos polares, muertos de calor en verano, en una fosa con un pequeño estanque donde se bañaban, aunque la mayor parte del tiempo lo pasasen dando vueltas por el poco sitio que tenían, siempre de la misma forma, siguiendo sus propios pasos. Había uno que tenía un colmillo por fuera, seguramente de alguna pelea entre ellos. Les echábamos trozos de pan que solían comerse, a veces cogiéndolo en el agua.

Los tres osos se confunden con los de piedra que había en su instalación y que ahora están de adorno en un paseo.
En esta foto están dos de ellos sentados, uno al borde del agua, pidiendo pan, cacahuetes o cualquier cosa de comer, que muchas veces cogían al vuelo.


Pero antes, por los años 20, los osos blancos estaban en unas pequeñas jaulas:

No es de extrañar a que a este cuidador, al que llamaban "el catalán", le agrediera uno de ellos.


Luego se hicieron otras jaulas parecidas pero con algunas rocallas para darle el aspecto de "gruta", y se metieron allí a dos pobres osos pardos que enloquecían, como es lógico. De todas formas solían aceptar los trozos de pan duro que les echábamos.

Esta es una de las dos “grutas del oso”. Entonces no había ese duendecillo tocando la flauta.
Y así era por dentro la “gruta”. No me extraña que el pobre oso se volviera loco en un sitio tan pequeño.
   
Más bonita es esta otra con el cedro que pasa sus ramas por encima, pero igual de pequeña.
Esto más parece una celda medieval y eso que aquí está recien pintada.


Después, en esa misma zona, hicieron un foso donde pusieron monos. Esos tenían mejor suerte porque por lo menos había cierto espacio y podían hasta trepar por las cuerdas colgadas de palos que pusieron. Allí vivían relativamente bien a pesar de las golosinas que mucha gente les echaba y que comían sin darse cuenta que les podían hacer bastante daño. Se convirtieron en una de las estrellas del zoo, bueno, de la “Casa de Fieras”.

Daba gusto ver a estos monos (que eran babuinos) subir y bajar por las ramas del arbol seco que les pusieron.
Allí mismo había algunas jaulas con pavos reales y un par de chimpancés.
 
 
En la actualidad el foso de los monos se ha convertido en una especie de museo tanto de sí mismo como de otras instalaciones del antiguo zoo, con siluetas de los animales y carteles con fotos antiguas, algunas de las cuales hemos reproducido.


¡Pero la estrella de verdad era el elefante! Hubo varios, pero el más famoso de todos fue “Pizarro”, una hembra (a pesar del nombre) que fue traída a Madrid para participar en las luchas de animales que entonces se hacían en las plazas de toros. Después “trabajó” como atracción de feria: la enseñaron a abrir botellas de vino con la trompa y beberse su contenido…..Un día arrancó la cadena que la sujetaba y salió a la calle entrando primero en una bodega, seguramente atraída por el olor del vinillo. Después de beber a sus anchas, se fue por la calle Alcalá hasta el Horno de San Onofre (entonces en la calle Velázquez) donde se puso a comer panes y pasteles hasta que los guardias consiguieron llevarla de nuevo a su jaula. Vivió hasta 1873, año en que murió de una indigestión seguramente producida por las chucherías que la gente le daba.

Este es el famoso “Pizarro”, el elefante/a que más ha pasado a la historia de la casa de Fieras.


Otra elefanta famosa fue “Julia”, que era a quién yo le daba trozos de pan y cacahuetes subido en los hombros de mi papi. Eso sí, en cuanto te descuidabas te hurgaba con la trompa en los bolsillos para quitarte caramelos, azucarillos o cualquier cosa que se pudiera comer.

Y aquí teneis a “Julia”. El niño que le está dando de comer no soy yo, pero podría haberlo sido.


También la jirafa, que estiraba su cuello para coger la comida que le dábamos, era otra de las atracciones:

Las jirafas veian desde su jaula las casas de la calle Menéndez Pelayo.
Para transportarlas, el sistema era de lo más rústico: caseta de madera atada con cuerdas a un camión.


Y los camellos, aunque en realidad fuesen dromedarios, o sea, con una sola joroba:

Darle de comer al dromedario era sinónimo de terminar con la mano llena de saliva del animalito.


A mí me encantaban las cabras, que se subían en la red de la jaula y se las podía acariciar a la vez que le dábamos los consabidos trozos de pan duro. También había antílopes, cebras, creo que algún “ñu”, canguros, etc. Y animales pequeños, como conejillos de indias, que estaban en una jaula al final de los leones y osos, y a los que era muy divertido observar. Y luego había una gran jaula de aves rapaces con buitres, águilas, cóndores, etc., la cual se reprodujo y está ahora en el Zoo de Madrid, adonde se trasladaron todos los animales en el año 1972.

Esta es la antigua jaula de aves rapaces de la Casa de Fieras.
 
Jaula de rapaces en el Zoo de Madrid. Aunque últimamente le han hecho algunas reformas, como es poner tela metálica más fina en esos paneles de madera, lo cierto es que la estructura es la misma que la que había en la antigua Casa de Fieras.


La “Casa de Fieras” fue reformada en 1921 bajo la dirección del famoso jardinero mayor D. Cecilio Rodríguez, cambiándose las jaulas por otras más modernas, a la vez que se hicieron nuevos jardines. De esta época son los arcos del paseo central, así como las plazoletas con cerámicas de vidrio y el estanque de los patos (con casita incluida) que está próximo a los jardines que llevan el nombre de este ilustre jardinero. Más tarde, después de la guerra civil, se hizo otra reforma para reparar los daños que la contienda dejó también en esta zona del parque.

Así era la zona antes de la guerra.
Y así está ahora, con los mismos arcos florales de rosas que adornan y perfuman lo que era el paseo central de la antigua “Casa de Fieras”.


Nada más entrar, a la derecha, nos recibe una plazoletita de cerámica que es una maravilla, como se puede ver:

Las ramas por el suelo son por una tormenta que la tomó con un cedro que está detrás.


Y a la izquierda vemos dos abetos de Masjoan (Abies masjoanni) como el que hay al final de esta zona, al lado de los estanques de patos, y del que luego hablaremos por ser el más emblemático.

Desde luego que son "arbolitos" impresionantes.
 
Así son las flores masculinas, de colores violeta en sus extremos.
Y gracias que pudimos fotografiar esta piña, por cierto bastante pequeña para el tamaño del abeto.
   
Después de las obras, los abetos se salvaron de milagro, porque donde estaban los tigres, los leones, los osos, etc., ahora hay esta moderna y reluciente Biblioteca.
   
Detalles de la nueva fachada, donde los únicos leones que quedan son estas cabezas de piedra.


Al lado hay un primer estanque, donde a Diego le encantaba ir a dar de comer a los patos:

Aquí hemos ido muchos días toda la familia a alimentar a los patitos.
   
Uno blanco y otro negro, con el pecho blanco.
Este patito venía rápido al “restaurante”.


Justo alrededor hay unos pequeños arbustos, que pertenecen a la especie Mahonia aquifolium:

Aunque puedan parecer acebos por los pinchitos de las hojas, en realidad son mahonias de flor amarilla, aunque aquí no las tengan.


La zona está rodeada de árboles y arbustos como son los cedros, algún abeto, enebros, encinas, magnolios, aligustres, tuyas orientales y las fotinias, que están pegaditas al estanque:

Enorme fotinia al lado del estanque, con sus pequeñas flores y hojas verdes brillantes y rojizas.


Alrededor del foso de los monos hay una serie de plátanos (concretamente ocho) llamados “de sombra” (Platanus hybrida) que realmente lo son, ya que la dan muy buena y muy agradable en verano.

Aquí teneis los ocho plátanos que rodean el antiguo foso de los mono. Y mi bici en primer plano.
 
Vistos de cerca, sus troncos son más que considerables.


Hasta un olivo podemos ver pegadito a donde antes estaban las jaulas de los leones y ahora la Biblioteca Municipal.

Olivo delante de la Biblioteca, aún en obras cuando hice la foto.
En otoño se pueden ver las aceitunas.


Al  fondo, justo en la esquina, vemos una fuentecita de las de “caño ducha”:

Con un magnolio al fondo y unos olmos detrás vemos esta fuentecita con la que podemos darnos alguna que otra "ducha" intentando beber.


Los olmos ya sabemos que, por culpa del hongo maldito (ver capítulo de Cecilio Rodríguez), están en peligro de extinción. Aquí hay unos cuantos que, de momento, se conservan bastante bien:

Olmos, bambues y magnolios en donde antes había unas jaulas con conejillos de indias que a mí me encantaba observar.


Hace unos años Diego y yo cogimos aquí una urraca que se había caido de un nido. La llevamos a casa y la cuidamos durante unos días, pero se puso malita y, aunque llamamos a Grefa para intentar salvarla, no pudimos hacer nada.

Esta es la que cogimos.
Y esta es una que pululaba por la zona.


Un poco más a la derecha, ya en la verja de Menéndez Pelayo, podemos ver unos ciruelos rojos o Prunus cerasifera pisardi atropurpurea:

Aunque el otoño no sea su mejor momento, aquí tenemos media docenita de ciruelos rojos.
 
¡Mejor están en primavera!
 
Cuando salen sus flores rosas con sus cinco pétalos cada una y esos larguísimos estambres.


Estos ciruelos proceden del Oeste de Asia, concretamente de la región del Caúcaso. Tienen unas flores color rosa pálido que salen en primavera antes que las hojas, que son de color rojo púrpura. Los frutos son pequeñas ciruelitas que no se pueden comer, claro. Esta variedad “atropurpurea” es la más usada en jardinería.

Retrocediendo un poco vemos unos matorrales de Berberis julianae, o agracejo chino:

En concreto dos que están empezando a disfrutar de la primavera.
Las hojas tienen "dientes" y las flores son pequeñitas y amarillas.
A este abejorro (Xylocopa violacea) le ha gustado el agracejo.


Al abejorro de la foto se le llama "carpintero" porque hace galerías en la madera donde las hembras ponen una docenita de huevos y una mezcla de polen y néctar que son como el "biberón" de las larvas.

El acebo no siempre tiene pinchos en sus hojas. Por ejemplo en las de arriba no les hace tanta falta puesto que los animales que se las comen no pueden subir tan alto.

Y eso es lo que le pasa a éste que se encuentra en esta misma zona. Podemos ver sus típicos frutos pero sus hojas no tienen los típicos pinchitos.


También por aquí hay un pequeño arbusto de agracejo rojo o Berberis thunbergii:

Este es un arbusto de origen japonés que tiene bastantes espinas, flores amarillas y frutitos rojos.


Desde el año 2011 se empezaron a plantar por aquí unos magnolios que se llaman "chinos" (Magnolia soulangeana), cuyas flores salen antes que las hojas, como le pasa a los almendros, ciruelos, manzanos, etc.

Son espectaculares y anuncian la llegada d ela primavera.


Estos magnolios chinos son híbridos de dos especies de magnolios: Magnolia denudata y Magnolia liliflora. Y la verdad es que han quedado muy bien porque las flores son espectaculares y llaman la atención; se parecen un poco a las de los tulipanes, ¿a qué sí?

Pero vayamos a la entrada del paseo principal, la que está bordeada por dos osos de piedra (o leones que no está muy claro el tema):

Los rayos de la mañana otoñal nos invitan a recorrer este paseo central de la antigua Casa de Fieras.


Sobre dos pedestales de granito dos osos de piedra caliza (que parecen leones) vigilan este paseo:

Si nos fijamos un poco veremos que son los mismos que estaban en el foso de los osos blancos.


Además de por las pérgolas con sus rosas, el paseo está jalonado por unos curiosos laureles en forma de conos redondeados:

Laurel podado en forma cónica, de los que abundan en este paseo.
Hojas del mismo algo secas, la verdad.


Enseguida veremos lo que se suele llamar “abeto rojo”, pero que en realidad es una “picea”, en concreto Picea abies, de las que ya os hablamos en los jardines de Cecilio Rodríguez.

Picea con sus características piñas caídas.


Y ese arbolazo que vemos detrás no es otro que un super-plátano de sombra que, la verdad, “asombra” por su tamaño.

Plátano de sombra con todas las de la ley, con su enorme tronco y sus hojas aún verdes a pesar del otoño.


Hay un árbol que también llama la atención por su altura y frondosidad, que es el arce negundo o americano:

Este banco parece hecho para sentarse a la sombra del arce, en verano, claro está.
Las hojas compuestas están un poco “chuchurrías” pero el tronco es impresionante con esos nudos que parecen de árbol de cuento.


Su nombre científico es Acer negundo y es un árbol que viene del centro y este de Estados Unidos. Este es el único ejemplar del Retiro que tiene hoja compuesta, los demás arces tienen la hoja simple.

La paulownia imperial (Paulownia tomentosa) se llama así por Anna Pawlownia, hija de Pablo I de Rusia. Es un árbol poco conocido, procedente de China y de las que hay varias en estos jardines. Tiene unas hojas grandes y casi triangulares y unas bonitas flores violetas en forma de campanillas de las que salen unos frutos redondeados y terminados en pico que terminan poniéndose marrones.

En la zona de los columpios, según se entra a la derecha, hay varias paulownias.
Hojas y frutos, primero verdes y luego secos y marrones.


Las “paulonias” tienen unas profundas raíces que filtran las sustancias contaminantes, por lo que pueden regenerar los suelos, así que para eso son estupendas. En la China antigua se plantaba una cuando nacía una niña y se cortaba cuando se iba a casar, para hacerle regalos con su madera. Pensaban que esto daba suerte al nuevo matrimonio. Bonito, ¿no?

En estos jardines hay varias zonas de columpios, la primera al entrar es justamente ésta:

A esta hora temprana de la mañana no había niños, pero luego tienen mucho éxito.
Diego y yo en el columpio de muelles.


Cerca podemos encontrar placitas donde descansar y tomar el sol es un placer:

En primer plano la higuera y, al fondo, el sauce llorón, los laureles, los plátanos, los cedros, etc. Lo que es un verdadero jardín, vamos.


Que algunos aprovechan para “hacer su vida”:

Como ejemplo tenemos aquí a este buen hombre que ha decidido pernoctar en estos lares.


El frío diciembre nos trae imágenes de acacias con sus algarrobas:

Aunque también se ve el verde, sobre todo de los cipreses, el invierno trae colores amarillos, naranjas o incluso rojizos.


Y de ginkgos que se nos ponen de un amarillo brillante:

Precioso y espectacular este ejemplar de Ginkgo biloba.


No es el caso del aligustre del Japón, Ligustrum japonicum, que se mantiene verde en invierno y da los frutos morados, que tan bien le vienen a no pocas aves para sobrevivir:

Aligustre con sus típicas hojas y frutitos morados.
   
Los mirlos y las palomas torcaces son algunos de los beneficiados de los frutos del aligustre.


En la parte derecha de los jardines hay un edificio de planta baja y paredes de ladrillo rojo que empezó siendo la casa del capataz de los jardineros. Ahora alberga las oficinas de los encargados del parque, así como a los de los jardineros, regadores, etc. Era, además, donde se cambiaban los Reyes Magos cuando llegaban de Oriente. La casita pequeña de al lado con el tejado de zinc tiene los aparatos de filtración del agua reciclada que se usa para el riego.

 
Edificio de Oficinas del Retiro, tanto de los encargados como de los jardineros. En la foto inferior lo vemos por fuera, con la casita con tejado de zinc donde están los aparatos que controlan la filtración de agua.
A veces la cosa se estropea y hay que hacer obras, pero así podemos ver que es suelo no es solo arena.


Por fuera de los jardines hay cedros al lado de este edificio y por dentro tres árboles y un arbusto que son, según se entra, una arizónica, un ciprés, un laurel y un evónimo:

Cupressus arizonica, especie originaria del sur de Estados Unidos y Méjico, también llamada ciprés azul por el tono azulado de sus hojas.


Este laurel está muy pimpante. Su nombre científico es Laurus nobilis, tan querido y usado por los romanos para distinguir a los vencedores y ahora imprescindible en la cocina.

Para ser laurel, este ejemplar tampoco es tan pequeño.
Aquí vemos sus típicas hojas con el borde dentado y un poco ondulado. Por supuesto está prohibido arrancarlas para usarlas en tus guisos.


Llegamos al final del edificio donde hay una columna y, a su lado, los evónimos:

Columna de ladrillo que, seguramente, servía para base de alguna estatua. Se supone que es anterior a 1929, o sea que ya tiene sus añitos.
   
Evonimus variegata o evónimo japonés con sus características hojas de bordes blanquecinos.


Si continuamos nuestro paseo siguiendo por este camino, veremos unos cuantos olmos blancos:

Camino que bordea estos jardines, cerca del Paseo de Coches.
   
Olmos blancos, con sus hojas blancas por abajo y sus troncos también blanquecinos y, en este caso, más que repleto de promesas de amor.


Muy cerca podemos ver algunos liquidámbares:

Los liquidámbares se ponen rojizos en el otoño y están así de bonitos.


En cambio, en primavera, las acacias rosadas, aunque sean “falsas” (porque en realidad son robinias), se ponen así de espléndidas:

Aún siendo todavía jovencitas ya tienen estas flores. Las hojas son compuestas de 12 ó 15 hojitas que salen del tallo. El nombre científico es Robina hispida y son originarias de Norteamérica.


Aparte de los que vimos al principio, en esta zona hay más columpios:

Y además eran los preferidos de Diego, que se ha subido unas cuantas veces por este tobogán.


Si caminamos más hacia la verja que da a Menéndez Pelayo y justo a esa altura, podemos ver una especie de “pitas” que se llaman “formio” o “cáñamo de Nueva Zelanda”:

Entre cedros y ciruelos vemos estos cáñamos de Nueva Zelanda.


Su Nombre científico es Phormium tenax y se trata de unas hierbas perennes, con unas raíces tipo “rizoma” de las que se sacan fibras para hacer cestos o similares.

Pero también hay otros monumentos de piedra en esta zona, como este banco con su columnita que data más o menos de 1830 y estaba en la primitiva Casa de Fieras aunque no se sabe muy bien cómo llegó hasta aquí. El caso es que ahora la encontramos cerca de la verja de la calle Menéndez Pelayo, a la altura de la de Sainz de Baranda.

Banco hecho de piedra caliza y granito que, aunque no lo parezca, resulta bastante cómodo para la espalda. Doy fe porque lo he probado, claro.
 
Mientras veíamos la columnita este minino se paseaba por allí.


Nada más entrar por la puerta llamada del “Doce de Octubre” nos encontramos a la derecha un pequeño templete que sirve de “biblioteca de viejo”, donde la gente pone libros y revistas con la intención de que otros puedan leerlos.

Hace unos añitos esta misma “biblioteca” era así. La verdad es que ha resistido para ser tan pequeñita…
Este ciudadano intenta encontrar algo que merezca la pena en la “mini-biblioteca popular”.


Y aquí está la citada puerta:

Como puede verse por los ladrillos nuevos, esta puerta ha sido reconstruida, concretamente en el año 2000, pero guarda toda la esencia de la antigua.


Y justo enfrente de la biblioteca popular se encuentra otro parquecito para niños:

Está en pleno centro de los jardines y, aunque ahora esté vacío, normalmente tiene bastante movimiento.


Entre los árboles cercanos destacan, por su altura y su frondosidad, los olmos:

Precioso y enorme olmo (Ulmus minor), del que vemos también su tronco y sus hojas.


Los acebos proliferan por aquí: los hay con y sin pinchos, y algunos de hojas blancas:

   
Acebos de todos los colores, hasta con sus típicos frutitos rojos que salen cuando llega la Navidad.


El acebo se llama Ilex aquifolium y proviene del sur y el oeste de Europa. Como todo el mundo sabe es un arbusto que con los años puede convertirse en árbol. Sus hojas son perennes y son típicos sus bordes ondulados y con pequeños pinchos. Pueden ser verdes, con bordes amarillentos o amarillos del todo. Los pinchos son una defensa, por lo que suelen tenerlos las hojas de las partes bajas de la planta donde llegan los animales que se las comen, como las cabras.

Hay acebos macho y acebos hembra, o sea que son plantas de sexos separados. Son típicos los frutos en forma de bolitas rojas que aparecen por la época navideña, de la que son todo un símbolo. Pero para eso tiene que haber cerca un acebo macho y otro hembra, porque si no…

Esta acacia de tres espinas da sombra a la zona cercana a estos columpios.
   
Y cerca de ella los laureles podaditos y los arbustos redonditos como los que hay en la fuente de las gaviotas y que se llaman llama evónimos o boneteros del Japón.


Si seguimos por el pasillo de la puerta del Doce de Octubre, antes de salir fuera de estos jardines, a la izquierda, descubriremos dos sabinas:

En realidad me las descubrió mi amigo Juan el jardinero y me hizo ilusión, porque son árboles que me caen muy simpáticos.


Los científicos las llaman Juniperus thurifera y son árboles con los sexos separados que crecen bastante lento. Los frutos tardan un año en madurar y son de un color verdoso azulado. Aunque no lo parezca, estos arbolitos son tóxicos y su madera no se pudre porque la resina la hace resistente a insectos y microorganismos. Tanto es así que se usa bastante para hacer muebles, utensilios o incluso esculturas. Resisten muy bien tanto las temperaturas extremas de calor o frío como los incendios, así que son un chollo las sabinas estas.

Al lado de las sabinas aparece una robinia o falsa acacia con flores de color rosa, como las que vimos antes:

A esta Robinia hispida la pillamos aún más florida que a las anteriores.


Muy cerca están unos columpios que tienen como una especie de “tren” por el que suben los niños y hacen todo el recorrido. A Diego, desde luego, le encantaba y hemos pasado muchas tardes por aquí, sentados en estos bancos mientras él jugaba:

Aunque lo veais desierto, cuando hace bueno este parquecito se pone de bote en bote.


De todos los árboles de estos jardines quizás el más exótico por antiguo sea el Ginkgo biloba, que significa “albaricoque plateado”, árbol originario de China que tiene 270 millones de años de antigüedad y cuyos ejemplares pueden llegar a ser milenarios.

Esta especie sobrevivió en monasterios chinos hasta que un alemán los descubrió  y los empezó a plantar en la ciudad de Utrech.

Tiene muchísimas propiedades curativas: mejora la circulación sanguínea, es bueno para las enfermedades nerviosas y retrasa el envejecimiento, entre otras maravillas. Son de sexos separados, es decir que hay machos y hembras. Los primeros tienen una copa más puntiaguda, mientras que las hembras son más redondeadas.

Las hojas son curiosísimas en forma de abanico y unos nervios muy marcados. Son bastante duras y muy buenas para guardarlas en libros. En otoño se ponen de un color amarillo dorado precioso. Y los frutos también son más que curiosos. Son unas bolitas parduzcas que, cuando caen al suelo y maduran, huelen que alimentan porque tiene un ácido que se llama “butírico” y que huele fatal. Bueno, en realidad, estos no son los auténticos frutos sino semillas que no han sido fecundadas y se pudren, cosa que no pasa en ninguna otra planta. Si se produce la fecundación, para lo que es indispensable que haya árboles machos y hembras cerca, al final del verano y del otoño se producen una especie de frutos de semillas comestibles. ¡Vamos que los arbolitos son raros de narices!

Ejemplar y hojas de Ginkgo biloba en primavera. Ya las hojas son una pasada en sí mismas, con esa forma tan curiosa de abanico con el borde festoneado.
   
Y otro ginkgo de esta zona, pero ahora en otoño con esas hojas amarillas tan preciosas.
   
Óvulos de gingko hembra: como pequeñas pelotitas que salen de un brote.
Y polen de ginkgo macho en forma de racimos.
   
Semillas bien fresquitas.
Y frutos ya maduritos que, cuando caen al suelo, huelen fatal. Encima se pueden pisar y resbalan que da gusto.


Otra especie muy interesante en esta zona es el boj, de nombre científico Buxus sempervirens, cuya madera ha sido y es usada para fabricar utensilios tales como peines, cuencos, piezas de ajedrez e incluso instrumentos musicales. El escritor Camilo José Cela lo inmortalizó en su libro “Madera de boj” haciendo referencia a su dureza y resistencia.

Ejemplar y hojas de boj, un arbol que tiene forma de arbusto y que ya los romanos empezaron a podar con formas artísticas en sus jardines.


Y otro árbol susceptible de ser “tallado” por los jardineros es el tejo (Taxus baccata), que aquí vemos hecho una auténtica “tarta nupcial” de un montón de pisos.

Este es el tejo “remodelado” por los hábiles jardineros que le han dado esta forma de tarta tan curiosa. Hemos puesto una fotito de las hojas, que son muy típicas,  para que veais que es verdad, que es un tejo.


Esta otra “talla vegetal” tan artística la podemos ver entrando por la puerta principal, justo al lado del estanque de patos. Son estos cipreses que los jardineros han tallado en forma de puertas y que a mí me sugieren porterías de fútbol primitivas, no sé por qué.

Parece mentira que un ciprés pueda llegar a tener esta forma de “portal”… ¡Pues esa es la magia y el arte de la jardinería!


Las palmeras se asocian con lugares cálidos y de costa, pero en Madrid y en concreto en esta zona las hay. Son las llamadas “Palmeras de Fortune”, en latín Trachycarpus fortunei que llaman la atención por su altura y exotismo.

Palmeras de Fortune que nos hacen pensar en lejanos lugares llenos de exotismo… en pleno centro de Madrid.
Dátiles que no son comestibles por los humanos pero sí por las palomas, urracas y otras aves que viven por aquí.


Aparte del citado al principio, hay unos cuantos olivos más en estos jardines, aunque sus aceitunas no se recolecten. Pero ahí están:

Este ejemplar de olivo es hermoso y resistente: aguanta el frío y el calor de Madrid sin enterarse.
   
Y también lo es el tronco de este otro, dividido en tres y retorcido.
Aquí podemos apreciar sus típicas hojas alargada, así como sus pequeñas florecillas que darán lugar a las aceitunas.


Al lado de la verja, y ya casi en la salida de la puerta de Herrero Palacios que da justo enfrente del sanatorio del Niño Jesús, hay otra serie de columpios:

Sombreados por los olmos y con destello incluido en la foto, estos son los columpios que están enfrente del Niño Jesús.
Entre ellos destaca esta rampa de madera por la que suben los niños. La caida es blandita, en arena de playa.


Los niños que tengan gusanos de seda en sus casas tienen aquí un sitio donde recolectar hojas para alimentarlos. Bueno casi que no, porque nos quedaríamos sin estos árboles que no son otros que las moreras. Son de la variedad “llorona”, en latín Morus alba pendula, porque como puede apreciarse en la foto, las ramas caen, como pasa en el sauce llorón que ahora veremos.

Morera llorona con sus ramas caidas hacia abajo y sus enormes y brillantes hojas, verdadero manjar para los gusanos de seda.


Y este es el sauce llorón o Salix babylónica para los expertos, con sus típicas ramas que caen “en cascada”.

Enorme y precioso ejemplar de sauce llorón, al lado de uno de los estanques con patos.
Típicas hojas en forma de punta de lanza y tronco bastante arrugado.


Es un árbol originario de China y que, contra lo que pudiera pensarse por su aspecto, no es demasiado longevo. Lo mismo que le pasa a los olmos, es atacado por hongos, así que hay que cuidar bien a estos arbolitos.

Lo de “babylonica” es porque se pensaba que procedía de Babilonia, pero no, en realidad es un árbol originario de China donde era costumbre plantarlo en los cementerios y que, contra lo que pudiera pensarse por su aspecto, no es demasiado longevo. De ellos se extrae el famoso “ácido acetilsalicílico” que se usa como analgésico, por ejemplo en las aspirinas.

No podemos dejar de hablar de otro árbol monumental como es este abeto, muy especial porque fue concebido casi de casualidad. La historia es que proviene de un híbrido entre el abeto blanco (Abies alba) típico del sur de Europa y el pinsapo (Abies pinsapo) o abeto de Andalucía. El cruce se produjo de manera casual y espontánea en una masía del Montseny catalán llamada de Masjoan por ser el apellido de los indianos que eran los antiguos propietarios. Pero los que se dieron cuenta de que este abeto era distinto que los otros fueron Nicolau y Jesús Masferrer (padre e hijo) entre los años 1950-1960. Para estar seguros mandaron a Madrid unos 500 árboles y los expertos certificaron que se trataba de una nueva especie.

Y todo fue porque el polen del abeto blanco fecundó las piñas del pinsapo y así vinieron al mundo estos abetos que fueron llamados Abies masjoanni, como este que vive aquí y que es enorme:

Con más de 30 metros de altura, este abeto de Masjoan es espectacular.


El álamo blanco, Populus alba, llamado así porque sus hojas son muy blanquecinas por la parte de abajo, también proporciona sombra y frescor al parque. Cuando corre la brisa, las hojas tiemblan y dejan ver su parte inferior blanca.

Alamo blanco con sus hojas, verdes por arriba y blancas por abajo, que se mueven cuando corre el airecillo y producen un murmullo muy típico.


Los cedros abundan en estos jardines; en este caso son los llamados “del Himalaya” (Cedrus deodara) por ser típicos de esa cordillera. Lo de “deodara” significa “dedicado a Dios” en sánscrito, y no es para menos, porque su aspecto y su altura son verdaderamente “divinos”.

Cedro del Himalaya junto a la valla de la calle Menéndez Pelayo y casi tan alto como sus casas. Las hojas salen todas de un punto, como pasa en todos los cedros.


Y casi tan altos resultan los cipreses, de los que se dice que “creen en Dios”… Estos árboles que son tan altos es lo que tiene, que incitan al misticismo.

Ciprés junto a la verja de los jardines de Cecilio Rodríguez.
Y aquí sus piñas en forma de “pelotita”, con las que tanto hemos jugado, ya fuera como pequeños balones de fútbol o como proyectiles.


Los enebros suelen tener pinchos, pero no si son “híbridos”, como les pasa a estos:

Estos son los enebros, de los cuales hay varios ejemplares en forma de matorral cerca de los estanques de los patos.
Los frutos son redondeados y las hojas se parecen a las de los otros enebros, pero sin espinas.


También hay un precioso “ciprés calvo” (Taxodium distichum) justo en uno de los estanques. Se llama así porque en invierno pierde las hojas y se queda “calvo”. También se le llama “ciprés de los pantanos” porque vive en aguas pantanosas, aunque en el Retiro sean “estancosas”. Procede de Estados Unidos donde abunda en los estados de Texas y Mississipi, entre otros. Su madera resiste muy bien la humedad, por lo que se usa en la construcción de barcos, tuberías, toneles, etc.

De estos árboles también hay varios en el estanque del Palacio de Cristal. Necesitan muchísima humedad así que sus raíces se hunden prácticamente en el agua.
Las hojas se parecen a las de la acacia mimosa y los frutos son unas pelotitas verdes en grupos de dos o tres.


Otra joyita botánica de esta zona era el “ciprés fúnebre (Chamaecyparis funebris) que es un árbol tan longevo que puede vivir hasta 800 años, como uno que hay en China. Además su madera es muy fuerte y sus frutos pueden quedarse cerrados de tal manera que resisten a un incendio y después son capaces de dispersar las semillas.

Haciendo honor a su nombre, la foto nos ha salido un poco oscura, o sea, “fúnebre”, aunque se puede ver muy bien el fortísimo tronco y algo peor los frutos y las hojas.
   
Parecía una premonición porque, al final, este árbol terminó como veis en estas fotos.


Mejor suerte tuvo el liquidámbar que había a su lado:

Los liquidámbares cada vez son más frecuentes en el Retiro por lo bonitos y resistentes que son.
Aquí podemos apreciar las hojas palmeadas y puntiagudas, como las de los arces, y los frutos en grupos de pelotitas con pinchos, unos verdes y otros ya maduros.


Se llama también “árbol del ámbar”, pero los científicos le llaman Liquidambar styraciflua y es un arbolito que proviene del Sur de EE.UU., México y Guatemala. Lo del ámbar es porque de su corteza sale una resina que es como "ámbar líquido". El “apellido” Styraciflua significa "rico en sustancias gomosas”.

Las hojas se parecen a las del arce y son muy bonitas en otoño cuando se ponen amarillas o rojizas. Las flores son unos pequeños racimos sin nada especial, pero los frutos son muy curiosos, como pelotitas con pinchos.

Además tiene aplicaciones. Por ejemplo, su madera se usa para hacer revestimientos, muebles, molduras, etc. También a partir de su pulpa se puede hacer papel. Las hojas tienen un aroma balsámico y de la corteza de su tronco se obtiene el "estoraque", que es una especie de resina usada tanto en medicina como a nivel industrial.

Estos árboles están (en el caso del ciprés fúnebre “estaba”) cerca de un par de estanques con casitas para patos:

Estanque de la izquierda según se va hacia Cecilio Rodríguez, con la jardinera para el ciprés de los pantanos que vemos al fondo.
 
Y este es el de la derecha, también con sus casitas para patos, sus vallas inclinadas hacia dentro, sus palomas, etc.


Estos estanques fueron proyectados por Cecilio Rodríguez y datan de 1918, aunque parecen más modernos porque han sido remodelados.

Aparte de los patos, las palomas también hacen uso de estos estanques, incluso para tomar un baño de vez en cuando.
   
Tanto el ciprés como la valla pueden ser lugares de descanso para las palomitas.


Por esta zona hubo una época en que era frecuente encontrarse gnomos, sobre todo si eras un niño o te sentías como tal:

Y te contaban cuentos de hadas y todo… Lo mejor fue cuando al pedirles permiso para hacer la foto descubrí que a la chica la conocía por ser amiga de una amiga mía. Fue una bonita casualidad.


Al hacer las nuevas obras de 2010 ha quedado entre ambos estanques una zona de rosas amarillas:

Todavía se ven los tubos del riego automático porque la foto está hecha nada más terminarse la obra.
Los pavos de Cecilio Rodríguez salen a picotear por esta zona recien plantada.
   
A pesar de todo, las rosas empiezan a salir ya, y son bonitas ¿verdad?

 

Por aquí también hay magnolios chinos (Magnolia soulangeana), lo mismo que a la entrada:

Las palomitas aprovechan que han sembrado semillas para darse un festín.
   
La belleza de estas flores tempranas de magnolios chinos iguala, o incluso supera, a la de sus congéneres de magnolio normal.


El camino de vuelta hacia la entrada de la antigua Casa de Fieras lo marcan estos dos leones, o mejor, leonas, aunque hay quién dice que son dos oseznos:

   
A mí me parecen más leonas, que quereis que os diga, y la de la derecha parece que se está comiendo algo. La fecha en que fueron hechas es alrededor de 1850.


Aquí solíamos quedar con mi madre, que venía encantada a ver a su nieto:

Mi mami con Diego en un banco de los que había por aquí.
Una de las cosas para lo que sirven estas leonas de piedra es para que los niños se suban en ellas.


Y para salir y entrar por esta zona tenemos la puerta llamada con el nombre del diseñador de estos jardines, o sea, Herrero Palacios:

Esta es muy parecida a la del Doce de Octubre, también reconstruida en el 2000, pero con unas rampas laterales que vienen muy bien para la gente que usa ruedas, ya sea silla, bicicleta, patín, etc.


Creemos que hemos hablado de casi todo lo que hay en esta zona de la antigua “Casa de Fieras” a la que tanto me gustaba ir de pequeño.

Pero no podían faltar los mapitas de rigor con lo más importante señalado y explicado:

El nº 1 es donde estaban las jaulas de leones tigres, osos, etc y ahora la nueva Biblioteca. En el 2 está el primer estanque de patos, en el 3 el foso de los monos, el 4 son dependencias del parque, en el 5 están los leones de piedra; el 6 y el 7 son columpios, el 8 es el edificio donde están los rectores del parque, jardineros, etc., en el 9 está la columna y en el 10 el banco de piedra, en el 11 la biblioteca popular al aire libre, en el 12 y 13 más columpios y en el 14 los otros leones de piedra. En el 15 los últimos columpios, el 16 son los estanques de patos y el 17 es donde estaba el ciprés fúnebre.
 
Los señores de Google nos permiten ver lo mismo pero de verdad.

 

Nota: La foto antigua de la entrada a la Casa de Fieras está sacada del libro de mi tocaya Mª Carmen Simón Palmer, de Ediciones La Librería. Las otras fotos antiguas son del Libro “Imágenes del Madrid Antiguo” de la misma editorial. Hay otras sacadas de las fotos que hay en el actual foso de los monos, menos la que está hecha desde arriba que es de mis amigos los podadores. Las demás son del autor de esta página web hechas en mis múltiples paseos por el Retiro. Quiero agradecerle a Juan, el jardinero, las cosas que me ha explicado de esta zona, así como a Beatriz y Carlos, que trabajaban en los antiguos Puntos de Información del Parque.

 

 

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